No hay lugar para la poesía (2)

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Tras el anterior pedazo, ahora viene éste. En las próximas semanas seguiré publicando fragmentos de No hay lugar para la poesía. También podéis haceros una idea aquí.

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Suena el móvil y Santiago Morilla, que se ha quedado traspuesto en el sofá, se sobresalta. El hielo se ha fundido en el vaso, desbravando el whisky al que apenas ha dado un par de sorbos. Apaga el televisor. En la pantalla del telefonillo reconoce el número del colegio de abogados. El detenido se llama Joao Silva Oliveira, le dicen. Es portugués y lo han arrestado por un delito de lesiones y resistencia a agentes de la autoridad. Está ingresado en la comisaría del Raval y ha solicitado un abogado de oficio.

–¿Acepta la asistencia? –le demanda la voz del otro lado de la línea.celda2

Ya pasa de la medianoche. Morilla continúa apuntado al turno de oficio porque, aunque la retribución es magra, le obliga a defender casos que le dan bagaje. Así que contesta afirmativamente. Marca el número de la comisaría y habla con un policía.

–¿Vendrá esta noche o lo hará a primera hora de la mañana?

Morilla dispone de ocho horas para personarse en comisaría, pero si pospone la asistencia es casi seguro que el detenido no pasará a presencia del juez hasta el domingo. Y él se ha comprometido a quedarse con Marta y Andrea.

–Salgo para allá –dice, y cuelga.

El edificio es moderno, muy diferente a las rancias dependencias a las que está acostumbrado el abogado, con paredes sucias de refregones y humedad en los techos. Morilla ha tenido que aguardar casi una hora en el vestíbulo.

–Discúlpenos por la demora –se excusa el policía uniformado que hace de instructor–. Aún queda un año para que nos sustituyan los Mozos de Escuadra, pero la Dirección General no renueva vacantes y estamos en cuadro.

Morilla intuye que al agente le importa un bledo si ha tenido que esperar poco o mucho, y que sólo le inquieta que el trámite se prolongue más allá de la hora en que finaliza su turno. Otro policía, el que hace de secretario, le muestra el pasaporte de su nuevo cliente.

–La Guardia Urbana lo detuvo sobre las veinte horas, enzarzado a puñetazos con otro indigente en la Plaza Real.

–¿Mi cliente es un vagabundo?

–Según se mire. A lo que parece es un marinero que tienen recogido en el Stella Maris, ¿sabe de dónde le hablo?

Al abogado le suena vagamente el nombre y el otro le da una explicación escueta: es un albergue que hay en el puerto; algo semejante a Cáritas, pero de la mar.

–¿Lo han detenido por pelearse?

–El cargo principal que se le imputa es el de agresión con lesiones graves. Le ha partido la boca a su contrincante y le ha fracturado dos costillas a patadas, además de otras erosiones y contusiones.

–¿También han detenido al otro?

–No, una ambulancia lo ha trasladado al hospital y va a quedar ingresado esta noche.

Un policía acerca al arrestado hasta el cubículo donde se le tomará declaración. A Morilla le da la sensación de que es un hombre fatigado por la vida. Sentado frente al instructor, Joao da la impresión de sobrepasar con mucho los cincuenta y dos años de edad que constan en su pasaporte. No excede del metro sesenta y es de constitución fibrosa. La nariz aguileña acentúa lo afilado de su rostro, curtido por el sol, el viento y la sal. Retrasado hacia el cogote, un apósito sucio de sangre le cubre una porción del largo cabello, cano y grasiento, que luego le cae flácido por la nuca hasta más abajo del cuello de un desgastado jersey azul, arremangado sobre los codos. Gruesas venas le surcan los antebrazos. Cuando el instructor le presenta a su abogado, se limita a mirárselo con desinterés.

Empieza la diligencia. ¿Es usted Joao Silva Oliveira?, pregunta el policía, y el detenido calla. Luego le pregunta si ha sido informado del motivo de la detención y si se le han leído los derechos, pero el portugués no responde.

–¿Este hombre entiende el castellano? –pregunta Morilla.

Sí, le asegura el instructor, y el secretario lo confirma. Pero el abogado tiene sus dudas y así lo dice. Los policías se reafirman en que el hombre habla español, y justo cuando Morilla va a protestar porque no se ha proporcionado un intérprete a su cliente, éste rompe el silencio.

–Entiendo perfectamente lo que están diciendo –asegura.

Se ha expresado en un perfecto español y a Morilla le sorprende lo templado de su voz, que imaginaba tan cascada como su aspecto.

–Y usted –el detenido se dirige al policía que maneja el teclado– hágame el favor de apuntar ahí que me acojo al derecho de no declarar.

Morilla ha dejado la comisaría y camina hasta la esquina con el Paralelo. No hace mala noche y la avenida está muy concurrida. Recupera el coche en un parquin y conduce en dirección al puerto. Atraviesa la rotonda y continúa por detrás del edificio que comparten Correos y la Agencia Tributaria. Frena antes de adentrarse en la ronda del litoral para ceder el paso a un par de coches. Al tiempo que reanuda la marcha, reconoce el colorido mural sobre la fachada del edificio de ladrillo que le queda a la derecha: es el Stella Maris. Ya es casualidad, se dice mientras se mete en el  primer túnel de la ronda.

Joao Silva se había determinado a no declarar, pero el instructor insistió en que cuanto antes se esclareciese lo ocurrido, antes podría quedar en libertad.

–Salvo que las lesiones de la víctima sean demasiado graves –puntualizó el policía.

Morilla asintió cuando su cliente le dirigió una breve ojeada, que no supo si interpretar como una muda petición de consejo.

–¿Estaba usted en la plaza Real sobre las ocho de la tarde del siete de mayo? –preguntó el instructor, y el portugués afirmó con la cabeza.

–Ha de responder de palabra para que podamos transcribir su declaración.

Y Joao dijo que sí, desganado; que estaba en la plaza Real y que sería esa hora, más o menos. ¿Fue allí donde lo detuvo la Guardia Urbana?, y el portugués contestó con otro sí escueto.

–¿Quién inició la pelea? –preguntó el instructor.

–Puede que fuera yo –dijo Joao, imperturbable–. O tal vez fuera él, no lo sé muy bien. Sólo sé que, de pronto, nos estábamos zurrando.

–Querrá decir –puntualizó el policía– que era usted quien pegaba al otro. Los agentes de la Guardia Urbana aseguran que lo tenía tirado en el suelo mientras lo pateaba, y que su víctima sólo acertaba a resguardarse la cabeza.

–Así será, si lo dicen los municipales.

–¿De qué conoce al hombre con el que se peleó?

El detenido hizo una larga pausa. Tanto que, a Morilla, le pareció que iba a volver a cerrarse. El policía tuvo la misma intuición y repitió la pregunta.

–De nada –respondió el interrogado, y recalcó–: no lo había visto en mi vida.

–¿Y sin más se lió a golpes con él?

–Sí, sin más. ¿Ustedes nunca se han peleado porque sí? A veces uno te habla mal, o te mira mal, o te lo parece, y la cosa acaba como acaba.

–Entonces reconoce que lo golpeó y que lo hizo sin motivo alguno –sugiere el policía.

–Ya he dicho que sólo recuerdo que nos estábamos dando. No sé si él me dijo algo o si no me dijo nada. Si empezó él o si fui yo. O si sólo me defendí. Enseguida llegaron los guardias.

El secretario resumió la declaración, la imprimió y Joao estampó un garabato ilegible en cada uno de los folios. Los policías abandonaron el cubículo, dejando solos a cliente y abogado. El hombre volvía a mirar el suelo.

–Señor Silva –Morilla intentó llamar su atención, pero el otro no levantaba los ojos de las baldosas–, escúcheme atentamente. Ya hemos acabado el trámite de la declaración y mañana le pasarán a presencia del juez, ¿me entiende?

Joao Silva alzó sus ojos apagados.

–¿He de pasar la noche aquí?

Hablaba con el tono distante que mantuvo durante la declaración.

–Sí, ha de quedarse.

El hombre no dijo nada y agachó otra vez la cabeza. Morilla pudo ver de nuevo el apósito que el médico le había fijado y le preguntó cómo se había hecho la herida.

–Me habré golpeado contra el suelo.

¿No será que le han dado con una porra?, especuló Morilla, pero el hombre se limitó a encogerse de hombros y volvió a distraerse.

–Ha de decirme si le han golpeado cuando ya estaba detenido.

¿Para qué?, preguntó levantando el rostro. ¿Se me cerrará antes si le digo que ha sido un guardia quien me ha abierto la cabeza? Lo único que me interesa saber es cuándo me pondrán en la calle.

–A primera hora le meterán en un furgón, probablemente junto a otros presos, y lo trasladarán a los juzgados. Allí el juez volverá a tomarle declaración y decidirá qué hace con usted.

–No hay nada que añadir a lo que ya he dicho.

–Escúcheme bien: por suerte, lo que usted ha declarado es bien poco, lo que nos deja margen a rectificar. No es lo mismo decir que se ha peleado, que justificar que ha sido agredido. Mañana ha de decirle al juez que se limitó a defenderse.

–¿Me está diciendo que mienta? Dígame –en el fondo de sus pupilas se avivaba una chispa–, ¿a usted quién le ha dado vela en este entierro?

Morilla ya ha bregado antes con clientes que no parecían darse cuenta de la situación en la que se encontraban, pero este hombre estaba superando a todos.

–Estoy aquí –quiso recordarle– porque usted ha pedido que se le defienda de oficio.

–Yo no he pedido nada –el marinero respondió con viveza–. A mí sólo me han preguntado si tenía abogado particular y he dicho que no.

–Y por eso le han asignado uno de oficio: a mí, concretamente. El Estado está obligado a ello.

–¿El Estado se preocupa ahora de sus ciudadanos? –las palabras de Silva fueron de desdén–. No se lo tome a mal, pero sé defenderme sólo. No le necesito. Si alguien ha llegado a la conclusión de que preciso ayuda, lo hace con demasiados años de retraso.

 

The ghost writer

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escritorThe ghost writer es un film de 2010 estrenado también con los títulos de El escritor, El escritor fantasma y El escritor oculto. Basada en una novela homónima de Robert Harris, fue dirigida por Roman Polansky e interpretada en sus papeles principales por Eean McGregor, Pierce Brosnan y Olivia Williams.

Un escritor oculto –un negro, en nuestra jerga- es contratado por un importante político para culminar sus memorias, que ya fueron iniciadas por otro escritor similar que ha fallecido en extrañas circunstancias.

escritor4The ghost writer es una novela negra de corrupción política, donde la tecnología –un insistente GPS- jugará un importantísimo papel; y donde un escritor contratado acabará descubriendo los turbios secretos de su jefe y su esposa.

Digna de ver.escritor2

No hay lugar para la poesía (1)

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En las próximas semanas iré publicando fragmentos de No hay lugar para la carnpoesía. También podéis haceros una idea aquí.

 

PARTE  PRIMERA

Es lo que más le gusta de su oficio: la carne palpitante, tibia y húmeda, trémula bajo el contacto de sus manos expertas. Por ello prescinde de guantes, porque no quiere que nada se les interponga al contacto lascivo con otra piel. De chiquillo se fascinaba pegado a la vitrina, viendo a través del turbio cristal al carnicero que amasaba con voluptuosidad la pieza estirada sobre el mármol, limpiándola de impurezas por fuera. Despojándola de la fina telilla translúcida que la envolvía, retirándole los restos de tendones, recortando la grasa superflua, extrayendo algún huesecillo inoportuno. Para suspenderla luego de un garfio y tajar un grueso pedazo que iría a reposar, tembloroso, sobre la tabla de corte.

Le centelleaban los ojos mientras el profesional -ya no recuerda su nombre- pulía la larga y delgada hoja de la tajadera haciéndola correr rítmicamente sobre la rugosa chaira, arriba y abajo, de un lado y del otro, arrancando imperceptibles capas al filo. Luego presionaba el tajo con la palma de la mano para darle consistencia y -ahí llegaba el éxtasis- ir fileteándola con suavidad, deslizando la cuchilla sin atropellos, con lujuria, mientras se derramaba un liquidillo sonrosado que lustraba el desgastado tocón de madera. De allí le vino la vocación y, con los años, la ocupación. Trocada, por arte de las circunstancias, en lo que hoy es.

Ha desenvuelto con reverencia el hato que encierra los instrumentos de su oficio, dejándolos a la vista. Ahí están el afilador, las cuchillas, la macheta y la fileteadora de media luna. Sabe que no debería usarlos -aunque no pierde la esperanza- y se consuela palpando la maza de ablandar. Tampoco estarán el taco de corte ni el gancho, que ya hace tiempo sustituyó por la cuerda y el trono: una silla a la que ha ligado la pieza, esta vez en forma de hombre amordazado que le contempla hacer, desorbitado.

A este individuo no hay que castigarlo, ni ha de servir de ejemplo para mantener a raya a otros adversarios. Simplemente, ha de confesar.

Y sin embargo lo ha enmudecido con una gruesa porción de cinta adhesiva que le ocluye la boca, impidiéndole articular palabra.

¿Paradoja? No: táctica.

Primero, porque ha de infligirle el suficiente martirio como para que desee con toda su alma soltar cuanto el carnicero quiera arrancarle. Como quien agita una botella de champán antes de descorcharla para que, cuando le libere los labios, de ellos no surja más que una verdad absoluta e irrefrenable, expiatoria. Pero antes ha de padecer, sin posibilidad de inmediata remisión.

Y además porque ¿en qué quedaría el arte del torturador si el torrente verbal surgiera sin suplicio?

Accidentes

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Mi amiga Teresa, una dama de éxito de quien ya les he hablado, tuvo una hija tardía que ahora está en los trece o catorce años. Muy anteriormente ya había quedado embarazada, pero valoró que aún no era el momento; yo no la juzgo. Quién si que parece hacerlo es esa única vástaga suya, ya sea por verse sola el día de mañana -sin más hermanitos- o por convicciones morales o por llevarle la contraria, que para ello está en la edad. Sigue leyendo

Scarface

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scar1En 1929, el novelista y escritor de pulp fiction Armitage Trail escribe Scarface. En ella, un personaje de los bajos fondos se adentra en una organización mafiosa y va escalando hasta los más altos puestos. Con el tiempo se torna ambicioso, acaba con su jefe, se hace con su novia y emprende una carrera de poder que le lleva a la ruina. Ese argumento sería llevado a la gran pantalla en dos ocasiones. Sigue leyendo

Librerías

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Iba  a empezar hablando del género negro y de su auge actual. Pero me pregunto: ¿auge comparado con qué o con cuál momento anterior? La novelitas de policías tuvieron su som3esplendor cuando aún existían novelitas. ¿Qué mejor modo de amenizar aquellos largos viajes en tren que ir descubriendo al asesino de la mano de su autor? Pero no hablaré de libros, sino de librerías: librerías especializadas en novela negra. Sigue leyendo

Cosas que se ven paseando

raEsta mañana he tomado la moto para dar una vuelta. Una escena de No hay lugar para la poesía se desarrolla en la Rambla –plagada de turistas- y allá me acerco. Compruebo que los visitantes son algo que nunca falla: ahí están, de todos los colores, alturas y matices; divertidos, curiosos; fisgoneando la ciudad, retratándola; tomándose una cerveza u ocupando los restaurantes a unos horarios intempestivos para nosotros, los indígenas.  Así que me sumerjo en el tráfico y bajo desde plaza Cataluña a Colón. Sigue leyendo

No pasa nada… ¿o sí?

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En los años setenta, al socaire de la más reciente apertura política y de las nacientes libertades (entre ellas la de expresión), un famoso humorista de entonces se atrevía a hacer críticas divertidas al gobierno del momento, asegurando que “ahora se puede hablar, ahora ya no pasa nada”. Era cuando la televisión era en directo y en blanco y negro. Y sonreía confiado mientras que -para corroborarlo- consultaba al público. Este rompía a reír. Enseguida la faz risueña del cómico variaba a rictus nervioso y su cara se llenaba de dudas, de prevención y de franca preocupación, por si se había pasado de la raya. Seguro que los de más edad recuerdan a quien me refiero. Sigue leyendo

Bonnie y Clyde

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boby 3 Bonnie y Clyde es un film norteamericano de 1967, dirigido por Arthur Penn y protagonizado por Warren Beatty, Faye Dunaway y Gene Hachman, entre otros. Como curiosidad, supuso el debut de Gene Wilder, que más adelante protagonizaría películas cómicas. Sigue leyendo

Sábado por la tarde.

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El periódico trae la noticia de que un par de buques de la flota japonesa han anclado ena5 el puerto. Miro la foto, veo sus banderas e inmediatamente me retrotraigo varias décadas atrás, a cuando era preadolescente y transcurrían aquellos años a caballo entre los sesenta y los setenta.

Recuerdo las tardes veraniegas del sábado. A eso de las seis bajábamos todos a la calle y armábamos un par de equipos que disputaban un masivo partido de fútbol en un solar vacío, con porterías delimitadas por dos árboles a los lados y, por lo alto, a ojo de buen cubero. Ni estaba estipulado el tiempo que duraba el encuentro ni había media parte; salvo cuando caía un fugaz aguacero estival que nos obligaba a buscar refugio unos minutos, para luego reemprender nuestra afición. El equipo que antes llegaba a tantos goles (once por lo menos) ganaba. Así, los encuentros duraban hasta la hora de cenar, para solaz y sosiego de nuestras madres. Sigue leyendo