No hay lugar para la poesía (1)

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En las próximas semanas iré publicando fragmentos de No hay lugar para la poesía. También podéis haceros una idea aquí.

 

PARTE  PRIMERA

Es lo que más le gusta de su oficio: la carne palpitante, tibia y húmeda, trémula bajo el contacto de sus manos expertas. Por ello prescinde de guantes, porque no quiere que nada se les interponga al contacto lascivo con otra piel. De chiquillo se fascinaba pegado a la vitrina, viendo a través del turbio cristal al carnicero que amasaba con voluptuosidad la pieza estirada sobre el mármol, limpiándola de impurezas por fuera. Despojándola de la fina telilla translúcida que la envolvía, retirándole los restos de tendones, recortando la grasa superflua, extrayendo algún huesecillo inoportuno. Para suspenderla luego de un garfio y tajar un grueso pedazo que iría a reposar, tembloroso, sobre la tabla de corte.

Le centelleaban los ojos mientras el profesional -ya no recuerda su nombre- pulía la larga y delgada hoja de la tajadera haciéndola correr rítmicamente sobre la rugosa chaira, arriba y abajo, de un lado y del otro, arrancando imperceptibles capas al filo. Luego presionaba el tajo con la palma de la mano para darle consistencia y -ahí llegaba el éxtasis- ir fileteándola con suavidad, deslizando la cuchilla sin atropellos, con lujuria, mientras se derramaba un liquidillo sonrosado que lustraba el desgastado tocón de madera. De allí le vino la vocación y, con los años, la ocupación. Trocada, por arte de las circunstancias, en lo que hoy es.

Ha desenvuelto con reverencia el hato que encierra los instrumentos de su oficio, dejándolos a la vista. Ahí están el afilador, las cuchillas, la macheta y la fileteadora de media luna. Sabe que no debería usarlos -aunque no pierde la esperanza- y se consuela palpando la maza de ablandar. Tampoco estarán el taco de corte ni el gancho, que ya hace tiempo sustituyó por la cuerda y el trono: una silla a la que ha ligado la pieza, esta vez en forma de hombre amordazado que le contempla hacer, desorbitado.

A este individuo no hay que castigarlo, ni ha de servir de ejemplo para mantener a raya a otros adversarios. Simplemente, ha de confesar.

Y sin embargo lo ha enmudecido con una gruesa porción de cinta adhesiva que le ocluye la boca, impidiéndole articular palabra.

¿Paradoja? No: táctica.

Primero, porque ha de infligirle el suficiente martirio como para que desee con toda su alma soltar cuanto el carnicero quiera arrancarle. Como quien agita una botella de champán antes de descorcharla para que, cuando le libere los labios, de ellos no surja más que una verdad absoluta e irrefrenable, expiatoria. Pero antes ha de padecer, sin posibilidad de inmediata remisión.

Y además porque ¿en qué quedaría el arte del torturador si el torrente verbal surgiera sin suplicio?

Accidentes

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Mi amiga Teresa, una dama de éxito de quien ya les he hablado, tuvo una hija tardía que ahora está en los trece o catorce años. Muy anteriormente ya había quedado embarazada, pero valoró que aún no era el momento; yo no la juzgo. Quién si que parece hacerlo es esa única vástaga suya, ya sea por verse sola el día de mañana -sin más hermanitos- o por convicciones morales o por llevarle la contraria, que para ello está en la edad.

-Yo nunca podría deshacerme de una vida -me afirma una tarde.

Su madre está presente, al igual que mi amigo Lisardo, aunque por una extraña casualidad ya que no se tragan entre ellos. A pesar de ser una mujer bastante agresiva en según qué cuestiones, Teresa calla y enrojece.

-Para evitar esos accidentes hay medios -prosigue la chiquilla con la rotundidad de la primera edad, y yo tomo nota de que ha dicho accidentes-. Por ejemplo, una buena educación sexual, ayudas, castidad… Pero eso de meterte a un quirófano así, sin más… Hay que aceptar las cosas como te vienen, algún sentido tendrán, ¿no te parece?

Me mira recabando mi opinión en tanto Teresa toma el móvil, nerviosa, por tener algo entre las manos. Ya he dicho que yo no voy a entrar en juzgar a nadie, allá cada cual con su conciencia y con su salvación, si es que cree en alguna de ellas. Pero quién no se calla es Lisardo.

-Imagínate que tienes un accidente de tráfico -propone un ejemplo a la muchacha-. Podrías haber tenido más cuidado, seguro que sí. También pudiera ser que te atropellaran sin culpa por tu parte. Pero si ocurrió fue porque algo, humano o divino, se confabuló para que tú te quedarás coja o lisiada para siempre. Habrías de aceptarlo. ¿Por qué entonces trata la ciencia de enmendar ese accidente? ¿No deberías resignarte y amoldarte a tus nuevas posibilidades?

Lisardo ha estado muy comedido para como es habitualmente. No creo que haya convencido a la muchacha, pero sí  que veo en los ojos de Teresa un punto de gratitud, incluso de ternura hacia este hombre a quien de ordinario detesta.

Gratitud y ternura que -lo sé- no durarán más de lo que tarde en producirse la primera desavenencia futura.

Scarface

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scar1En 1929, el novelista y escritor de pulp fiction Armitage Trail escribe Scarface. En ella, un personaje de los bajos fondos se adentra en una organización mafiosa y va escalando hasta los más altos puestos. Con el tiempo se torna ambicioso, acaba con su jefe, se hace con su novia y emprende una carrera de poder que le lleva a la ruina. Ese argumento sería llevado a la gran pantalla en dos ocasiones.

En 1932, Howard Hawks dirige la primera Scarface, scar4también estrenada como Scarface, el terror del hampa, Cara cortada o La pandilla de cara cortada. Paul Muni interpretaría a Toni Camonte, un pistolero de origen italiano en plena época de la depresión

En 1983, Brian de Palma dirigió el remake de la anterior del 32, con un guión adaptado de Oliver scar3Stone. Se estrenaría también bajo los títulos de El precio del poder y Caracortada. Aquí la película se traslada a la época de los exiliados cubanos y las mafias de latinos que traficaban en EEUU con narcóticos. La protagonizaría Al Pacino (Toni Montana en el film) –nueve años después de la segunda parte de El padrino– y la novia de su jefe sería Michelle Pfeiffer. Destacan, sin duda, las escenas cruentas sin cortapisa.

Colofón de la película: el ansia de poder ciega. Un film que abunda en que lo que mal empieza, peor acaba.

scar2kinopoisk.ru

Librerías

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Iba  a empezar hablando del género negro y de su auge actual. Pero me pregunto: ¿auge comparado con qué o con cuál momento anterior? La novelitas de policías tuvieron su som3esplendor cuando aún existían novelitas. ¿Qué mejor modo de amenizar aquellos largos viajes en tren que ir descubriendo al asesino de la mano de su autor? Pero no hablaré de libros, sino de librerías: librerías especializadas en novela negra. Sigue leyendo

Cosas que se ven paseando

raEsta mañana he tomado la moto para dar una vuelta. Una escena de No hay lugar para la poesía se desarrolla en la Rambla –plagada de turistas- y allá me acerco. Compruebo que los visitantes son algo que nunca falla: ahí están, de todos los colores, alturas y matices; divertidos, curiosos; fisgoneando la ciudad, retratándola; tomándose una cerveza u ocupando los restaurantes a unos horarios intempestivos para nosotros, los indígenas.  Así que me sumerjo en el tráfico y bajo desde plaza Cataluña a Colón. Sigue leyendo

No pasa nada… ¿o sí?

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En los años setenta, al socaire de la más reciente apertura política y de las nacientes libertades (entre ellas la de expresión), un famoso humorista de entonces se atrevía a hacer críticas divertidas al gobierno del momento, asegurando que “ahora se puede hablar, ahora ya no pasa nada”. Era cuando la televisión era en directo y en blanco y negro. Y sonreía confiado mientras que -para corroborarlo- consultaba al público. Este rompía a reír. Enseguida la faz risueña del cómico variaba a rictus nervioso y su cara se llenaba de dudas, de prevención y de franca preocupación, por si se había pasado de la raya. Seguro que los de más edad recuerdan a quien me refiero. Sigue leyendo

Bonnie y Clyde

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boby 3 Bonnie y Clyde es un film norteamericano de 1967, dirigido por Arthur Penn y protagonizado por Warren Beatty, Faye Dunaway y Gene Hachman, entre otros. Como curiosidad, supuso el debut de Gene Wilder, que más adelante protagonizaría películas cómicas. Sigue leyendo

Sábado por la tarde.

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El periódico trae la noticia de que un par de buques de la flota japonesa han anclado ena5 el puerto. Miro la foto, veo sus banderas e inmediatamente me retrotraigo varias décadas atrás, a cuando era preadolescente y transcurrían aquellos años a caballo entre los sesenta y los setenta.

Recuerdo las tardes veraniegas del sábado. A eso de las seis bajábamos todos a la calle y armábamos un par de equipos que disputaban un masivo partido de fútbol en un solar vacío, con porterías delimitadas por dos árboles a los lados y, por lo alto, a ojo de buen cubero. Ni estaba estipulado el tiempo que duraba el encuentro ni había media parte; salvo cuando caía un fugaz aguacero estival que nos obligaba a buscar refugio unos minutos, para luego reemprender nuestra afición. El equipo que antes llegaba a tantos goles (once por lo menos) ganaba. Así, los encuentros duraban hasta la hora de cenar, para solaz y sosiego de nuestras madres. Sigue leyendo

Verano.

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simbolo mujerMe enamoran las parejas de chicas que se quieren. Se las ve o se las adivina aún más en verano. Sé que me hacen la competencia -es un decir, porque yo ya no estoy en edad de hacerle la competencia a casi nadie, en según qué lides-, pero aún así me gustan. Me gustan porque siempre me ha agradado ver a gente que se ama.

Pero se mueve…

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davinciHubo un tiempo en que cuanto comprendía la bóveda celeste giraba sobre la Tierra: la creencia dictaba que no podía ser de otro modo. Con el tiempo irían cambiando las cosas y poco a poco se cuestionarían los dogmas, aunque a distintas velocidades: mientras que en unos sitios se marchaba a velocidad crucero, en otros aún se quemaba a la gente. Pero -con todo-  llegó el Renacimiento, hubo revoluciones, se eligió a los gobernantes, las mujeres pudieron votar, se gestó el estado de bienestar y se permitió otro tipo de familia.

Un buen día -como ocurre cíclicamente- a alguien que aspira a más se le ocurre volver a racionalizar que el sol gira alrededor de la tierra, y se enroca en convencernos de ello. Y puede que lo consiga, si no nos andamos alerta.