Cuatro estaciones en la Habana.

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Leonardo Padura (1955) es un escrito cubano de novela negra, padre literario del policía Mario Conde. Es autor, entre otras, de un total de nueve novelas donde se desenvuelve este policía de La Habana: Pasado perfecto, Vientos de cuaresma, Máscaras, Paisaje de otoño (estas cuatro forman la Tetralogía de Las cuatro Estaciones y se publicaron entre 1991 y 1998); Adiós Hemingway, La neblina de ayer, La cola de la serpiente, Herejes y La transparencia del tiempo.

En las novelas se narran las vivencias convulsas de un policía que investiga crímenes en un momento donde se ha cortado el sostén de la Unión Soviética hacia el país antillano, sumiéndolo en la más absoluta decadencia, donde contrasta un país con políticos rancios, burócratas antiguos, control absoluto (incluso dentro de la policía) y vestigios de la antigua propaganda; además de corrupción y delito, como en cualquier otro lugar.

Neflix estrenó en 2016 la miniserie Cuatro estaciones en la Habana, basada en las cuatro primeras novelas del policía Mario Conde, con guión fruto de la colaboración entre el propio Padura y Lucía López.

Jorge Perugorría interpreta a un Conde (humanista convencido) que vive una situación convulsa en lo personal, rodeado de unos amigos extraños pero incondicionales, y que trabaja en una organización policial reflejo de la sociedad y del momento que le ha tocado vivir. Carlos Enrique Almirante es el policía que forma binomio con Conde. Son excelentes la ambientación, los escenarios y la música de fondo.

La 2 de Televisión española ha pasado este verano la serie, más que digna de ver.

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All the President’s men

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Día ciento ochenta y cuatro del año nuevo.

Bob Woodward y Carl Bernstein fueron dos periodistas del Washington Post que en 1974 publicaron de forma novelada sus investigaciones del famoso caso Watergate, que acabaría con la caída del presidente de los EEUU . Titularon al libro All the President’s
Men, y
vería la luz antes de la renuncia de Nixon.

Dos años después se entrenó la versión cinematográfica de All the President’s Men -título traducido al español como Todos los hombres del presidente-, dirigida por Alan J. Pacula y protagonizada en sus papeles principales por Robert Redford, como Woodward, y por Dustin Hoffman como Bernstein. La dimisión de Nixon no aparecía en la novela y en la película lo hace al final, a modo de postreros titulares.

En 1972, durante la precampaña de las elecciones en las que Nixon fue reelegido presidente de los EEUU, se produce el asalto a la sede Demócrata del rival político de aquél. Se quiso enterrar con artimañas y presiones lo que allí pasó -el juego sucio entre partidos, protagonizado en esta ocasión por los Republicanos-, pero la tenacidad de dos periodistas consiguió lo que jamás antes había ocurrido: la caída de un presidente norteamericano.

Una película digna de ver, a pesar del tiempo transcurrido. No deja de ser delicioso ver cómo se trabajaba cuando no había ordenadores y se escribía a máquina, cuando se tomaban notas a mano alzada, no existían los móviles y cuando los diarios físicos tenían una gran tirada. Y cuando la prensa era seria.

L’immortel

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L’immortel es una película francesa de 2010 estrenada bajo los títulos de El inmortal y 22 balas. Fue dirigida por Richard Berry, que también era el autor del guión. Estuvo interpretada en sus papeles principales por Jean Reno y Kad Merad.

Un capo marsellés ha decidido abandonar sus negocios mafiosos y empezar una nueva y sosegada vida con su familia. Pero no será tan fácil llevar a cabo sus proyectos. Un día es sorprendido en el garaje donde aparca su coche y es tiroteado hasta que sus

asaltantes le creen muerto. Si embargo se recuperará y empezará a vengarse de quienes intentaron asesinarse y, posteriormente, mataron a uno de sus mejores amigos.

A El inmortal lo catalogo en aquel personalísimo apartado donde coloco todos los filmes con un argumento que expresa la idea de que el que mal empieza peor acaba. En una película cruda y violenta en al que predomina la idea de que en determinados negocios no existen los amigos.

Un film digno de ver.

Rope

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Hitchcock estrenó Rope (también titulada La soga y Festín diabólico, en castellano) en 1946, sobre una adaptación de la obra de teatro del mismo titulo escrita por el dramaturgo y novelista Patrick Hamilton el año 1929. Sus protagonistas principales fueron John Dall, Farley Granger y James Stewar.

La soga se aleja de los principios de la película próxima a la novela enigma, ya que desde la primera escena se sabe quién ha cometido el crimen. Todo el film girará en torno a saber por qué ha habido un asesinato y si los asesinos serán capturados. Aunque la obra original es anterior a la II Guerra Mundial, no hay que olvidar que se estrena cuando en Nüremberg se está juzgando a los responsables del aniquilamiento de millones de personas en los campos de concentración, a causa de su inferioridad étnica.

Dos antiguos estudiantes matan a un compañero de facultad para experimentar el placer de haber aniquilado a alguien a quien consideran inferior, basándose en las teorías del superhombre de Nietsche, aprendidas de uno de sus profesores. Luego esconden el cadáver en un arcón y sobre él celebran una cena a la que asistirá ese mismo profesor.

La película adquiere un formato escénico que responde, sin duda, a sus orígenes de obra de teatro. Hay un solo escenario con dos habitaciones que se alternan, y planos de larga duración. La entra y salida en escena de los personajes recuerdan al modo en que se hace en las obras teatrales.

Fue, también, la primera película en color del director, y la número treinta y ocho de su carrera cinematográfica.

Digna de ver.

The 39 steeps

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Alfred Hitchcock dirigió películas que se estrenaron entre 1925 y 1976. Se le puede considerar el padre del suspense cinematográfico. En 1935 presentó The 39 steeps, estrenada en español con el título de Los 39 escalones. Estuvo basada en la novela del mismo título del escritor John Buchan. Sus protagonistas principales fueron Robert Donat y Madeleine Carroll.

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En una Europa anterior a la II Guerra Mundial, una organización de espías, que actúan en Inglaterra, pretenden hacerse con una valiosa información que afectará negativamente al potencial bélico británico. Un ciudadano canadiense se verá accidentalmente involucrado en la acción, y acusado del asesinato de una mujer que es agente de inteligencia y ha descubierto el complot. A partir de ese momento deberá huir tanto de la policía como de la organización criminal. En su camino se cruzará una muchacha que deberá ayudarle, en contra de su voluntad.

En The 39 steeps se entremezclan el suspense e intriga con no pocas escenas de humor, creando un grato ambiente de aventura.

Digna de ver.

Stranges on a train

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Alfred Hitchcock presentó en 1951 el film Stranger in a train, estrenada en castellano con los títulos de Extraños en un tren y Pacto de silencio. Sus principales protagonistas fueron Farley Granger y Robert Walker.

Dos personas con problemas familiares se encuentran en un tren. Uno propone al otro librarle de su esposa -de la cual lleva tiempo separado- y a su vez será correspondido por el otro, que acabará con su padre. La esposa es asesinada, pero el otro individuo -que nunca se tomó en serio la propuesta- no cumple a la recíproca.

En Extraños en un tren se conjugan varios factores de éxito, entre los cuales es obligado destacar que la película se basó en la novela homónima de Patricia Higshmith y que en el guión participó el también novelista Raymond Chandler. Afirmo que se nota cuando una película se basa en una novela: se ve en lo original y en lo cuidado de la trama.

Una película imprescindible.

Tardes de verano.

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-Llegamos hace medio siglo exacto, con la esperanza de una mejor vida y un buen futuro para los hijos.

Es el octogenario Alejandro quien me cuenta acerca de su pasado, sentados en una mesa del bar. Él no es propicio a las cervezas –algún fallo había de tener este hombre- por lo que hemos pedido un par de cafés y él un vaso de agua también, a la francesa.

-Primero me vine yo y enseguida mi mujer y el hijo mayor. Los más pequeños nacerían ya en esta tierra.

Sé que es viudo, pero de su prole nunca me ha hablado. Otro día tal vez abordemos el tema con más profundidad.

-Tuve el acierto y la suerte de instalarme en un barrio con no demasiados conflictos, y los chicos me crecieron bien. Les dábamos pocas distracciones porque tampoco disponíamos para muchos gastos. Cuando llegaba el buen tiempo salíamos a merendar al campo, que en realidad no eran más que unos terrenos agrestes a las afueras, donde después harían un polígono industrial. Nos llevábamos pan, algo de chorizo y una tortilla de patatas, y refrescos y una bota de vino. A veces se nos juntaba algún vecino, también con su chiquillada harta de estar encerrada en un piso angosto. Nos tumbábamos encima de unas lonas que no sé de donde habríamos sacado. Allí pasábamos la tarde, de charla mientras los críos corrían y jugaban. Recuerdo que los veranos eran aún más deliciosos: había hasta playa. En fin, lugares gratis donde ir a pasar el día. No acabábamos de ser felices, pero a ratos nos lo parecía.

Ayer estuve en la playa y a mi alrededor se oían castellanos embellecidos con diferentes acentos. Familias con neveritas y tápers que también habían salido a pasar la tarde al más módico precio posible. Ahora siento que nuestra especie apenas ha evolucionado en cincuenta años.

A vueltas y revueltas con Teresa.

-Hubo un tiempo en el que me dio por leer a Baltasar Gracián, a su Oráculo manual y arte de prudencia. Era cuando quería medrar y veía mi camino a la fama plagado de enemigos. Me pareció que las enseñanzas de Gracián me podían ser útiles.

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Es Teresa -¿quién si no?- la que me hace la confidencia. Podría decirle que yo también lo leí en otro tiempo, pero prefiero no cortarle el arranque y la escucho.

-También tuve como libros de cabecera El arte de la guerra de Tsun Zu y otro librito homónimo de Tsun Bin. Y Nicolo Maquiavelo me era tan admirado que viajé a Florencia solo por ver su tumba, en la Santa Croce.

Yo también la he visto, le digo.

-Pero tú -me responde- lo habrás hecho por turismo y porque al lado está la de Davinci. 

Si tú supieras, pienso.

-¿Qué queda de todo aquello? -prosigue-. Te lo diré rápido y conciso: nada, no queda nada. Sólo un vacío, la desilusión de haber perdido el tiempo.

Me miro a Teresa y luego vuelvo mis ojos a estas líneas. Y me preguntó si está mujer que he creado no se me estará desdibujando en demasía.

En fin, mañana será otro día.

††††

Dial M for Murder

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Alfred Hitchcok estrenó Dial M for murder en 1954, basada en una obra de teatro del mismo título aparecida en cartelera dos años antes. Le película también fue denominada, en sus versiones en español, como La llamada fatal, Con M de muerte y Crimen perfecto. La protagonizarían Ray Millang, Grace Kelly, Bob Cummings y John Williams.

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Un tenista retirado vive a expensas de la fortuna de su esposa. Un día descubre que ella tiene un amante y, temeroso de perder su sustento, hace firmar a su mujer un testamento donde él recibirá toda la herencia, y luego planea el minucioso asesinato de ella. Algo falla, como siempre ocurre, y la esposa da muerte a su asesino en legítima defensa. Pero el marido traicionero se las ingenia de modo que ella resulte condenada a muerte.

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Una película digna de ver, que inaugura este mes de julio dedicado al gran director del suspense.

Un grupito.

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Por fin he inaugurado de todas todas la temporada playera. Un tanto tarde, La imagen tiene un atributo ALT vacío; su nombre de archivo es terraza.jpgpor desgracia, ya que los meses de mayo y junio nos han sido indiscutiblemente adversos. Para desquitarme me he pasado los dos días del último fin de semana alternando entre la toalla de la playa y el chiringuito de las cervezas, con sus respectivos y consiguientes estragos. Mi amigo Alejandro, que ronda los ochenta, ha preferido la montaña, y hoy lo comentamos.

-Entre paseo y paseo descubrí la terraza de un hotel rural, donde me estuve deleitando con dos de mis grandes aficiones: observar y poner la oreja -me dice.

También son las mías -ya lo saben ustedes-, por lo que sigo con interés sus palabras.

-La conversación de un grupito de chicos que se sentaban a mi lado me hizo reflexionar -prosigue-. Pero, antes de entrar en materia, voy a describírtelos.

Alejandro había contado a media docena de hombres y a dos mujeres, todos más o menos próximos a la treintena, aunque sin alcanzarla. Un somero y entrenado vistazo le dijo que no había parejas entre ellos, que todos eran amigos y ya está. Lo cual no es poco. Conversaban y él – fisgón empedernido- les escuchaba. Uno de los chicos relataba aventuras y desventuras anteriores. Contaba que, junto a otro amigo, anduvo por un refugio de montaña todo un largo puente, ya hace algún tiempo, y que coincidieron durante varias jornadas con cinco muchachas. Se las debieron prometer muy felices los dos, en cuanto a escarceos nocturnos. Pero al concluir la segunda noche aún no habían anotado ningún tanto en el marcador. ¿Qué estamos haciendo mal?, se preguntaron. Por fin se percataron -con algo de vergüenza, por lo que dijo el chico- de que los hombres no eran el objetivo de sus compañeras de estancia, en cuestión de género.

En otros tiempos, según mi amigo Alejandro, del grupito hubieran brotado risas, mofas y comentarios soeces: de todo él, incluidas las chicas. Pero nadie lo hizo, ni siquiera el muchacho que narraba la jugada. Lo hacía con pesar, sí, pero con la mayor tolerancia.

Pero lo que me dejó a cuadros fue cuando las dos chicas que le escuchaban -primero la una y luego la otra- afirmaron que ellas también habían buscado en una ocasión un escarceo homosexual es sus vidas. Cada una por su cuenta y como por probar, aseguraron.

Mi amigo Alejandro y yo -con quien me encanta mantener platicas- nunca hemos hablado de política ni de temas de esta otra naturaleza. De inmediato me he puesto en guardia, al entrever hasta dónde podía llevarnos esta conversación de hoy. Sinceramente: puede que ya se me haya pasado el arroz de percibir con naturalidad cualquier tipo de relación -la herencia cultural es aplastante, qué le vamos a hacer-, pero no dejan de molestarme las actitudes homófobas. Me molestan tanto como las fascistas y, francamente, en estos últimos tiempos las veo venir bastante parejas.

-Ya soy muy mayor -me dice Alejandro, a su vez-, y he vivido mejores ocasiones y también peores. Pero era la primera vez -me segura- que oía hablar así de relaciones, y eso me ha reconfortado. Cosas como ésta son las que te reconcilian con tu especie.

Yo, la verdad, respiro aliviado.