El cuerpo.

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Oriol Paulo dirigió El cuerpo en 2012, y fue también el autor del guión. El film fue protagonizado por José Coronado, Belén Rueda y Hugo Silva.

El cuerpo es la historia de una venganza. Un policía debe investigar la desaparición del cadáver de una mujer, mientras se encontraba en el depósito. La mujer dirigía unos importantes laboratorios y el policía sospecha que su marido es el culpable de la desaparición, para evitar que se descubra que él mismo la ha asesinado para hacerse con su fortuna.

Se trata de un thriller psicológico, tenebroso -la acción de desarrolla en una noche de lluvia torrencial, en un depósito de cadáveres-, repleto de tensión, con abundantes giros y final sorpresa.

Digno de ver.

Sherlock

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Connan Doyle es el padre del detective por antonomasia de la novela enigma, pero el personaje ha traspasado a su autor, actualizándose. Esta semana han puesto en la tele una de sus versiones, alejada de la que en los años cincuenta del pasado siglo interpretó Peter Cushing. Sherlock era allí astuto, reflexivo y valiente, pero clasista y algo almibarado. El Holmes que interpreta Robert Downey Jr. no deja de ser elitista -se mueve en altos ambientes-, pero tiene mucho de barriobajero, pendenciero y egocéntrico.

Watson no es aquí el personaje furgón-de-cola de versiones anteriores, muy limitado y absolutamente supeditado a su casi mentor. Jude Low interpreta a un médico militar de carácter que aún no sabe cómo soporta a su amigo. A su vez, él es un hombre que juega, bebe, ama, pelea y dispara sin pensárselo mucho.

Me gustan estas variantes.

Guy Ritchie dirigió en 2009 y 2011 a ambos actores en dos aventuras detectivescas. En la primera, Sherlock y Watson han participado en la detención de un lord nigromántico que es condenado a muerte y ejecutado. Pero el hombre vuelve del más allá con un plan que implica acabar con todos los miembros del Parlamento británico, si osan oponerse a sus designios.

En la segunda aventura, el archiconocido Moriarty está confabulando para que las naciones de Europa se declaren en guerra -unos cuantos años antes de la Gran Guerra de 1914- con el objetivo de obtener beneficios con la venta de armas.

Interesantes ambos films. ¿Para cuándo una nueva entrega de la saga?

Solo :(

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Hace días que no sé de mis amigos. Les telefoneo para quedar esta mañana y así echar una parrafada, que bien me vendrá para refrescar la mente.

El octogenario Alejandro se excusa y me dice que ha decidido autoconfinarse de nuevo. Se ha provisto de papel de váter, de comida, de bebida y de libros. Esta pandemia tendrá un efecto último –me dice, convencido-: achatar la pirámide de población a base de liquidar la cúspide. En China primero fue lo del hijo único -prosigue-, y ahora esto. Pero yo no voy a ponérselo fácil a la parca -me asegura.

Pienso que exagera un tanto, pero no se lo discuto.

Mi amiga Teresa, experta en finanzas, me dice que está atareadísima. ¿No haces vacaciones?, le pregunto, y me contesta que siente no poder atenderme, pero que anda ocupada dándole a la cabeza acerca de una interrogación existencial; a saber: ¿tan mal anda el sistema bancario del país que ni los que cobran del Estado dejan sus ahorrillos aquí? Me dice que está valorando cuál será el mejor momento para trasladar su plan de pensiones aunque sea a Andorra, país que le pilla a un tiro de piedra.

También la dejo, no quiero que me hinche aún más las neuronas.

Por fin llamo a Lisardo. Como está jubilado, preveo que no me dará largas. Pero lo noto decaído: primero se fue al agua el sobresueldo que cobraba, como cocinero, y que le animó precisamente a jubilarse, como ya les conté una vez. Pero ahora que ya podría reengancharse a los fogones -en negro, por supuesto- le entran las aprensiones sanitarias.

Le digo que se deje de historias y le prometo no quitarme la mascarilla ni para beber, y le emplazo en media hora delante de su casa, donde haremos unas cervezas. Me dice que no. Alternativamente me propone que suba a su piso y que preparará unos botellines en su balcón; que con su compañera está en uno de esos interludios relacionales que a menudo se dan, y que no he de temer si guardamos la suficiente distancia.

Toda y nuestra excelente relación, nunca he estado en el piso de Lisardo: jamás. Y tampoco él ha estado en mi casa. Se me hace tan extraña la situación que declino su oferta.

-Ya nos veremos cuando esto amaine –le digo, y me vengo a mi terracita y me preparo un vermutito -aunque sea en blanco y negro- y me pongo a teclear; y pido fervorosamente que pronto lleguen tiempos mejores, en todo.

The third man

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Graham Greene es un escritor inglés de novelas, periodista de profesión hasta que alcanzó éxito con sus libros. Publicó su primera novela en 1929. En 1950 apareció El tercer hombre, que estaba inicialmente era un relato destinado a convertirse en guión para la película homónima. El americano impasible y Nuestro hombre en la Habana fueron otras de sus novelas llevadas al cine.

Carol Reed dirigió el film, que fue interpretado en sus papeles principales por Joseph Cotten y Orson Welles. La música fue de Anton Karas –The Harry Lime theme fue un éxito musical en EEUU- y la película obtuvo un Oscar a la mejor fotografía en blanco y negro.

Estamos en la Viena post segunda guerra mundial, dividida en sectores por las cuatro potencias vencedoras, como Berlín. Un escritor de novelas del far west llega a la ciudad, reclamado por un amigo de infancia. Pero el amigo acaba de morir, atropellado por su propio chófer. Las circunstancias de su muerte obligan al escritor a investigar. Una serie de incongruencias en las narraciones que recoge -y el marcaje al que es sometido por las fuerzas de seguridad aliada- le llevan a adentrarse en las miserias de la ciudad. Descubre que su amigo estuvo mezclado en el trafico de medicamentos adulterados y que, en realidad, ha fingido su muerte para escapar de la justicia.

Una película digna de ver.

Inspiración

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Que la inspiración ha de alcanzarte trabajando es cosa archisabida. Leo en una novela de Camila Lakberg que el allegado de uno de sus personajes -una escritora de novelas, a su vez- hecha en cara a ésta, medio en broma medio en serio, que le baste sentarse y esperar a que se le ocurran cosas, mientras él ha de trabajar.

Desarrollar una historia requiere de horas y horas enganchado en solitario a la herramienta de escritura, y se hace por convicción y vocación. Pero queda por discernir cómo viene la inspiración: la chispa que hace de embrión creativo. A mí nunca me acontece de igual forma, así que explicaré un caso.

Cierta tarde, en el preludio de una reunión a la que asistíamos al menos una docena de persona, una de ellas dijo -fuera de temática, mientras tomábamos asiento y comentábamos trivialidades- que le molestaban mucho los taxistas parlanchines; que no era persona de entablar conversación con ellos y que enseguida se enfrascaba en sus cosas para evitar el diálogo.

Tiempo después, esa frase se convirtió en el inicio de un relato. El resto fue de mi total autoría, tras horas de elucubrar qué hacer con ese chispazo y de emborronar cuartillas en la pantalla del ordenador: un suicida toma un taxi con la idea de vengarse en la persona de un conductor verborreico que, a la hora de la verdad, no lo será.

Así nació Último viaje, que -si están interesados- pueden ver aquí.

And then there were none

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Agatha Christie publicó Diez negritos en 1939, pero posteriormente se le cambiaría el título por el de Y no quedó ninguno. Fue su novela número veintisiete. Existen diez adaptaciones a la pantalla, la primera de 1945, y la última es la que hoy traigo aquí; la cual he tenido la oportunidad de ver este fin de semana.

La BBC emitió And then there were none, por primera vez, en 2015. Fue dirigida por Craig Viveiros bajo un guión de Sarah Phelps, que adaptaba la novela de Christie. La protagonizó un magnifico elenco de actores, entre los que nombraré a Charles Dance, San Neill, Aidan Turner y Maeve Dermody. Consta de tres capítulos de una hora de duración cada uno de ellos.

En 1939, un total de siete personas invitados son congregados en una mansión situada en un islote de la costa inglesa. También llega al lugar una joven contratada como secretaria por el presunto anfitrión, y allí les espera un matrimonio que ejercen como sirvientes. La familia que les ha congregado se encuentra ausente, pero se asegura que enseguida se reunirá con el grupo.

Todos los convidados, así como la secretaria y hasta el mismo servicio doméstico, tiene a sus espaldas la autoría de una o varias muertes: unos homicidios que no llegaron a expiar. Poco a poco irán siendo asesinados, sin que puedan huir de la isla y sin que imaginen quién los está aniquilando.

Esta adaptación de la novela me ha parecido sumamente interesante, repleta del buen hacer de la BBC cuando de producir series de época se trata. Muy digna de ver.

La dolce vita

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Hoy he vuelto a ojear la famosa película italiana de 1960, dirigida por Fellini y protagonizada por Mastroianni. Consta de una serie extensa de escenas consecutivas que compondrían diferentes capítulos de la acción, donde la imagen más conocida es la de Anita Ekberg dándose un sensual baño en la Fontana di Trevi.

¿Por qué traigo aquí La dolce vita, un film tan alejado del cine criminal? Hago una consideración previa: creo que lo negro no es exclusivo de las películas y novelas desarrolladas sobre un fondo delictivo. Para éstas existe el acertado término de negrocriminal, y pienso que lo negro también es objeto de otros géneros.

Dicho esto: a mí, el cuadro –o capítulo, o escena- que me cautiva de La dolce vita es el que viene poco después del baño de la actriz sueca, e inmediatamente a continuación del concierto de órgano; aquél donde el periodista se traslada a cubrir un reportaje acerca de unos niños que dicen haber visto la aparición de la Virgen María.

Llegado al lugar, se produce una horripilante mezcla de cuantos desean sacar un beneficio directo de la situación –los familiares de los niños visionarios- y los que explotan profesionalmente el hecho –la televisión y los diarios, con su coreografiado enfoque sensacionalista-. Entre ellos se mueven, como meras comparsas, los desesperados. Resulta desgarradora la imagen de la mujer arrodillada con su hijo en brazos, o la persona que muere en la confusión. ¿Cómo es posible que seáis así?, grita a los oportunistas otra de las protagonistas, desesperada. Vean la sórdida escena, no tiene desperdicio.

¿Qué ha propiciado lo expuesto hasta aquí?

Sin duda el momento que vivimos, y lo que nos queda por ver. Un momento en el que, pasado el primer episodio –y aún de forma coetánea con él-, hemos sido sumergidos en el más puro espectáculo de intereses sin caer en que hay gente –mucha- a la cual en todo esto le va la vida o, en el mejor de los casos, su futuro.

Mañana trataré de ver alguna película más amable.

Glacé

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Berbard Minier es un escritor francés, creador de la serie de novelas protagnizadas por el policía Martin Servaz. En 2011 inició la saga con la novela Glacé, que daría origen a la serie que nos ocupa.

Glacé es una serie negro-policial francesa de seis capítulos, estrenada en 2017. En el mercado anglosajón fue ofrecida bajo el título The frozen dead. Fue interpretada en sus papeles principales por Charles Berling, Julie Platon y Nina Meurisse.

La aparición de un caballo muerto, de alto valor, y una serie de posteriores asesinatos en los pirineos franceses occidentales, hacen que un veterano policía de Toulousse se desplace al lugar para investigar los hechos. En un centro psiquiátrico del lugar está internado un psicópata al que el policía detuvo hace tiempo como autor de varios crímenes en serie. En ese psiquiátrico ha entrado a trabajar, de incógnito, la hermana de una de las víctimas. El policía sospecha que las muertes actuales están relacionadas con un caso antiguo de abusos a menores, y calcula que el hombre ingresado puede estar relacionado con la venganza sobre sus autores.

Glacé cuenta con la solidez de una novela -ya he dicho muchas veces que se nota cuando un film tiene detrás una obra literaria-, donde se hilvana una acción con pocas fisuras. La fotografía realza el suspense y los protagonistas son personajes redondos. El final deja entrever una posible segunda parte.

Una serie digna de ver.

Desidia.

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Con esto del repunte hacía días que no veía a mi amigo Alejandro, octogenario con quien comparto espacio en la biblioteca, además de profundas reflexiones. Ha llegado hoy embozado –o embocado, o embozalado- y apoyándose en un bastón. Nunca antes le había visto con tal artilugio; es más, lo considero un hombre extremadamente ágil para su edad.

-Es que hago yoga cada día en el comedor de mi casa –me ha dicho muchas veces.

No yoga del de entrar en trance, ha remarcado siempre, sino del de estirar el cuerpo. Y cuando lo dice dobla el espinazo y con la yema de los dedos alcanza el suelo sin encogerse por las rodillas, mucho mejor de lo que yo –que estoy unos cuantos años por debajo de los suyos- podría hacer.

-¿Para qué el bastón, entonces?

Es para combatir la desidia, responde, y le miro con cara de interrogación.

-Si te fijas, desde mi hombro a mi mano habrá unos sesenta y tantos centímetros; a los que, si les sumo la longitud total del bastón, dan casi metro y medio.

Empiezo a entender.

-Este metro y medio es la distancia mínima de mi seguridad –afirma-. Y, consecuentemente, la de cuantos circulan a mi alrededor.

Creo que conozco a Alejandro y no lo imagino capaz de ir abriéndose paso a bastonazos. Se lo digo.

-No te apuestes nada. Yo he cumplido quedándome en casa cuando ha tocado y cumplo poniéndome el bozal, pero empiezo a creer que los viejos sólo importamos a los gerentes de los geriátricos privados, por razones obvias; y que hay quien piensa que, muertos nosotros, solucionado el problema. Así que, visto lo visto hasta ahora, y como que no estoy en edad de ir jugándomela por la inconsciencia y la desidia de otros, pienso mantener mi distancia de seguridad al precio que sea.

No me va la violencia, ya lo saben, pero me salta una sonrisa a los labios imaginándomelo a mandoblazos con ese apósito que acaba de incorporarse. Por si acaso, retiro mi silla un tanto más allá de la suya.

Un asunto demasiado familiar

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Hoy empiezo esta sección acerca de las publicaciones que voy leyendo. Y lo hago con una de las últimas novelas que he leído.

Rosa Ribas es autora de novela negrocriminal. Publica El pintor de Flandes en 2006 y al año siguiente inicia la saga de la comisaria Cornelia Weber-Tejedor con Entre dos aguas. En 2013 inaugura -con Sabine Hoffman- la saga de la reportera Ana Martí. Hasta la fecha ha dado a luz un total de 15 novelas.

Un asunto demasiado familiar data de 2019 y está ambientada en el barrio barcelonés de Sant Andreu. Sus protagonistas son una familia de detectives -los Hernández-, y la novela trata de los casos que van llevando -en menor medida- y de sus entresijos internos. No hay personaje sin fondo: el padre, hombre de pasado controvertido; la madre, mujer culta vencida por el alcohol; dos hijos que colaboran en la empresa familiar; una tercera hija, huida sin dejar rastro; el ayudante de detective; la tía materna; etc, etc. Aunque se van alternando sus trabajos profesionales, es su propia historia la que genera el hilo conductor de toda la trama.

Una novela muy recomendable.