Monteperdido. La caza.

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Día ciento ocho del año nuevo.

En 2018 se rodó la serie Monteperdido, producida por DLO Producciones y estrenada monte5recientemente en Televisión Española, que ya ha emitido cuatro capítulos. Se basa en la novela homónima publicada por Agustín Martínez en 2015, con guión adaptado por el propio autor junto a Miguel Saez y Antonio Mercero. Está protagonizada en sus papeles principales por Francis Lorenzo, Megan Montaner y Alain Hernández, entre un gran elenco de actores, como Pablo Derqui, Bea Segura, Carla monteDíaz, Patxi Freytez, David Solans, Juan Díaz, Beatriz Carvajal y Jordi Sánchez. Se puede obtener más información en http://www.rtve.es/television/la-caza-monteperdido/

Dos niñas desaparecieron cinco años atrás y ahora una de ellas ha logrado escapar de su secuestrador. La Guardia Civil prosigue las pesquisas y en el pueblo se desata una gran tensión de sospechas mutuas. La trama irá dando giros a medida que se sucedan los capítulos. Una serie interesante, con una buena trama -basada en una novela- y que, para mi gusto, podría dar más juego escénico del que ya tiene.

Como curiosidad, a finales del verano pasado coincidí en el pueblo de Benasque con algunos de sus protagonistas, durante el rodaje, cuando cenaban unas mesas más allá de la misma terraza donde unos amigos compartíamos copas. Departimos unos minutos con Jordi Sánchez.

Digna de ver, de momento.

 

 

 

 

 

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Three Days of the Condor

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Día ciento uno del año nuevo.

Sidney Pollack dirige Three Days of the Condor (Los tres días del Cóndor) en 1975, sobre losun guión basado en una novela en la novela casi homónima de James Grady (Los seis días del cóndor). La interpretarían Robert Redford, Faye Dunaway, Cliff Robertson y Max Von Sidow, en sus papeles principales.

Una oficina de soporte de inteligencia de la CIA es asaltada y todos sus ocupantes acaban asesinados, salvo uno que se encontraba ausente de forma accidental. Todo parece indicar que él era el verdadero objetivo de los asesinos.los 2 Paradójicamente, el hombre  no es un agente operativo, sino que se limita a leer informes y a aportar documentación a la central de inteligencia. Sin embargo se desatará una persecución implacable, en la que estarán complicados directivos del servicio.

El film recrea lo que se ha dado por llamar la razón de Estado, y se enmarca en los añoslos3 inmediatos a la crisis energética desatada por las guerras en Oriente Próximo en 1973. Revela también el funcionamiento casi autónomo de las agencias estatales secretas. Resulta un documento digno de ver que -salvando tiempos en intereses- se torna muy actual.

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Día noventa y cinco del año nuevo.

Water Rain Drops Puddle

Llueve y todo se ralentiza. Vivo a tocar del campo y justo enfrente se cultiva. Me asomo. Hoy no saldrá ese agricultor que me despierta todos los domingos con su ruidoso motocultor, tampoco espero verlo agachado sobre la tierra recolectando y trasladando los frutos a las cajas preparadas a su lado. No habrá de regar –supongo-, ni arar ni plantar ni apuntalar las cañas por las que treparán las matas. Me imagino que hoy estará de fiesta.

Me siento ante la cristalera perlada de gotas -la que separa a mi mesa de trabajo del mundo que me circunda- y enciendo el artilugio que me sirve para escribir. Preparo la atmósfera con los rituales de cada día y me conciencio para una gratificante jornada.

Sigue lloviendo, pero esa agua de ahí fuera no se me contagia en un brain storming interior.

Es bonita la lluvia, me relaja. Lástima que tendré que invertir tiempo en una sesión de limpieza de cristales, que a buen seguro quedarán embarrados. Porque aquí, cuando llueve, llueve barro. Miro la previsión: mañana también amenazan lluvias, y al otro. Bueno, al menos podré posponer la sesión cristalera un día más.

Me preparo un té.

Hay quien le pone una rodajita de limón al té, o incluso de naranja. O lo completa con leche, y hasta le echa comino y pimienta. Yo le añado una pizca de canela -le da un sabor especial- y lo endulzo con miel. Humea la taza a mi lado y regreso al teclado. Me concentro.

Suena el teléfono.

La pantalla sigue con su página en blanco, impoluta. El gato se acerca a ronronearme entre las piernas. Bajaré a ver cómo está su bol de pienso.

Ya estoy de vuelta.

¿Qué me haré hoy para cenar? Mejor saldré por ahí, a picar algo.

Mientras, la pantalla sigue en blanco. Me levanto y pongo un DVD en el reproductor de música. Es Sonny Rollins. Arrancan los acordes y regreso a mi pantalla.

Dicen que la inspiración te ha de pillar trabajando, pero hoy no parece ser mi día.

¿Y si me fuera a dar una vuelta? Total, no vendría de un día.

¿Dónde habré puesto el paraguas?

Clik.

 

Elementary.

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Día noventa y cuatro del año nuevo.

La cadena norteamericana CBS emitió en 2012 el primer capítulo de la serie Elementary, elemque hasta la fecha ha cosechado un total de doce temporadas. Creada por Robert Doherty, está basada en el personaje de Arthur Conan Doyle, actualizado y transportado a la ciudad de Nueva York y secundado por un doctor Watson que, en este caso, es una mujer. Sus principales protagonistas han sido Jonny Lee Miller y Lucy Liu, además de Aidan Quinn.

En esta ocasión volvemos a encontrar a un Sherlock Homes inadaptado, con problemas con la droga, que abandona Londres y se desplaza a la ciudad de los rascacielos. Debe seguir un estricto programa de desintoxicación, tutelado por la doctora Joan Watson. Esta Watson no es militar -como en versiones anteriores del personaje de Doyle- pero también arrastra un trauma a sus espaldas. Juntos se dedican a resolver crímenes, como no podía ser menos.

El traslado de Holmes a Nueva York puede resultar chocante como concepto, pero el elem2personaje acaba salvando cualquier tipo de prejuicio que se nos pudiera formar. Una ambientación visual -la puesta en escena y los decorados, especialmente el hogar del detective- acaban atrapándonos. Y, como no, está la particular idiosincrasia del personaje, muy bien interpretado por el actor de turno. Que Watson se haya reencarnado en mujer es otro atractivo, para mi gusto.

Digna de ver, incluso para quienes no solemos gustar de las series.

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¿Qué habrá sido de…

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Día noventa y tres del año nuevo.

-Durante tiempo estuve desplazándome fuera de ciudad en coche, por motivos de trabajo. Debía visitar a unos clientes y cada semana me iba para allá. Pero antes de llegar a mi destino me veía obligada a recorrer la travesía de una pequeña población, donde indefectiblemente venía a pararme ante un semáforo que jamás encontré en verde.

Es Teresa quien me cuenta la historia que ahora les reproduzco en estas líneas. Me ha llamado al mediodía y me ha citado para esta tarde, casi con urgencia. Necesito alguien sensible con quien hablar, me ha dicho, y –sabiendo cómo es ella- no he tenido claro si debía tomármelo a bien o a mal. Pero aquí estoy.

-Se formaba una buena hilera de vehículos y una muchacha marchaba con vivacidad uno tras otro, bolsa de pañuelos de papel en mano, pidiendo caridad. Porque, Martín, por mucho que uno se quiera travestir de vendedor de clínex, de limpiacristalero a salto de mata o de artista del malabar o funambulista callejero, o de músico del metro, y así vivapobre con la ilusión de tener un oficio, no es más que un pedigüeño. Por muy bien que lo haga.

Hay excepciones, pienso yo, pero la dejo continuar.

-Aquella chica era guapísima. Joven, con esos rasgos del este de Europa que enamoran. A mí me dio por pensar que  estaría bien que uno de aquellos día acertara a pasar por allí un galante Richard Gere como el de Pretty woman y la rescatara de aquella esquina; quiero decir de aquella travesía.

Por un instante he visto en los ojos de Teresa una llama de emoción, que apaga encendiéndose un cigarrillo, dándole una calada y entornando los ojos.

-Pero pasaban los días y los meses y la chica seguía allí. Nunca vi que nadie le comprara un solo paquetito de pañuelos, tampoco yo, pero ella siempre sonreía y saludaba a los conductores que marchaban sin querer verla.

La mirada de mi amiga se ha acerado y vuelve a ser ella.

-Al poco hicieron una variante y ya no tuve que recorrer aquel camino. Pero como que los imprevistos son lo más previsible en este nuestro país, unas obras urgentes hicieron que tiempo después retornara a la antigua vía. Enseguida me acordé de la chica. ¿Richard Gere la habría rescatado al final? Ahí mismo es donde ella estaba antes, me dije al divisar la silueta de una vieja que ahora ocupaba su puesto.

Otra calada al cigarrillo de mi amiga concluye en un rictus.

-El semáforo cambió a rojo, como en los viejos tiempos, y que quedé al lado de esta otra mujer que también ofrecía pañuelos de papel. Sólo entonces reconocí a la chiquilla de entonces. Era una ruina de lo que fue, créeme, Martín. ¿Cuánto había pasado? ¿Tres, cuatro años? Quedé desolada. La muchacha vivaz de piel tersa, erguida, que saltaba entre los coches, estaba ahora arrugada, encorvada y arrastraba los pies. ¿Qué le habría pasado? Cambió el semáforo y arranqué. La seguí por el retrovisor mientras salía de allí. Se había orillado hacia la acera y dejaba pasar los vehículos con desinterés. Me dio pena, mucha.

Miro  los ojos de la dura Teresa y observo que otra vez se han humedecido.

-La perdí de vista. Entonces enfoqué el retrovisor, mirando ahora mi cara. Queriendo comprobar que el tiempo no había sido tan devastador conmigo y que la vida no se me estaba mostrando tan injusta. El nudo que se me hizo en la garganta estuvo oprimiéndome kilómetros y kilómetros. De esto último hace otro par de años.

Nunca he sido bueno para reconfortar a nadie en el pesar, y con Teresa –la radical Teresa- no sabría cómo hacerlo. Así que callo.

-Por qué te cuento esto hoy, te preguntarás. Verás. Esta mañana he vuelto a pasar por allá, de nuevo accidentalmente. Hoy, excepcionalmente, no cambiaba el semáforo. Mientras que me aproximaba he tenido que ralentizar mi coche para darle tiempo de ponerse en rojo. Imagínate la de pitidos que he formado. Y todo para comprobar que ella ya no estaba. Más delante me he parado sobre la acera y he desecho el camino a pie. He entrado en un bar de allí enfrente y he preguntado al camarero que pasaba el paño sobre la barra. Sabía de quién le hablaba. Un día se fue, sin más, me informa. ¿La recogió algún coche?, he preguntado esperanzada, y el hombre se ha encogido de hombros y ha proseguido su faena.

Teresa lanza otra vez la mano al paquete de tabaco.

-A veces una tiene la impresión de llegar tarde a los sitios, ¿a ti no te pasa? Y entonces me pregunto por qué no hice eso o lo otro mientras estuve a tiempo. Es lo que me ocurre con esa chica. Ya sé que no hubiera podido aportarle nada, pero me hubiera gustado hablar con ella, preguntarle por su pasado, saber de dónde venía, qué esperaba de la vida o, al menos, comprarle un paquetito de pañuelos. Ya sé, me dirás que no hubiera arreglado nada, pero yo ahora me sentiría mejor.

La entiendo.

Pero por más que Teresa me suponga un alma cándida y un espíritu sensible, ahora me invade una gran frialdad: la de quien intuye que a Teresa, como a muchos otros, lo que les afecta no son los desgraciados con quienes se topan en la calle, sino lo mal que se vienen a sentir ellos mismos cuando ya no hay solución. Ese es, tal vez, el verdadero problema: el desinterés. Así que no compadezco a mi amiga en absoluto: ella no es la víctima.

Pero mejor sigo callado.

 

The sting

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Día ochenta y siete del año nuevo.

George Roy Hill dirigió la película The sing (El golpe, en castellano) que se estrenaría en golpe1973. Sus actores principales fueron Paul Newman y Robert Redford. Obtuvo siete óscares, entre los que figuraron el de mejor película y mejor director.

Un estafador de medio pelo y su socio aplican el timo de la estampita a un corredor de apuestas, sin saber a quién están engañando. El jefe del corredor pone en captura a ambos timadores, asesina a uno y pone precio a la cabeza del otro, que ha huido. Éste consigue aliarse con otro reconocido timador y su objetivo es estafar a lo grande al capo que le persigue. Para ellogolpe2 desplegarán una descomunal parafernalia de medios. Un policía corrupto trata de sacar tajada del asunto y el FBI también se verá implicado.

Situada entre la comedia y el drama por actosgolpe3The sting narra las peripecias de dos estafadores en plena depresión de los años treinta. La película cuenta con una cuidada puesta en escena (con una ambientación y unos decorados soberbios) y una banda sonora que obtuvo el premio óscar al año siguiente.

Digna de ver.

Viejos.

Día ochenta y tres del año nuevo.

viejos (2)

El viernes es el día más tranquilo en la biblioteca, fuera de la temporada de exámenes. Los muchachos y muchachas que la frecuentan están preparando el fin de semana y uno encuentra sitio de sobras donde sentarse a leer o a escribir. Se respira paz, tranquilidad y sosiego. Hasta puedes acercarte a la zona de la máquina de café y echar unas parrafadas sin molestar demasiado a nadie. En ello andamos mi amigo Alejandro y yo, tomando un brebaje oscuro. Alejandro –recuerden- es un octogenario misántropo que, a pesar de ello, ha decidido que vale la pena deleitarme con su conversación.

-La otra mañana salía de la panadería con mi pan de cada día bajo el brazo. El día era bueno y me senté en un banco de la plaza. En el de al lado fumaban tres chicas apenas salidas de la adolescencia. Me puse a escucharlas.

Tomo nota de que este viejo es de trato escaso, lo que no le excluye de espiar las conversaciones ajenas. Otra cosa más tenemos en común.

-Por lo que hablaban deduje enseguida que eran enfermeras o algo así, en su jornada de fiesta. Saltaban de tema en tema. Nada interesante, Martín, hasta que tocaron uno que a mí me concierne. Una de ellas exponía que días atrás había atendido a un viejo solitario, traído desde su casa en ambulancia. Quedó ingresado, lo trataron y por la noche estuvo tranquilo. A la mañana siguiente se personó su hijo.

Alejandro hace un alto para dar un sorbo al café. Yo ya he olvidado el mío, suspenso de sus palabras.

-Por una extraña coincidencia le había tocado una habitación para él solo, lo que facilitó su reposo. Pero, lo que es un privilegio en la sanidad pública, había degenerado en un horrible trifulca al preguntar su vástago que quién le había velado el sueño. El hombre se quejó de que habían dejado a su padre sólo, aún estando enganchado a infinidad de catéteres y cables. De sus palabras deduje que el individuo era hombre de cultura y posición, pero no por ello dejó de maldecir y amenazar con querellarse en los juzgados.

Yo entro en situación y aguzo la atención para ver a dónde quiere ir a parar mi amigo.

-Las tres enfermeras festivas coincidieron en que aquél hombre había meado fuera del tiesto. El abuelo estaba bien y, si tanto interés tenía el quejoso, ¿por qué no había venido él a cuidarlo? ¿Por qué no lo tenía consigo? ¿Acaso no era su obligación de buen hijo? Una de las chicas acabó por usar el calificativo que flotaba en el aire: desfachatez. Y ahí es donde entra la reflexión que yo me hago de toda esta historia ajena.

Alejandro se asienta y me mira a los ojos.

-Los viejos somos un estorbo, Martín. Tenemos la tozudez de no morirnos, de persistir en este valle de lágrimas. Y eso, en los tiempos que corren, es de mal gusto.

Yo le diría que no es así, que la medicina avanza, que aumenta la calidad de vida, que el hecho de que se vivan más años es síntoma de progreso. Hasta de evolución social. Alejandro salta impelido como por un resorte. Ahí quería llegar, me dice.

-Hace dos o tres generaciones los viejos vivían menos, pero vivían acompañados. Se morían antes, pero entre la familia. Ahora el estado de bienestar prolonga la vida, sí, pero no basta para procurar atención a los abuelos. ¿Sabes cuál es uno de los temas de conversación entre muchos hermanos de cierta edad? Te lo diré: que a cuánto sale por barba costear una residencia, porque las actuales tarifas no son asumibles ni para los abuelos ni para sus familias.

-También hay ayudas para sufragarlas.

-Pocas.

El viejo se resitúa en su silla para tomar impulso.

-Martín, y hace décadas que la sanidad, que nos da más vida, es más o menos gratuita. También lo es la educación. Si los hijos no tienen tiempo ni por regla general tampoco medios, ¿por qué no hay lugares decentes para todos, de titularidad púbica, donde esperar sin prisas al último día? ¿Tanto gasto supondríamos?

Se me ocurren una cuantas ideas, pero Alejandro se responde a sí mismo.

-El problema, Martín, es que los viejos vamos cuesta abajo, decayendo e infantilizándonos hasta dejar de protestar. Ni tenemos futuro ni somos un potencial de rédito para los que mandan, muchos de los de mi edad no van a votar.

Yo no veo las cosas tan simples, pero Alejandro prosigue.

-Nuestros vástagos sólo piensan en que se acabe pronto el mal trago, sin calcular que también les llegará el momento. Así que, si eres viejo, ¡apáñatelas como puedas!

La tarde se está tornando espesa. Empiezo a contar la edad que tengo y a calcular cuánto margen me queda. Mejor saco otro par de cafés y cambiamos de tema.

Contratiempo

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Día ochenta del año nuevo.

En 2017 se estrenó el film Contratiempo, dirigido por Oriol Paulo e interpretado en sus contrapapeles principales por Mario Casas, Bárbara Lennie, José Coronado, Ana Wagener y Francesc Orella.

Un hombre (Mario Casas) despierta en un hotel y a su lado yace asesinada su amante (Bárbara Lennie). Ambos tuvieron hace poco tiempo un infortunado accidente donde murió el joven conductor del vehículo contrario, el cual se han esforzado en ocultar para tapar la infidelidad amorosa del protagonista. La casualidad hizo -sin embargo- que la amante acabara recalando ese mismo día en la casa de los padres del chico fallecido. Ahora, lascontra2 puertas y ventanas de la habitación el hotel están cerradas por dentro y el protagonista lucha por demostrar su inocencia, ayudado por una prestigiosa abogado.

La película tuvo una buena acogida de público, todo y no ser un film de los mejores del género ni -tampoco- de los protagonizados por quienes intervienen en él. Sobresale para mi gusto, sin embargo, la actuación dramática de Ana Wagener. La traigo aquí por que es un buen ejemplo de película enigma que contra3cuida en extremo la perfecta argumentación de cada uno de los giros que va sufriendo la trama; también porque tiene un fin inesperado; y porque es un ejemplo de que, al final, la solución correcta del enigma es la más sencilla.

Una película digna de ver.

 

 

Pagar para esto…

Día setenta y siete del año nuevo.

Cada vez que voy al dentista, como esta tarde, se me vienen a la memoria dos películas. La primera es una comedia  negra a rabiar a pesar del humor que destila: La pequeña tienda de los horrores, se titula.  De ella he visto dos versiones cinematográficas, una del dentistaaño 1960 y las otra de 1986. El segundo film es Marathon man, al que he dedicado un post en este mismo blog. Ya sea en uno u otro film, el dentista (en forma de sádico o de torturador, respectivamente) se presenta como un personaje marcado con el estigma de productor inevitable -y hasta sádico- de dolor. No sólo cuando te maneja la boca, también cuando te extiende la cuenta.

Mi doctora tiene la costumbre de charlarme mientras estoy postrado en ese tecnificado potro de tortura que es el sillón del odontólogo. Lo de que “charlamos” es una figura retórica: yo bien poco digo, más ocupado en prever por dónde me vendrá el siguiente pinchazo o cuando notaré ese dolor frío e incisivo que –según los entendidos- es el más penetrante de cuantos se pueden infligir a un ser humano. Todo ello al tiempo que me aferro compulsivamente de los robustos reposabrazos. Mientras, ella me cuenta esto o lo otro o lo de más allá. Yo, por cortesía y para no aparecer como un gallina redomado, gruño de tanto en tanto y hasta lanzo un gorgoriteo sin gracia que quiero asemejar a risa. Al tiempo, ella se inclina sobre mí, clava sus preciosos ojos verdes en mi boca y me mete dentro sus dedos enguantados. Tira de mis labios, apalanca entre mis dientes y hace rechinar contra ellos el torno, y me lleva casi al ahogo en mi propia saliva, para drenarla en el último segundo,y luego incrustar cuñas sobre las encías, y abultarme los labios con almohadillas de algodón amargo, para luego impregnarme las encías  de una pasta vomitiva. Todo un espectáculo, en definitiva: a veces pienso que me gustaría ver qué cara hago en ese trance. O mejor no.

El caso es que de aquí a unos cuantos días cenaré con un escritor que vino a publicar hace un tiempo una novela ambientada en una casa de citas. Seguro que si le contara la experiencia de hoy, él no dudaría en asegurarme –con el humor que le caracteriza- que el dentista es, entre los profesionales de la medicina, el arquetipo ideal del sadomasoquismo: le pagas para que te aflija. Me quedo con esta idea. Otro día, cuando esté menos dolorido, hablaré de otras clases de sexo.