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De golpe se meten en el carril contrario y los que vienen han de frenar en seco, sorprendidos por la luz azul que relampaguea adherida al techo. Dos peatones arrancan a correr, cogidos en mitad de un paso de cebra que el coche de policía atraviesa a toda máquina. Derrapan al girar a la derecha en el cruce y el chirrido de las ruedas se confunde con el de la sirena. El coche culea a la izquierda. El inspector Cabrera tuerce el volante a ese lado, pisa el acelerador y recupera el control, a escasos centímetros de ir a estamparse contra la valla que protege la acera.

El semáforo está en rojo, al fondo, y los coches detenidos taponan todo el ancho de la calle. Cabrera aprieta el freno, clava el automóvil en medio del pestazo a goma quemada y refuerza el ulular de la sirena tocando el claxon. A su lado, el inspector Navas saca un brazo por la ventanilla y conmina entre imprecaciones a los conductores, que se abren hasta dejarles un hueco. Nueva patada al pedal y el ka se cuela mientras las ruedas patinan con el acelerón.

Cabrera se está divirtiendo. Navas, agarrado con una mano al asidero de la puerta y con la otra afianzada sobre el salpicadero, se percata cuando lo mira de reojo; sólo un instante, para no perder de vista lo que le viene delante. Con este chico, piensa, cualquier día nos matamos. Pero él también siente fluir la adrenalina por sus venas: un chute que le curará de depresiones al menos durante un par de días.