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Primero está el leer, y mucho. De pronto, te apetece escribir. Tal vez empiezas un diario. Luego pasas a emborronar más y más cuartillas. Por lo que sea, un día se te viene una idea a la cabeza, un argumento que vas perfeccionando poco a poco, según tu experiencia -lo que has vivido, lo que has conocido y todo eso que has leído- y vas construyendo un relato. Con el tiempo te encuentras con que has acumulado varios cientos de páginas, y con la necesidad de acabar lo que has empezado. La idea se ha convertido en argumento, el argumento en acción, y la acción en un texto con desenlace. Y lo lees y lo relees y lo repasas una y otra vez. Y tachas y rehaces y corriges.

Y por fin acabas.

¿Y luego, qué?

Pues que tienes otro hijo. Más o menos bonito (o no, aunque a ti te lo parece); pero un hijo tuyo, al fin y al cabo. Ahora has de buscarle un nombre que lo diferencie de los otros niños, cargado de significado y de buenos augurios. Y quieres que tu niño eche a andar, que el vecindario lo conozca, que crezca y que le vaya bien en la vida.

Pero eso ya es harina de otro costal.