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Leer es un placer solitario, pero en un club de lectura la experiencia adquiere otra tonalidad. Una asamblea de iguales se da cita para deleitarse exprimiendo el fruto que ha saboreado en privado, guiados por una maestro de ceremonias. Generalmente es él quien propone las lecturas, para lo que precisa de un vasto conocimiento de la literatura. Pero aún siendo imprescindible, no vale sólo con la erudición del guía: éste ha de conocer a su grupo, saber sus gustos y posibilidades (capacidad de psicólogo). Y conducir el debate: la cualidad deseable es la de saber escuchar, más que la de hablar.

¿Qué se busca en un club de lectura? Hay toda una variedad de posibilidades. En cualquier caso, el guía ha de ser consciente de que los miembros del club leen para ellos mismos (algo inherente a la lectura individual, base de todo el tinglado). Ha de ser capaz de promover el debate y responder a las cuestiones que plantee la asamblea, y hacer un resumen o compendio al final de la sesión. Y -algo en absoluto desdeñable- ha de tener interés por guiar actividades paralelas: la visita a una exposición, la concurrencia a una conferencia, a unas jornadas temáticas o a un premio de lectura. O, más tangencial pero igualmente importante, facilitar que se organice una cena o una salida para tomar una copa, a ser posible con la comparecencia de algún autor.

Porque -y aquí está el salto conceptual- en un club se recrea la faceta social de la lectura.