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Bibliotecas, las hay para todos los gustos. Otra cosa es encontrar la que a ti te agrade. Las tienes grandes y recogidas, cerradas o con enormes cristaleras, modernas o en edificios con pátina; generales, temáticas; con clubes de lectura, charlas y ponencias; silenciosas y –aunque noimages (2) te lo creas- ruidosas: hasta las he visto con suelo de parquet que cruje de escándalo, a cada paso que das.

Valentín camina a mi lado mientras lo alecciono. Hemos dejado el metro hace unos minutos y vamos acera adelante, a nuestro destino. Como escritor, el metro –le digo- es otro de esos lugares que no te puedes perder. En mi pueblo no hay metro, me replica. Pues el tren, le contesto; o el bus; o el casino o los mercadillos; o la calle a secas, parado desde un banco. ¿Qué tiene de interesante el metro?, me pregunta. Se evidencia que el recorrido apretujado como sardinas en lata no le ha motivado. ¿Que qué tiene el metro?, respondo; el metro tiene la gente; la gente vive, se mueve, habla. La gente te da ideas.

-Respóndeme, ¿tú quieres escribir una novela o un tratado de zoología? Si vas a hacer un compendio de fauna podemos acercarnos al zoo, o a un museo de bichos disecados. Aunque yo –que me conozco- estaré más atento a las personas que a los pobres animalitos.

Nuestra biblioteca es de las modernas, con estanterías por debajo de la estatura de una persona. Hasimages (1) de acuclillarte para reseguir la hilera de libros, pero de pie tienes una magnífica vista trescientos sesenta grados de lo que se cuece a tu alrededor. Hay más mesas que sillones individuales y, en éstos, más gente repasando la prensa que leyendo volúmenes. Las mesas están a rebosar de estudiantes, hincando codos sobre sus apuntes, o con la mirada clavada en sus personal computer. O charlando a media voz. Casi de milagro cazamos dos sillas en una, redonda, que compartimos con tres muchachas y un chico que rondarán los veintipocos años de edad, y un cuarentón. Todos –hasta el cuarentón- con los oídos conectados al ipod. Todos trabajando en lo suyo.

Aquí se viene a trabajar, digo. A Valentín le incomoda que hablemos, aunque sea en susurros. Como que ya hemos tomado posesión del espacio, lo dejamos asegurado con los abrigos –colgados de los respaldos- y nuestros pertrechos ocupando la porción que por derecho nos corresponde. Nos levantamos –el resto de “comensales” apenas alza la vista un segundo, como hicieran a nuestra llegada- y nos acercamos a la máquina que nos servirá un par de cafés. De camino nos cruzamos con un grupo de abuelas que llevan a sus nietos a la zona de juegos -estas sí, separadas por cristaleras.

¿Tú puedes escribir aquí?, me pregunta Valentín; ¿cómo puedes pensar en este ambiente?

-Aquí escribo –le señalo-. Lo que es construir la historia –añado con una sonrisa burlona-, eso ya me lo traigo hecho del metro.