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He entrado a un bar y me pido un café en la  barra (casi siempre me tomo los cafés en la barra, desde donde puedo ver cuanto se cuece a mi alrededor). El joven camarero me sirve y, mientras espera su próximo cliente, se pone a teclear en su telefonillo. En una mesa de al lado veo dos ambientes: cuatro chiquillos se arremolinan divertidos alrededor de otro que les muestra ves a saber qué en la pantalla de su celular; mientras, enfrente, dos abuelas -las niñeras amateurs de la criaturada- miran el vacío sin hablarse, evidentemente aburridas.

Me fijo en que rara es la mesa donde no hay alguien con un móvil en las manos. Simultaneando esa comunicación, a la lejanía, con otra de proximidad con su compañero o compañera de mesa.

En el metro, en el tren, en la consulta del médico, o esperando turno en la antesala del dentista -de donde van desapareciendo las revistas de toda la vida- o de la máquina de rayos UVA (en fin, adonde quiera que vaya), me encuentro la misma imagen: gente que se separa de cuantos le rodean y se marcha a hablar (supongo que es así, en el mejor de los casos) con alguien físicamente alejado.

¿Esa actividad no puede ser emocionalmente perjudicial?, me pregunto.  ¿No tendrán nada mejor que hacer? Leer un libro, por ejemplo, me digo.

Y ahí es donde me entra el pánico. Porque lo que veo como un vicio onanístico (el del dale-que-te-pego-al-telefonillo), puede esconder en realidad un acto de comunicación interpersonal, o una opción para no estar solo; mientras que el que lee está centrado en su soledad y concentrado en su fantasía.

Glubsss…

Bonito tema para una buena conversación.

Por eso, me digo, me gustan las tertulias literarias y los clubs de lectura.