Hoy se ha celebrado Domingo de Ramos, festividad que da inicio a la Semana Santa. En un instante volveremos a ello, porque no quiero dejar de lado ciertas consideraciones sobre otra fecha reciente.

Ayer, día de San José, se homenajeaba la figura del padre. A mí, todo y ser padre, el 19 de marzo me da por acordarme de otra onomástica no menos importante: la de la Constitución de 1812. Que aunque fuera una constitución censitaria y liberal -actualmente se la consideraría reaccionaria y claramente elitista- inauguró una saga intermitente de constituciones españolas, y también de otras europeas y americanas. Por una vez hicimos algo que mereció ser exportado. De ahí la importancia de esa celebración que, salvo en raras excepciones, se suele pasar por alto.

También hoy ha sido otra fecha especial: la del inicio de la primavera. ¿Pero no nos enseñaron en el colegio que las estaciones cambiaban el 21 de cada trimestre? Pues sí, pero este año toca el día 20. Tal vez porque sea bisiesto, no lo sé a ciencia cierta y reconozco que  tampoco me he parado a averiguarlo.

En definitiva: este año coinciden el inicio de la época del buen tiempo con la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén. Entonces el conflicto no era aún entre judíos y palestinos, sino entre judíos y europeos (los romanos).

Volvamos a la Semana Santa.

Hará veinte o treinta años no estaba mal visto declararse agnóstico o ateo. Estaba claro que la mayoría éramos, a lo sumo, culturalmente católicos. En ciertos ambientes, mostrarse como ferviente antirreligioso daba caché. Creo que hoy ya no es así, y no sé cómo ha devenido este cambio.

El caso es que, ya fueras católico de convicción o católico de tradición, siendo niño íbamos a la plaza de la iglesia a que el sacerdote bendijera las palmas y palmones. Bueno, en mi caso y en el de muchos otros, lo que portábamos a la bendición era una rama de olivo o –en mis latitudes-de laurel. No en vano -aprovecho para decirlo aquí- mis padres estaban muchísimo más cerca de las mujeres que fregaban suelos que no de las señoras de bien que podían sufragar el reluciente palmón a sus vástagos.

Pero allí estábamos, divertidos, frenéticos agitando aquella rama cuyas hojas, una vez benditas y ya secas por el transcurso del tiempo, aún habrían de servir para aderezar un guiso de costilla y patatas estofadas.

Tal vez fuera por ello que aquellos magros menús de infancia nos supieran a gloria.