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-Todas cuantas han sido mis parejas sentimentales llevan aparejadas una canción, supongo que como le ocurrirá a todo el mundo. En mi caso –me dice Lisardo- podría hacerme una verdadera antología musical. Es lo que tiene la edad y el estado de disipación en el que he vivido.michelle

Le doy la razón en lo de la edad; pero para mí -qué le voy a hacer- la música siempre fue algo accesorio, un ruidillo de fondo al que nunca presté demasiada atención. ¿Tú no bailas?, me pregunta, y mi respuesta es contundente: ¡Nunca!

-Pues no sabes lo que te has perdido –me mira con cara de lástima-. ¿Ni siquiera los lentos, cuando las fiestas del bachillerato?

Ni ésos, le digo. Su mirada ya no es de compasión, sino que me repasa de arriba abajo y en su rostro leo con claridad un mensaje que no transcribo por vergüenza torera.

-¿Te acuerdas de aquella chica del instituto, la morenita pecosa?

Lisardo me habla al menos de los tiempos del cuaternario. Me refresca su nombre y -sí- la mujercita en ciernes se me viene a la memoria. Pues la canción con ella era Michelle, de Gerard Lenorman, ¿sabes cuál te digo? Ni por asomo; pero juro que sí, por complacerle. Craso error. De su boca mana un caudal de melodías que me inunda, tantas como mujeres ha amado: una de Roberto Carlos, recita; de Tozzi tengo dos; dos más de Sade; otra de Lalo Rodríguez, ésta de un amor canalla. Y así, desglosándolas, me completa casi una treintena de cancioncillas que se llegan hasta bien entrado el siglo. ¿No tienes nada más reciente?, le pregunto por tocarle el amor propio.

-De reciente –me mira de hito en hito- sólo tengo ardores de estómago y dolor en las rodillas. Pero mira qué te digo -le brillan los ojos-: ¡que me quiten lo bailado!

Sonrío. Algún día escribiré sobre Lisardo, lo prometo.