Etiquetas

, , , ,

Aritmomanía: Ritual obsesivo consistente en el impulso irresistible a contar objetos.

Apenas está amaneciendo y Tobi ya está ladrando. Carmen lleva un rato oyéndolo, desde que la despertara el silbido de una sirena en la calle. Se fricciona los ojos queriendo mitigar el escozor que los atormenta e intenta volver a dormirse; pero ya está desvelada. Clarea por entre las rendijas de la persiana y hace frío.numeros

Con el cobertor hasta la barbilla extiende un brazo y le da al interruptor de la lamparita. Su mirada busca la bata de andar por casa que siempre dobla encima de la silla que le hace de galán de noche. Contrariada al no hallarla, se desentierra de entre los ropajes, se sienta al filo del colchón y contempla sus piernas un segundo, colgando famélicas del catre. Las recubre alisándose el viejo camisón. Tira de la colcha y con ella improvisa un chal que se cuelga de los hombros. Rebusca las zapatillas tanteando con los pies, se las calza y las arrastra pasillo adelante.

Los ladridos del animal resuenan por toda la casa, mezclados con el refregar de sus patas contra la puerta que da al patio, allá en la cocina. Maldito perro. Cada mañana es lo mismo, desde que su nieta Lucía marchó al extranjero dejándole el can en forzado usufructo.

Carmen se arremanga el camisón en el baño y, sentada en la taza, se contempla en el espejo ajado. La bombilla amarillenta que cuelga del techo le devuelve una imagen consumida. Ya de pie, deja caer la colcha sobre la tapa del váter, toma el cepillo yerto sobre el lavabo y trata de recomponerse el cabello. El perro no ceja en su empeño.

Recupera la bata de detrás de la puerta del aseo, donde por fin recuerda que la colgó anoche. De vuelta al dormitorio deja la colcha sobre la cama. Ya en la cocina ve como el perro atisba excitado por el cristal, mientras gruñe. Cállate ya, Tobi, le grita.

–Tú también debes estar meándote –concluye.

Descorre el cerrojo y abre para que el animal salga. Una corriente de aire gélido se cuela adentro y la anciana cierra presurosa.

–Ya llamarás cuando quieras entrar –murmura.

….

Ghulam Zahir salió con su camión bastante antes del amanecer, como todos los días, y condujo hasta donde le esperaba Tarik, aterido de frío. Se acercaron al depósito del butano, a las afueras de la ciudad, y entre los dos descargaron las bombonas vacías, sustituyéndolas por las que les fue acercando la carretilla elevadora. Más tarde recorrerán su zona haciendo sonar el claxon, atentos a que alguien les dé una voz desde una ventana. Lo peor de su oficio es subir las botellas escaleras arriba; aunque no hay más remedio: trabajan por la propina. Y al tiempo que las trasieguen, con una varilla irán dándoles golpecitos para llamar la atención de su clientela. Y, si puede ser, que vivan en las primeras plantas. Pero eso será después de recalar en el barecito de Abdul Aslam, donde se tomarán con avidez el té con leche calentito que les servirá su paisano.

Ghulam ha abandonado el almacén del butano y se han detenido ante el único semáforo de la carretera, a la salida del hospital. Justo cuando cambiaba a verde han escuchado el arranque de una sirena que reclama la prioridad para la ambulancia que les saldrá por la izquierda, incorporándose ante el asmático camioncito cargado de bombonas. Ghulam la ha dejado pasar y la verá alejarse camino de las primeras casas de la ciudad.

….

Uno, dos, tres, cuatro: los cruces fueron sucediéndose vertiginosos al paso de la ambulancia, entre los destellos silenciosos que iluminaban la noche. Cinco, seis, siete: giro a la derecha; semáforo.

Eloy Villar invadió con habilidad el carril contrario y adelantó a los vehículos detenidos ante el disco en rojo: un, dos, tres coches. Tocó el freno, vio que no venía nadie y aceleró. Una, dos, tres y cuatro calles más, recontó. Giro a la izquierda.

Allá al fondo se veían las intermitentes luces azules de las patrullas de los municipales, aparcadas frente a su destino. Dos coches. De todos modos, Eloy buscó el número encima de la primera portería que rebasaron: el treinta y seis.

Treinta y cuatro… treinta… veintiséis… veintidós… dieciocho… dieciséis. Habían llegado, sanos y salvos. El sanitario que lo escoltaba cargó el macuto rojo con los útiles de su oficio y Eloy retiró la llave del contacto. Cerró las puertas de la ambulancia y apretó el botón del mando. Sonó un clac y los intermitentes destellaron: un solo clac y un solo destello.

La portería estaba cerrada y ninguno de los guardias había tenido la precaución de quedarse abajo, sosteniéndoles la puerta.

–Cuarto cuarta –el sanitario recordó el comunicado urgente que radiara la emisora.

Eloy posó el dedo en el timbre del primero primera y ascendió raudo en vertical, apenas fregando el segundo y luego el tercero para ir a alcanzar el cuarto. Desplazó el índice a la derecha: cuarto segunda, cuarto tercera, y apretó el siguiente. El sanitario lo contempló hacer, acostumbrado, y la puerta se abrió con un chasquido.

No había ascensor. Un escalón, dos, tres: recodo; cuatro, cinco… siete… nueve… doce: otro recodo. Trece, catorce, quince: rellano. Y vuelta a empezar. Un grupito de vecinos se arremolinaba en la cuarta planta. Seis, contó Eloy: cuatro hombres y dos mujeres.

–Es mi hijo –lloró una de ellas, sexagenaria, encogida junto al guardia que impedía la entrada al piso–. Se le ha ido la cabeza y le ha prendido fuego a la casa.

En el ambiente flotaba el humo de la hoguera que los urbanos apagaron de un cubazo, al tiempo que sacaban afuera a la señora. Quédese aquí, la conminó el uniformado, y dejándola a recaudo del vecindario condujo presuroso a los sanitarios.

Dentro la zorrera era densa y costaba respirar. Entre tres guardias amorraban contra el suelo a un hombre aún joven, conteniéndolo a duras penas. El sanitario dejó caer el mochilón en el suelo. Miró a los guardias, rojos como la grana, y al chico que empezaba a amoratarse entre sacudidas violentas.

–Metedle algo o nos ahogamos todos –bramó entre toses uno de los municipales–: una inyección, la camisa de fuerza, lo que sea.

El sanitario descorrió la cremallera y rebuscó raudo hasta hallar un estuche de plástico. Los ojos empezaron a llorarle mientras lo destapaba. Reclamó una hipodérmica a su compañero, que palpó el primer compartimento, luego el segundo y enseguida metió la mano en el tercero. Medio sofocado, el sanitario extrajo una ampolla del estuche y le dio unos golpecitos sobre el cuello –dos, contó Eloy–, antes de tronchárselo. Succionó el líquido con la jeringuilla que se le pasaba y, sin pararse a desinfectar la zona, la hincó con resolución en el brazo del chico que se revolvía.

….

Carmen, en su cocina, sabe que el animal está entrenado. Es de lo poco bueno que hizo Lucía –refunfuña– antes de dejárselo. Ahora se irá junto al lavadero, mojará la pared y los orines se verterán por el desagüe, cañería abajo hasta la cloaca. Y luego será ella quien riegue para matar la peste, no quiere que se quejen los vecinos.

Queda más de media cafetera que sobró de ayer. Del escurreplatos cobra un vasito empañado por la cal, lo rellena y lo pone a recalentar en el microondas. Vierte dos sacarinas y las remueve con una cucharilla deslucida por el uso. Tobi prosigue con la escandalera, afuera. Perro del demonio, vas a conseguir que nos llamen la atención, piensa mientras sorbe el líquido con regusto a moho de cafetera vieja.

Deja el vasito sucio en el fregadero. Se había ido a la cama antes de que la lavadora acabara la colada y durante un rato estuvo escuchando el traqueteo de la máquina, y luego el repiqueteo de la campanita que avisaba del final del programa. Se alza el cuello de la bata, abre y sale al patio a por el canasto de plástico. Ahí está, bajo el tendedero.

El patio es grande. En realidad, es lo único que vale la pena de toda la casita. El perro pasa allí muchas horas y no hay que sacarlo a la calle cada dos por tres. Lucía hasta le montó un tenderete para que durmiera cuando llegara el buen tiempo. Carmen lo ve con la menguada luz del alba, olisqueando en un rincón.

Esos críos, se queja. Seguro que nos han echado algo por encima de la tapia.

La mujer palpa la ropa que cuelga de los alambres, acartonada del frío pero seca. Desprende las pinzas que la sustentan, la va metiendo en el canasto y se la lleva adentro, para doblarla con cuidado sobre la mesa del comedor. Si no se te arruga demasiado, luego te cuesta menos plancharla. Rellena el cesto con lo que saca de la lavadora y trasiega la colada hasta el tendedero.

–Tobi, ya está bien –alza la voz en un intento vano de acallar al animal.

A ver si se nos ha entrado una rata por el desagüe, piensa mientras empieza a tender. Le entra un tembleque y desde lejos fuerza la vista un momento, tratando de identificar el objeto inerte en el suelo, mientras el animal voltea a su alrededor, gruñendo.

….

Por fin uno de los guardias acertó a abrir las ventanas para que la corriente arrastrara el humo. A Eloy empezó a faltarle el oxígeno, mientras aferraba al chico de las dos piernas. No obstante inició la rítmica cuenta atrás: sesenta, cincuenta y nueve, cincuenta y ocho, cincuenta y siete… hasta llegar al segundo veintitrés: fue cuanto tardó el sedante en hacer efecto, mitigando paulatinamente el furor del chico por liberarse, hasta que finalmente perdió la conciencia.

pasillo azulejosLo bajaron apresurada-mente por la escalera, a hombros. Volvió a sonar el clac y destellaron los cuatro intermitentes –esta vez dos veces: una, y dos– al abrirse el cierre de la ambulancia. Uno de los municipales, sofocado, rompía a vomitar sobre la acera mientras Eloy, con el corazón a cien, abría la corredera de un lado y también el portón trasero, doble. Desancló la cami-lla, tiró de ella hasta sacarla y los porteadores arrojaron la carga encima. Amarraron con urgencia al hombre y lo cubrieron con una manta.

La camilla regresó al interior de la ambulancia: uno, encararla al inicio en los rieles; dos, plegar patas delanteras; tres, empujar; cuatr, plegar patas traseras; cinco, volver a empujar, a tope; seis, afianzar. Y siete: cerrar portón. El sanitario ajustó la mascarilla del oxígeno sobre la cara del enfermo, sentándose a su lado, y Eloy partió raudo haciendo sonar la sirena intermitentemente.

Dos cruces, giro a la derecha y, a la segunda calle, torcer a la izquierda. Eloy escupió un salivazo negro de hollín por la ventanilla e intentó serenarse: hasta la entrada de urgencias quedaban sesenta y tres cruces, dos glorietas, cuatro giros a un lado y siete al otro, que fue repasando mentalmente.

….

Dejaron el bar de Abdul,  y Ghulam condujo mientras Tarik le hablaba de Fátima. Ghulam trató de convencerlo de que aún eran jóvenes para tener un hijo, pero Tarik estaba determinado. Entiéndelo, tú tienes tu camión, le dijo. Ghulam ha considerado que el destartalado camión de tercera o cuarta mano aún no es suyo, que no lo será hasta que acabe de pagar la ampliación de la hipoteca que pidió a la caja para poder comprárselo, Y que el recibo de cada fin de mes ya sube a casi dos mil euros. Pero ha dejado que el otro hable, sin interrumpirle.

–  ¿Y yo qué tengo, dímelo tú? –preguntó Tarik– Sí, tengo este trabajo, y no dejo de darte gracias por ello. Pero me vine aquí para abrir mi propio negocio, y aún no lo he conseguido.

Ghulam sabía a dónde iría parar el otro y se concentró en el tráfico, más denso desde que partieron del bar de Abdul. Aún estaba oscuro.

– ¿Ganas mucho dinero?, preguntan mi padre y mi tío cuando telefoneo a Pakistán –Tarik ha seguido su disertación–. Sí, lo gano, les engaño. Y ellos: ¿por qué entonces no tienes familia? Tengo mujer, les digo. Pero ellos piensan que una familia sin niños no es familia; o que puede que Fátima se esté volviendo demasiado europea. ¿Verdad que me entiendes, Ghulam?

….

El perro sigue husmeando, excitado, y de tan en tan se le escapa un ladrido.

–Como no te calles pillo la escoba y te meto un palo que te avío –amenaza Carmen enfadada.

La ropa ya cubre dos de los tres alambres. Deja en el suelo el canasto vacío y se acerca a donde está el animal.

–A ver, enséñame qué te has encontrado –dice achicando los ojos.

….

– ¡Para, Eloy! –gritó con urgencia el enfermero, interrumpiendo la cuenta de su compañero cuando apenas iba por el cruce treinta y dos y por el segundo giro a la izquierda y el tercero a la derecha.

El paciente se había despertado. Se había desechado los correajes que lo sujetaban bajo la manta y forcejeaba con el enfermero, que en vano trataba de que no se levantara de la camilla.

Eloy detuvo el vehículo de un frenazo, descendió por su puerta, cruzó por delante del motor y descorrió el portón, metiéndose de un brinco a ayudar a su compañero. Pero el chico ya se había liberado y el enfermero rodaba por el suelo de la ambulancia. Eloy llegó a atenazarlo de los hombros, para retenerlo, pero se desasió de una sacudida, se revolvió y empujó a su captor. Apenas pudo volver a agarrarlo un instante de la ropa, antes de que saltara por la puerta.

….

–Así que vamos a tener ese niño, para que mi padre y mi tío sepan que la mía es una familia de verdad. Y que puedo permitírmela porque me gano bien la vida –concluye Tarik.

Han girado y se adentran en la estrecha calle que marca los límites de la ciudad, bordeada de casitas y apenas iluminada por los faros del camión y el relampagueo de una ambulancia detenida frente a ellos, en el carril contrario.

….

El perro no quiere que lo separen de su juguete y se interpone entre éste y la mujer. Un peluche roto, le parece a ella, que apenas distingue un bulto borroso.

–Aparta, Tobi, que me vas a hacer caer –dice; y ya enfadada del todo, da una patada al pobre animal que aúlla lastimero y va a esconderse bajo el lavadero, con el rabo entre las patas.

A ver qué tenemos aquí, se dice Carmen, y mete la mano en el bolsillo de la bata donde siempre lleva las gafas de coser.

….

Cuando les pregunten, Ghulam Zahir y Tarik Saleem dirán que el hombre se les echó encima, que apareció ante ellos de golpe y que el topetazo fue irremediable. Que casi ni lo vieron y que no entienden que saliera como salió, corriendo desde detrás de la ambulancia. Que Ghulam quiso esquivarlo y que dio un volantazo a la derecha hasta darse contra el bordillo de la acera. Pero que no pudo evitar alcanzarlo por su lado.

Eloy dirá que echó a correr tras el fugitivo, aunque apenas unos metros. Que vio el estallido de la cabeza y la sangre arrancando del hombre como si de un aspersor se tratara, y que una rociada espesa que se le vino a la cara. Que de milagro logró detener su propia carrera justo una décima antes de ser arrollado también. Que el hombre salió despedido en una parábola por los aires. Y que, a Eloy, el estómago le dio un vuelco al verlo emprender el vuelo y escuchar el plof cuando rebotó contra la tapia de la primera casa, para caer inerte sobre la acera, como un muñeco deshecho.

El sanitario acertó a desenredarse de entre los anclajes de la camilla y se levantó. Oyó el primer impacto y el ruido sordo del cuerpo al chocar contra la pared, y al salir de la ambulancia vio al camión detenerse rechinando una docena de metros más allá del culo de la ambulancia. De tres zancadas rebasó a Eloy paralizado, sin saber qué hacer, y se agacho sobre el paciente. La sangre manaba a chorros del amasijo de tejidos y espumarajos en que se había convertido la cabeza del chico, y lo único que se le ocurrió fue ponerle encima ambas manos y apretar para taponar la hemorragia.

Ghulam y Tarik también se arrojaron del camión. Vieron la sangre que al enfermero se le escurría a borbotones de entre los dedos. Asieron al atropellado de los brazos y de las piernas y en un segundo lo llevaron adentro de la ambulancia, en volandas, echándolo sobre el suelo mientras el enfermero seguía apretando con desespero. Eloy, por lo que más quieras, arranca, gritó. Y el conductor saltó a su asiento sin siquiera echar la puerta corredera. Metió la primera, enchufó la sirena e hizo chirriar las ruedas. Con el herido, su compañero y los dos butaneros dentro, dejando el camioncito en mitad de la calle.

….

Mientras rebusca en los bolsillos, Carmen descubre el goteo oscuro que mancha la pared, recorre las baldosas y concluye ante eso que hay en el suelo. Lo tantea con la punta de la zapatilla y lo nota blando. Lo pisa tenuemente, con prevención, y ve que supura un reguerillo colorado. Esos hijos de mala madre me han tirado un bicho por encima del muro, exclama. Por fin halla las gafas y se las cala.

….

Lesiones incompatibles con la vida, dice el parte médico. Arrancamiento parcial de región parietal derecha, del temporal inferior y del pabellón auditivo del mismo lado; pérdida parcial de masa encefálica; pérdida parcial de cuero cabelludo. Posibles causas: traumatismo severo ocasionado por el atropello. Tejidos ausentes, no hallados en el lugar del accidente, según el personal que ha efectuado el traslado.

….

Eloy ha contado los doscientos sesenta y ocho azulejos del pasillo de urgencias para mitigar la ansiedad, y luego se da rítmicos cabezazos contra ellos mientras recita. Un cabezazo: protocolo. Dos: tender herido sobre camilla. Tres: cubrir con manta. Cuatro cabezazos: inmovilizar. Cinco: atar correas. Seis: primera correa, asir piernas. Siete: segunda correa sobre cintura y antebrazos. Ocho cabezazos: tercera, tórax y ambos brazos. Nueve: asegurar correas, las tres. Diez: la manta, siempre por debajo de las correas. Once: por debajo de las correas. Doce: siempre por debajo. Y vuelta a empezar la siguiente docena: un cabezazo, protocolo. Dos…