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– ¿Tú crees que existe la gente que nos rodea ?

Estamos tomando un café en uno de esos bares de moda con estanterías repletas de libros que casi nadie hojea, pero que dan un aire de intelectualidad al local. La pregunta me la hace Lisardo. Conociéndolo -es muy radical en sus planteamientos- me pregunto a dónde querrá ir a parar.

– ¿Cómo que si la gente que nos rodea existe? ¿Acaso piensas que yo no existo?multitud

Sí, claro que existes, me dice; me refiero a esa otra gente con la que nunca hablamos, prosigue; no sólo a los que están en la otra punta del mundo, a los que nunca vemos -por supuesto que esos no existen, asegura categórico-, sino a la gente con la que sólo nos cruzamos una vez en la vida; o más veces, pero con la que no hablamos nunca; o, si lo hacemos, no intercambiamos más que un puñado de palabras intrascendentes.

La lluvia ha desbaratado todos los planes que tenía para esta mañana y no estoy de humor. Quizás por ello -porque no estoy de humor- me preparo para una disertación filosófica larga y sostenida. Lisardo mira a nuestro alrededor y repara en la mujer solitaria que ocupa la mesa de al lado. ¿La conoces?, me pregunta, y le digo que no, que es la primera vez que la veo.

Junto a su taza de té ha extendido un cuaderno en el que, de tanto en tanto, toma notas. Lee un libro. Con una mano va pasando las páginas, despacio. Con la misma que, entre hoja y hoja, hace caracolear un mechón de su flequillo, absorta en la lectura. La miro a hurtadillas y enrojecería hasta el tuétano si se cruzaran nuestros ojos. Tose, y en esa exhalación abrupta creo adivinarle una voz suave, deliciosa. Entre miradas fugaces capto la delicadeza de sus manos y el color de su piel, y los rasgos ovalados de su cara. El cabello se le derrama a los lados. Unas gafas de montura roja, prendidas de un cordón alrededor del cuello, acaban de hacérmela irresistiblemente irresistible. Ahora alza los ojos, que se pierden al infinito. Y yo desvío los míos de inmediato, frustrado de no ver el color de su mirada.

-Te gusta, ¿eh? -asegura Lisardo en un volumen excesivo para mi gusto.

Pero por mucho que te guste, si no te levantas ahora y te sientas a su lado y le hablas y quedas con ella para más tarde o para mañana; si, en definitiva, no interactuáis -¡qué palabra tan fría!- antes de que se levante y traspase esa puerta; si no lo haces, concluye, esa chica no habrá existido nunca.

Soy tímido de naturaleza y sé que no lo haré, así que retomo el hilo de nuestra conversación.

-Bueno; ¿pero yo existo o no?

Claro que existes, reitera, y con ello me tranquiliza; existes porque yo te veo y porque me influyes e incluso me condicionas.

Pero si no volviéramos a vernos -le observo-, o si me muero o tú te mueres, ¿yo no habré existido?

-Si el que se muere eres tú, claro que habrás existido: tú influencia seguirá en mí. Pero si el que se muere soy yo, tu vida acabará al tiempo que la mía.

¡Ah!

-Así que cuídame -me recomienda mientras sonríe y me guiña un ojo.

No te lo tomes a mal, Martín, pero esto funciona como con los personajes que escribes; están los principales, a los que das verdadera vida; y luego el resto: el atrezzo; estos últimos pasan desapercibidos; pero tanto los unos como los otros existen mientras tú los escribes y, después, sobreviven si alguien los lee.

-Entonces -le digo- yo soy alguien porque tú me lees.

-Y también te escribo -me asegura con autosuficiencia-. Pero cuando deje de leerte y escribirte o, en fin, cuando dejemos de vernos, o cuando yo la espiche -otra risa y otro guiño se dibujan en su rostro- tú también pasarás a mejor vida, créeme.

Y sin embargo, añade, aunque tus días acaben antes que los míos, tú seguirás existiendo en tanto hayas conformado mi personalidad o yo te recuerde.

La lectora de al lado se ha acabado el té. Cierra el libro, recoge su cuaderno, se descuelga las gafas y todo va a parar a su bolso. Se levanta. Y -ahora sí me decido- le veo el color de los ojos. Pero ella no repara en los míos. Pasa a nuestro lado, paga en la barra, atraviesa la puerta de la calle y desaparece para siempre jamás. Yo podría describirla con mil y un detalles, pero ella ni se ha fijado en mí: ella ha existido para mí, pero yo he sido aún menos que un infante abortado.

Lisardo, además de radical, es egocéntrico, para mí no es ninguna novedad. Pero me hace reflexionar. Y me prometo dotar de existencia a todos mis personajes, aunque sean meras comparsas. Al menos lo intentaré.