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Llueve, y mucho. O demasiado para lo que son estas latitudes mediterráneas. No se trata de precipitaciones torrenciales, en absoluto. Más bien es una lluvia fina, intermitente, pero que ya se prolonga durante bastantes días: los suficientes como para haber desbaratado un montón de planes. Así que esta noche, a falta de otras propuestas, decido emular a Jordi Sierra Fabra. El prolífico escritor asegura que, al menos en una etapa de su vida, frecuentó con asiduidad los cines de Barcelona: unas cinco o seis noches a la semana. Aprovecho que hay rebajas en las salas cinematográficas y allá que me voy.

La película elegida es El olivo, dirigida por Iciar Bollaín e interpretada por Anna Castillo y Javier Gutiérrez, entre otros. No soy crítico en ese bello arte y tampoco diseñé esta página para adentrare en esas materias, así que no me extenderé en detalles. Además, no pretendo entrar en pormenores que agüen la fiesta a nadie. Tan solo haré un par de consideraciones: la primera, que me ha gustado; la segunda, que es un film que se crece a medida que avanza. Ya está, no revelaré más.

Pero sí quiero dejar constancia de que, de su visionado, extraigo una lección fundamental: una historia puede ser sencilla -incluso hasta podría acabar mal o ser frustrante- pero lo importante es que tenga pasión y esté bien contada (o bien interpretada, como ocurre con El olivo).

He vuelto satisfecho a mi casa.