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Tendríamos que haber aterrizado en Madrid a última hora, justo para correr a la terminal de vuelos internacionales -escaleras, pasillos, ascensores, trenecillo y más escaleras y más ascensores y pasillos- donde enlazaríamos con el vuelo a Santiago de Chile. Pero nuestro avión llegó con retraso y, a su vez, el piloto del que nos habría de transportar decidió partir puntual, sin esperar a los rezagados.

avionUna sonriente azafata de tierra nos informó con templanza que habíamos perdido el vuelo. Yo soy de naturaleza estoica y, dicho sea de paso, me cautivó la muchacha. Pero Lisardo se revolvió como un escorpión, azuzado por aquella misma sonrisa que intentaba ser amable y que a él le supo a burla; y respondió: no, el vuelo lo habéis perdido vosotros, cargando toda su educada mala leche.

Y tenía razón, nosotros habíamos cumplido diligentemente con nuestras obligaciones de ganado aerotransportado. No éramos culpables de no estar desabrochándonos los zapatos en la gran cabina de Airbus fugado, ajustándonos nuestra almohadita de cabeza o inspeccionando la mantita de viaje. Acomodándonos, en definitiva, para el largo y tedioso trayecto.

Sea como fuera, no quedaba más remedio que quedar varados en Madrid durante veinticuatro horas.

Nos alojaron en un hotel relativamente próximo a Barajas, a cuchillo y tenedor, a expensas de la compañía aérea. Durante la cena –un resopón frío y tardío-, Lisardo se resarció con un buen vino; que si bien no entraba en el menú, nadie se atrevió a escatimarnos, a la vista de la cara agria de mi amigo. Dormimos y, desayunados, resolvimos matar el día recorriendo la capital. Comimos a un tiro de piedra de Puerta del Sol, como genuinos turistas.

No hay mal que por bien no venga, me dijo Lisardo a los postres, extrañamente. Habíamos desembolsado una buena cantidad en llamadas telefónicas a Santiago, posponiendo citas contraídas para ese mismo día, a las cuales ya no llegaríamos. Disculpándonos, en definitiva.

No sé si lo he dicho, pero Lisardo –a quien conozco desde la infancia- siempre fue un pendenciero; y su carácter -ya en la madurez- es abiertamente avinagrado. Sin embargo se le veía relajado y de buen humor. Hablamos lo que no habíamos hablado en años, y nos dedicamos a lo que hacen dos personas maduras cuando tienen tiempo más que de sobra y nada que hacer: a arreglar el mundo.

-A veces la vida te regala, sin aviso, una pausa para recargar baterías –valoró mi amigo.

A mí me seduce lo imprevisto. Por la tarde visitamos el Prado y, cerca de la medianoche, embarcamos en un vuelo doblemente atestado por los viajeros del día y los que se sumaban de la noche anterior.

Como era de esperar, llegamos al aeropuerto Arturo Merino Benitez a las siete horas de la mañana siguiente, hora local, ojerosos y molidos. Pero nuestro equipaje había decidido que se estaba tan a gusto en Barajas que, sin consultarnos, resolvió no reunirse con nosotros hasta otras veinticuatro horas después. Ya se sabe que lo que mal empieza, peor acaba. Aunque no por ello se torció el gesto momentáneamente endulzado de mi compañero. Y yo también estaba de buen humor.

Ciertamente, a veces la vida te regala un reset para continuar con renovadas energías.