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Clarea. Las copas de los árboles a medio desnudar resplandecen con las primeras luces del sol otoñal que despunta. Un manto de hojas ocres recubre el suelo. Hoy no han abierto el WP_20151121_015parque y el reposo absoluto sólo se ve turbado por el rumor sordo e intermitente de la comitiva. Se encaraman a la rama del árbol y, aunque son dos y fornidos, la soga se les escurre de entre las manos en cuanto cortan el lazo. Restalla un plof como de pellejo henchido de agua que se estrella sobre la hojarasca, fracturando el silencio expectante. El forense se los mira con reprobación mientras el juez, a su lado, piensa que ya no viene de aquí. No le va a doler, rumian indolentes los del furgón funerario. Sólo el guarda que dio la alerta se conmueve y repara en lo irrespetuoso que es dejar caer así al hombre ahorcado, aunque sea por accidente. Y sus ojos, que ya van para ancianos, se inundan de una profunda tristeza.