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Ayer fue la noche de los museos, que se celebró con una amplísima oferta para disfrutarlos desde las siinfo-museos-Limaete de la tarde hasta la una de la madrugada. La viví en Barcelona y las colas eran impresionantes: a mí me tocó ir avanzando en lenta procesión durante casi tres cuartos de hora hasta la puerta del establecimiento elegido. Nada que objetar si lo comparo con las más de dos horas que aguardé a las puertas de la Casa de Ana Frank, con una humedad y un frío espantosos. Y pagando entrada.

Porque en la noche de los museos no se paga, son gratis.

Como digo, la afluencia era impresionante y variopinta: jóvenes y mayores que venían de cenar o luego irían a ello, familias con sus hijos pequeños, y noctámbulos que hacían un previo antes de sumergirse en los bares de copas, entre otros. ¿Estaban allí porque la entrada era gratuita? Esos mismos museos –y unos cuantos más- tampoco cobran entrada un domingo de cada mes y también están a rebosar; al igual que los cines cuando se hacen jornadas low cost (podría aquí hablar del perjuicio que estas acciones hacen a una hacienda pública que deja de ingresar ese “mínimo” que impone a la cultura, pero hoy no voy a entrar en ello).

¿Quiere decir esto que sólo nos interesan esos lugares cuando no nos tocan el bolsillo o no lo hacen en exceso? ¿O simplemente nos atraía la novedad, y tan sólo puntualmente? Este planteamiento sería perverso porque podría llevar a otra reflexión: ¿para qué invertir en cultura si la gente no la valora y hay otras necesidades más acuciantes?

La primera vez que viajé a Londres quedé impresionado al ver que no se cobraba por entrar a la National Gallery ni al British Museum (ningún día). Y ello a pesar de ser un reclamo turístico de primer orden y estar atestados de extranjeros. Paralelamente, también me sorprendió que los niños en edad escolar (hasta los dieciséis años) no pagaran en el autobús urbano. Probablemente una cosa y otra anduvieran relacionadas: cuestión de prioridades.

Sea como fuere, estimo que todos valoramos la novedad y que la reinvención es necesaria. Y que una oferta adecuada y ajustada nos haría ir mejor. En todos los sentidos.