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Me separo medio metro y ojeo la fachada, no sea que me equivoque. Sí,  es mi puerta y es mi casa, me confirmo aliviado.

Miro la llave. Le doy mil vueltas, palpo su dentadura. Por si acaso, hago correr otra vez a sus congéneres por la arandela que las engarza al mismo llavero. Una tras otra las vuelvo a repasar.cerradura

No, ésta no es. Ésta… tampoco. Tampoco ésta, ni esta otra. Y regreso a ella: sí, es ésta, estoy seguro.

La encaro a la cerradura, de nuevo. Entra. El índice y el pulgar, suspensos, apenas acarician el extremo metálico que excede encastrado del cierre. Dispuestos todos ellos –cierre, extremo, pulgar e índice- para el asalto final, que ensayaré por enésima vez.

Destenso los hombros. Suelto aire. Relajo los dedos.

El corazón y sus dos congéneres menores se habrán replegado hacia la palma de la mano, medio recogida en un puño, mientras que el índice volteará a la par que el pulgar, en una rotación de cuarenta y cinco grados.

Un, dos, tres, ya: inicio el movimiento.

O lo intento. Porque la llave, tozuda, sigue sin querer girar.