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El Hospital de la Santa Cruz data de recién iniciado el siglo XV y estuvo en funcionamiento hasta el año 1926. La calle del Carmen bordea la fachada más alejada del mar, mientras que la del otro lado se abre a la calle del Hospital (¿para qué buscarle otro nombre, si éste era el más evidente?).

Sus salas góticas han tenido históricamente muchas ocupaciones, entre ellas la de escuela de medicina, donde impartió clases el mismísimo Ramón y Cajal. Actualmente hay, entre otras instituciones, un par de bibliotecas; una de ellas con un estruendoso suelo de parket. En medio, un patio a modo dhospital-santacreu-rambla-barcelona-pf-c1e claustro. El acceso es libre y uno puede transitar de una calle a otra atravesándolo sin mayor obstáculo. Y, en él, una fauna (con perdón) que siempre invita a  la contemplación. Hace unas mañanas estaba compuesta por una mayoría de chicos en edad de estudios, arremolinados en nutridos grupitos repartidos por doquier. Además de una docena de turistas (yo me incluiría entre ellos), algunos papás y mamás con sus retoños y, al fondo y como siempre, ocho o diez personas de las actualmente denominadas sin techo y, antiguamente, vagabundos (este patio dista cuatro pasos de la plaza de San Agustín y del comedor social de las Misioneras de la Caridad, congregación fundada por la madre Teresa de Calcuta). A niñas perdidasun lado del anciano edificio está la capilla, en la que he tenido el placer de asistir a varias conferencias del festival Barcelona Negra de novela.

Este entorno es uno de los escenarios -el más representativo, para mi gusto- de Las niñas perdidas, de la escritora Cristina Fallarás. Una novela muy pero que muy muy muy negra (perturbadora, diría yo), que arranca con la tortura y el asesinato de unas criaturas, y con un final extremadamente sorprendente y no menos desgarrador, que se llevó el V Premio L’H Confidencial. Muy recomendable.