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playa 3Lisardo y un servidor tenemos la deliciosa costumbre de reunirnos muchas tardes en un chiringuito de playa para despedir el día mirando la puesta del sol. Es nuestro mejor momento, contemplando a los últimos bañistas y saboreando una cerveza helada, sentados en sendas sillas de enea enclavadas directamente en la arena. Charlamos de cuanto nos ha acontecido, repasamos la actualidad e intercambiamos opiniones. Y generamos controversias –faltaría más-, como la acontecida ayer tarde.

Eres demasiado clásico, me espetó en un súbito arranque tras un largo silencio contemplativo. Yo también te quiero, le respondí espoleado por la previsible discusión en ciernes.

-Por no decir que eres un antiguo, un carcamal- remachó.

No le animé a perfeccionar su disertación ni le pedí explicaciones, sabedor de que no tardaría en brindármelas. Pero, para mi sorpresa, la conversación adquirió derroteros cibernéticos.

-Si por ti fuera, usarías una pluma de ave con la que escribir en redondilla sobre  hojas engominadas que irías desgajando de una resma de papel arcaico, como a buen seguro hiciera Cervantes en sus tiempos.

Ya quisiera yo tener la diezmilésima parte del talento del manco de Lepanto, pensé, aunque no lo dije. En cuanto al resto de su aseveración, me defendí mostrándole mi archiconocida estilográfica –sí, reconoció; pero es de las de émbolo, de los años de Maricastaña, y la recargas del tintero-; y también le recordé que uso un ordenador para mis labores escritoriles.

-Sólo por comodidad –criticó-. Un cachivache del tiempo de las tres picores, pesado como un muerto y lento como una tortuga tricentenaria.

Es cierto, convine, ¿pero para qué quiero más, si ya me hace el apaño?

-Y lees en papel.

Sin desdeñar nada, reconozco que me agrada un buen tomo que oler y manosear e incluso subrayar, siempre que sea posible.

-Ves -vino a concluir-, eres un troglodita de la literatura.

Lo de troglodita me dolió aunque la aseveración viniera de Lisardo, tan poco moderno en tantas otras cuestiones. Así que esta misma mañana, sin pensármelo dos veces, me he acercado a interesarme por una tablet.

Un muchacho, de tez blanquecina y barba de demasiados días para atender en público,tablet me ha ido recitando las bondades de cada uno de los aparatos expuestos en una repleta vitrina. Esta lleva teclado incorporado con blutut, con ella podrás leer epubs –me ha tuteado sin parar mientes en que yo no le apeaba el trato deferente-, escribir guords, trabajar excels, hacer pedeefes, visitar güebs, gestionar tu meil y tu feisbuc y tu tuiter, y consultar diccionarios onlain; y es un aparato muy ligero. Sí, ciertamente lo es, le concedo al sopesarlo. Y te cabe en el bolsillo del chaquetón, añade. ¿De qué chaquetón? ¿Este chico no se ha dado cuenta de que estamos en julio y en estas latitudes hace un calor de espanto?

¿Cuánta autonomía da esta máquina?, quiero saber. Para cuatro horas. Sin duda es bastante mayor que la que me  proporciona la agotada batería de mi ordenador, que ha de estar casi perennemente conectado a la luz. Incorpora sistema-operativo-no-se-qué y office-no-se-cuantos, me informa complacido el chico

El caso es que ahora me veo intentando desentrañar las tripas de un aparato nuevo, peleándome para configurar el acceso a la red. En definitiva, aprendiendo a usar una nueva herramienta cuando lo que debería estar haciendo es perfeccionar mi estilo.

Este Lisardo es un liante.

Ciertamente es un trasto ligero, me consuelo. Ahora sólo me queda comprobar si en verdad hay tantas cafeterías con Internet como comúnmente se asegura.