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-¿Nunca te ha ocurrido que, estando despierto, no tienes muy claro si una vivencia que se te viene a la mente es un recuerdo real o si, simplemente, es algo que has soñado?

No dudo de la integridad mental de mi amigo Lisardo, pero a veces me descolocan tanto sus preguntas que me pregunto si no debería aconsejarle una visita al loquero, aunque sólo sea en plan preventivo. Pero intuyo que esta disertación que inicia ha de concluir en algo trascendental -al menos para él-, todo y que debamos previamente derivar en un millar de rodeos.

Resumo: Lisardo cuestiona si la imagen que me hago de una determinada vivencia personal no será, a fin de cuentas, algo que me han contado -y, por tanto, que le ha pasado a otro- o el residuo de una de esas raras ocasiones en que recuerdas lo que soñaste la noche anterior.

Me parece muy fuerte plantearse esta cuestión; y, además, es algo estéril: la realidad es la realidad y lo otro es lo otro.

Y, sin embargo, ahí están los dejà vues.

Hay una película de Schwarzenegger -le refiero- donde, en lugar de mandarle a uno de vacaciones, pretenden atiborrarte el cerebro de recuerdos del viaje. Pero, mira por donde, la cosa les sale rana y descubren que al hombre en cuestión ya le habían implantado en la memoria una vida ficticia.  ¿Sabes de qué película te hablo?, le pregunto, y me dice que sí, que Schwarzenegger le es indiferente, pero que tiene muy presente a Sharon Stone, una rubia de vicio que también sale en la película.

La cabra siempre tira al monte…

¿Piensas que es posible?, me pregunta refiriéndose al argumento, y le digo que hoy por hoy no, pero que no por ello la trama dejó de hacérseme creíble. Es del mismo modo -sigue Lisardo- que cuando tú creas personajes y situaciones: sabes que, por muchas pinceladas que vayas recogiendo de aquí y de allá, en realidad te los inventas. Sí -reconozco-, y tengo muy presente que son entes sin vida que desarrollan acciones ficticias, sin influencia más allá de las páginas o de la pantalla; porque, en realidad, no existen.

-Pues ahí voy a parar. Porque por muy claro que tú lo tengas, esos personajes están muy vivos para los lectores, al menos hasta que se acaban el libro. Vibran con ellos y sufren con ellos. Y lo que leen les condiciona y les marca.

¡Vaya!, me sorprendo, y me prometo poner todo el cuidado en lo que escriba de aquí en adelante.