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Hace unas tardes aparqué mi moto a pocos pasos de donde había quedado con Lisardo, para rematar lo que quedaba del día. Acababa de desplegar el caballete y me estaba despojando del casco que iría a encerrar bajo el asiento, antes de echar la pitón antirrobo. Una precaución inútil, dicho sea de paso: un inspector de policía me aseguró que casi todas las motos que nunca reaparecen se las llevan en furgoneta, por lo que el artilugio cadenil de bien poco sirve. Y, sin embargo, allí estaba yo -afanándome en el cierre- cuando percibí que a mi lado desfilaban dos muchachas. De ser Lisardo, de buen seguro que las hubiera descubierto con tiempo suficiente de radiografiarlas más que sobradamente; pero yo apenas oí un retazo de conversación y alcé la vista justo para verlas doblar la esquina. Las palabras de una de ellas me llegaron confundidas entre el sonido del tráfico: ¿es posible que la gente así duerma bien por la noche?, escuché que decía.

-¿Te refieres a dos chiquillas de veintipocos años, una rubita y la otra morena -me preguntó Lisardo, que ya me esperaba arrellanado en una butaca de la terraza del bar-, ambas muy monas: la rubia con una faldita y blusa azul, y la otra con tejanos y una camiseta coloreada?

En el corto lapso de tiempo en que llegué a entreverlas no pude fijarme en tanto detalle, y aún así asentí. No, no las he visto, me dijo socarrón, guiñándome un ojo.

¡Vaya cuajo que tiene este hombre!

Las palabras oídas me habían llamado tanto la atención -viniendo de gente tan joven- que las repetí a mi amigo. ¿A qué piensas que se referían?, inquirió él, y yo reflexioné que era difícil saberlo siendo tan efímero el encuentro, si es que así podía llamársele.

-¡Pero alguna idea te habrás hecho! -me apremió.

Yo había ideado un vago contexto que daba sentido a las palabras de la muchacha, y así lo expuse. Creo –dije- que la chica acaba de sufrir un desengaño amoroso y ha proclamado la desvergüenza del que la ha traicionado.

-Vamos -tradujo tras una pausa-, que piensas que se la han llevado al huerto… ¡ y si te he visto no me acuerdo !

Lisardo nunca será un poeta, pero había captado a la perfección mi mensaje. ¿Qué otra cosa?, contesté.

-Pudiera ser -concedió-; o tal vez hablaba de la nefasta situación laboral que viven los chicos de hoy en día, por lo que sus palabras irían dirigidas hacia la clase política.

-¿Quieres decir? -inquirí dubitativo-. Quizás… –añadí meneando la cabeza-. Aunque se me hace difícil asimilar que los jóvenes se cuestionen nada, y aún menos la política…

Lisardo se removió destemplado en su butacón.

-Martín, ¿tú te crees que los chicos de ahora son imbéciles? –me espetó agresivo-. No lo son, como tampoco lo fuimos nosotros. Es más: a ciertas edades, las cosas se ven mucho más nítidas.

El camarero depositó sobre la mesa nuestras habituales copas de cerveza y mi compañero pareció sosegarse.

-En todo caso -remató tras relamerse la espuma que el primer trago le dejara en los labios-, si algo me ha dejado claro la experiencia, es que  uno va imbecilizándose a medida que gana en edad.

Es probable que Lisardo tenga razón.