Etiquetas

, , , , , , , ,

IMG_20160808_135135Tarde de sábado estival. Lisardo anda distraído en uno de esos breves períodos –casi nunca duran más allá de dos semanas- en que se empareja; por lo que la probabilidad de unas cervezas en compañía al final de la jornada desciende drásticamen-te, y busco en qué ocuparme hasta la hora de la cena. Que la inspiración te agarre trabajando, dice el aforismo, así que prendo mi ordenador y me lo miro en un ejercicio de autoexpectación.

Es fascinante cuando una idea se te abre en cascada en el entendimiento. Fluyen el argumento, el contexto y los personajes. Se perfilan las situaciones, los tiempos. Sabes cuál es el principio y cómo será el final. Divides los capítulos, escribes y… ¡ya está, tienes el primer borrador! Luego vendrá el verdadero trabajo: corregir, corregir, reescribir y corregir. Hasta que digas: ¡ya basta! Y ahí va otro hijo en ciernes.

¿Dónde está el botón que hace saltar la inspiración? A veces es algo que lees en la prensa o ves en las noticias, o que alguien te cuenta, o que escuchas más o menos inadvertidamente, paseando por la calle o sentando en un banco –viendo la vida y las gentes pasar-, o en la terraza de un bar, en el tren, la biblioteca,… en fin, en cualquier lugar.

Pero ese botón no siempre se acciona por si sólo y hete ahí, rebuscando ideas… El orden en que se ejecuta la inspiración se invierte –al menos en mi caso- y empiezo imaginando primero un escenario, luego unos personajes principales, a continuación un hilo conductor argumental –a saber: de qué irá lo que voy a escribir- y luego aparece la trama. Nacen las situaciones, los tiempos, sabes cómo serán principio y fin. Luego,  los capítulos; y escribir el borrador y corregir, reescribir y corregir. A mí, este otro sistema me funciona, a veces.

Vuelvo la vista a mi ordenador, que ha entrado en hibernación sin que nadie se lo pida.

A ver, reiniciemos…