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Mi amigo Lisardo no se llama así, en realidad. Su nombre resulta tan impronunciable que él mismo decidió trocarlo por este otro, años atrás. De padre español y madre libanesa, nació en Beirut muy traspasada la mitad del siglo anterior. Se embarcó de bien joven, pero no como marino, sino en funciones de ayudante de cocina. Y, entre rancho y rancho marinero, recorrió el Mar Negro, el Rojo, el Bósforo y todo el Mediterráneo. Hasta que un día, harto de cocinar entre el bamboleo enardecido del mar, puso pie en tierra. Nunca más ha vuelto a pisar un navío. De hecho, hasta me costó horrores que accediera a visitar conmigo el museo naval.

Nos conocimos en unos apartamentos de Ibiza –en los que yo veraneaba, allá por los noventa-, donde él preparaba unos desayunos ingleses que quitaban el sueño y disipaban los estragos de la resaca mañanera. Entre guardia y guardia de su cocina hablamos de todo un poco: de lugares comunes y no comunes, de vivencias y de sensaciones parejas. Y de novela: Lisardo parecía habérselo leído todo, mecido por las olas. De hecho, sería el mejor cicerone para un club de lectura. Años después nos reencontramos en la Barceloneta, por casualidad, en un restaurante del puerto olímpico. Estaba más viejo -yo también, por supuesto- y aún más cultivado, si cabe.

Esta tarde nos reunimos justo antes de su turno entre los fogones, y reiniciamos el rito interrumpido por su idilio de verano. Estaba casada, me dice; empiezan los colegios y ha vuelto a dedicarse a su familia, remata sin darle mayor importancia. Nada nuevo para mí, pienso: los lances amorosos de Lisardo siempre han sido de este jaez, efímeros y sin compromiso.

-He vivido sólo muchos años, y a estas alturas ya no he de cambiar –me repite.

Le veo bien, relajado. Aunque es cuestión de escasos días que un rictus característico aflore de nuevo a su semblante y le empañe el ceño. Tomo mi primer sorbo de cerveza, helada, y brindo en silencio por esa mujer.

Algún día escribiré sobre mi amigo.