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imagesMe molestan los taxistas con vocación de dar conversación a la clientela. Me repulsan, los odio. Por eso he decidido que mi último viaje será con uno de esos tipos, como postrera venganza.

En la parada repaso la fila de cocheros y los voy dejando pasar, desechándolos hasta que elijo a mi particular Caronte: un señor regordete, coloradote, en quien preveo un derroche incontinente e insufrible de verborrea. Me sentaré delante porque detrás me mareo, le solicito.

Asiente, no sin advertirme: tendrá que ponerse el cinturón. Accedo y me pregunta: ¿a dónde le llevo? Al otro lado de la laguna Estigia, le indicaría fúnebre. Pero no quiero alarmarlo: que no atisbe que el destino ha reservado que hoy también será su día definitivo.

Damos media vuelta a la rotonda, tomamos la salida y vamos ascendiendo las calles serpenteantes que nos alejan del centro, hacia los altos. Ladera arriba hasta el viaducto, donde he planeado que un volantazo sorpresivo nos despeñará cien metros abajo, a la eternidad.

Me imagino la cara del conductor, sorprendido al verme forzar la trayectoria sobre el abismo. Y la de quienes nos vean despegar para ir a aterrizar tras un corto vuelo y, enseguida, rodar por la pendiente antes de alcanzar las lindes de la ciudad, entre vuelcos,  explosiones, llamas y humo. Vete a saber, igual aún sumo algún que otro acompañante más en mi viaje al infinito, por el camino.

Aunque no es lo planeado. Y, sinceramente, me molestaría que pagaran justos por pecadores. Sería inmoral. Es más, me incomodaría verme en la barca que atraviesa el Hades acompañado de no se sabe quién. Y que me preguntaran: ¿por qué? A nadie le importan mis motivos. Son exclusivamente míos, que cada cual elucubre lo que le mejor le venga en gana. Así que me conformaré con mi taxista y en la medida de lo posible evitaré otras víctimas colaterales.

Si puedo. Lo dejo en manos de la divina providencia.

El hombre prometía. Sin embargo, desde que ha accionado el taxímetro y ha metido la primera, que no ha pronunciado palabra. Con tantos como hay, mira que si me he equivocado y suicido al que no toca…

Tenemos un día soleado de primavera y empieza a hacer algo de calor. Las farolas se deslizan a nuestro lado, entre bloques de pisos de barriada. Sorteamos los vehículos detenidos en doble fila y hacemos un alto ante un semáforo que se ha puesto en rojo, dándonos a mi conductor y a mí una tregua perecedera: algo menos de veinte segundos más de existencia.

Me llama la atención una de las mujeres que cruzan. La sigo con la mirada, cubierta con un sayón multicolor y un pañuelo que le envuelve la cabeza. ¿Quién será? ¿Cuál su historia? ¿Cómo habrá llegado aquí? ¿Qué vida llevará? ¿En qué pensará mientras arrastra su carrito de la compra?

Es una calle normal, de barriada normal. Con sus bares, sus comercios, su panadería, su quiosco y su farmacia. Con gente que va y viene ves a saber dónde. Que pasea, que espera, que se aburre. Con sus viejos y sus jóvenes y sus niños que salen del colegio. Y rumio: ¿realmente existe esa gente anónima con la que me cruzo a diario? Porque –estoy convencido– el mundo existe en tanto yo esté en él: ni nada hubo anterior a mí, ni nada prevalecerá tras mi partida. Sólo accidentes en mi camino, que también perecerán conmigo.

El semáforo de peatones parpadea y la mujer se apresura en arribar a la otra acera. Partimos y queda atrás, anónima, imaginaria como siempre fue. Una ensoñación de mi mente, alguien que nunca existió más allá de esos escasos veinte segundos. Ni más ni menos que como el resto del universo.

Concéntrate, ya no es hora de filosofías.

Alzo la vista y veo, allá arriba, el imponente viaducto. Me suben las calores. De reojo espío al hombre coloradote, extremadamente mudo y absorto en la conducción. Me siento decepcionado y no dejo de pensar que tal vez algo le preocupa. ¿Qué podrá ser?

No importa, también es otro accidente más: un accidente fatal, para él.

Rebasamos los últimos bloques de pisos a punto de salir de la ciudad y enhebrar las revueltas que nos conducirán a nuestro destino. A mi derecha, en un descampado, una docena larga de chiquillos juega al futbol, todos contra todos. Corren con desesperación por un campo imaginario, intentando rematar entre dos mochilas que emulan los postes de una portería inexistente. Tampoco ellos tendrán mayor futuro, liquidados por el big-bang de mi partida.

De la nuestra, me corrijo repasando otra vez al taxista. Unas ligeras gotas de sudor le perlan la frente. También yo sudo. Las ventanillas están completamente levantadas. ¿Es que no hay aire acondicionado en este taxi?

¿Qué existencia podría idear para ese hombre invariablemente silencioso? Tal vez tenga mujer, hijos, una cuenta en el banco, letras del coche por pagar y una hipoteca. ¿Le agradará el fútbol? ¿Tomará unas cañas con los compañeros al final de la jornada? ¿Saldrá de noche? ¿Le gustará la vida que lleva?

¿Y si se lo pregunto?

Pero seguimos adelante, subiendo, y ya se adivina el final del trayecto y de mis preocupaciones. Y de las suyas, si es que realmente las tiene.

El sudor empieza a fluirme a chorro, empapa mi frente y me anega las axilas. Pero el conductor, también acalorado, parece no sentirlo. Nos estamos cociendo en esta sauna. Definitivamente se merece lo que ya está a punto de llegarle.

Porque en uno de los virajes cerrados entreveo de nuevo –agrandado por la cercanía– el puente sustentado en sus columnas.

Las vallas metálicas que lo flanquean no tendrían que ser impedimento a la embestida del coche, que las derribará en su arranque aéreo. Calculo que con apenas algo más de aceleración será suficiente. Y sin embargo, este hombre, además de no hablar, no corre. O así se me antoja.

Ojeo con disimulo el marcador digital del cuadro. Apenas a cuarenta por hora y descendiendo. Inaudito: un taxista sin prisa. Ya tengo algo más que reprocharle. Hago un cálculo y estimo a cuánto ha de subir el contador para evitar que pueda frenar, frustrando la partida.

He hecho este mismo trayecto infinidad de veces, en la realidad y en mi memoria. Sé que una curva cerrada antecede al viaducto, y preveo que este hombre parsimonioso aún rebajará más la marcha.

Lo miro, sumido en sus cavilaciones. Mejor, así lo pillaré desprevenido.

También suda a mares. ¿Pero por qué no baja la ventanilla? Yo, por prudencia, dejo la mía como está. Sus dedos repiquetean sobre el volante. Parece cansado y nervioso. ¿En qué pensará? Ni lo sé ni me preocupa. Lo único que me tiene en vilo es idear cómo hago para que el velocímetro alcance el fatídico y deseado punto de no retorno.

Calculo el espacio entre ambos. La suerte ha querido que la pequeña furgoneta, convertida en taxi, me deje suficiente espacio libre como para echar un pie sobre el suyo, el que presiona el acelerador, aplastándolo e imposibilitando que se desplace al freno. Vamos con una marcha corta y los inyectores de gasoil inundarán súbitamente cada uno de los cuatro cilindros, y el turbo hará el resto. El empuje inesperado nos propulsará durante dos o tres segundos antes de que consiga liberarse del pisotón que voy a asestarle. Habré de girarme sobre él y agarrar el volante y traérmelo hacia mí. Y, enseguida, el impacto. Me imagino su cara de sorpresa, primero, y de horror después.

¿Me mirará? Seguro que sí. ¿Qué me dirán sus ojos? Por si acaso no se los buscaré, no sea que en el último momento me embargue la compasión. Porque sentirlo tan cerca, cuando me le abalance, podría hacerme dudar.

Caigo en que se me presenta un contratiempo que no había previsto: el cinturón de seguridad que me ha obligado a abrocharme. Como si no quisiera que me haga daño, reflexiono con ironía. El caso es que él no lo lleva puesto, lo que me deja en desventaja.

Al frente, media docena más de reviradas y llegaremos al final.

A ver, planifiquemos la escena: mi mano izquierda desabrocha el cinturón. Me echo sobre él y le lanzo el pie. Al tiempo que noto el empuje del motor, agarro el volante con ambas manos y lo retuerzo al precipicio.

¿Y si se me atranca el cinturón? Mejor miro de soltármelo un poco antes, procurando que no se dé cuenta.

Pero no, imposible: el pitido del chivato lo pondría sobre aviso. Igual levanta el pie del acelerador, alarmado, y lo lleva al freno. Y entonces se acabó todo.

Quitarme el cinturón, tirármele encima y agarrar el volante ha de ser todo uno. No hay otra.

¿Estoy en forma para esa torsión?

Noto un latido en la sien, el pulso se me está disparando. Me entregiro un pelo, ensayando, y me mira de reojo. A ver si se va a dar cuenta…

Cuatro curvas más.

¿Qué sentiré cuando estemos cayendo?

¿Y él? ¿Qué sentirá él?

¿Gritaremos como en una montaña rusa?

Bajo lentamente la mano al anclaje del cinturón y apoyo el pulgar en el pulsador, con disimulo. Lo acaricio. Tres curvas más. Corro el pie unos centímetros sobre su lado, preparándolo.

Salimos del penúltimo giro y acelera. Mejor, no vamos mal. Me excito, concentrado en la carretera.

La última curva y, por lo que parece, le ha entrado la prisa. Regocijado, hasta me parece como si las ruedas de atrás hubieran patinado sobre el asfalto. A punto de entrar en el puente, el turbo se dispara. Noto el empuje. No hay nadie al frente.

Me lo está poniendo pero que muy fácil.

Pisamos el viaducto. Me tenso, la velocidad sube. El coche traquetea sobre las juntas de dilatación. Sonreiría y hasta reiría.

En nada vamos a llegar al medio, donde la altura es mayor.

Me envaro.

El pitido me delatará, seguro, pero a este buen paso no tendré ni que forzar el pie del taxista.

El cuello se me ha puesto rígido.

Unos metros más.

Más. Más.

Más.

¡Ya!

Suelto el cinturón y me giro y el coche se viene a la derecha con una sacudida.

¡Pero yo aún no he tocado el volante!

Porque –lo veo– es el taxista quien hace puntería sobre la cerca de hierro.

Y me doy cuenta de que este hombre me va a matar y que esto no era lo planeado.

Y me entra el pánico y se me dispara el instinto y –ahora sí– aferro el volante.

Y lucho, y empujo para el lado contrario.

Y la carrocería da tumbos, zarandeándonos, y chirría y arranca chispas al refregar la valla y restalla mientras mi ventanilla se hace añicos y mi puerta se abre con violencia como succionada desde afuera, y explota una rueda.

Y el coche derrapa –mi cabeza bamboleándose de un lado al otro– y se levanta y se gira violentamente aplastándome contra el asiento y se revuelve en la carretera.

Y resbala y –por fin– se detiene.

Y aún seguimos aquí arriba. Atravesados en mitad del viaducto.

Salgo del taxi: sordo, aturdido, perplejo. Las piernas me tiemblan, me cuesta mantenerme en pie. Veo, borrosos, los coches que se paran uno tras otro y miran, primero sin saber qué hacer. Luego alguien desciende y corre a nuestro encuentro, y media docena de conductores le secundan.

Rodeo el taxi, mareado. Un señor con el cabello blanco está llamando por su teléfono móvil. Otro, precavido, se acerca a la carrera con un extintor en brazos. Los veo como envueltos por una niebla seca, lejos aunque estén a mi lado.

Alguien ha abierto la puerta de mi conductor. Le mana sangre de la frente, mucha. El parabrisas se ha astillado, seguro que de un cabezazo. Me mira, me grita, pero no lo oigo. No oigo nada.

Alguien me aferra del hombro. Me giro. Una señora, como en una película muda, también me dice algo. Se le une un señor y luego otro, y otro. Gesticulan, tiran de mí, intentan que me tumbe en el suelo. Yo quiero estar con mi taxista, pero no me dejan.

Por fuerza he de sentarme, apoyado contra la valla que no hemos llegado a traspasar. Un remolino de voluntariosos dirime qué hacer con el conductor sentado en el coche siniestrado. Toman una decisión, lo extraen con el cuidado del que es capaz la turba excitada y lo tumban cerca de mí. Mis ojos buscan los suyos, pero los ha cerrado. Mueve los labios.

La visión se me aclara y empiezo a recuperar el oído. La señora que me hablaba no me abandona. Tiene una voz dulce.

Llega un coche con sus luces azules y su sirena. Dos policías se bajan, nos evalúan –al taxista y a mí– y concluyen que el hombre de los ojos ocluidos parece estar más grave. Uno de los policías se acuclilla a su lado y lo examina, mientras el otro aparta a la turba: la desplazada desde su protagonismo, salvador, al de meros testimonios. ¿Alguien ha visto lo que ha pasado?, pregunta.

Al poco, el policía que atendía a mi conductor se vuelve hacia mí. ¿Está bien?, me pregunta. Debo parecerlo, porque salta a la siguiente pregunta: ¿qué les ha pasado?

Y yo, que no sabría cómo explicárselo, me callo y me vuelvo al taxista, a sus ojos cerrados y a la boca en incesante procesión ininteligible. Intento afinar el oído. Entreveo que una palabra se repite en sus labios, una y otra vez, sin que pueda descifrarla.

Llega una ambulancia, estridente. A él lo cargan en una camilla. A mí me ponen un collarín y me sientan a su lado, y partimos. Mi hombre sigue con su letanía muda. ¿Qué dirá? Es una palabra corta, repetida una y otra y otra vez.

Me inclino sobre él y abre los ojos. Me reconoce. Y sus labios adquieren volumen.

Perdón.

Perdón: eso es lo que recita. Y yo, solidario, lo cojo de una mano y se la aprieto. Y le digo: tranquilo compañero, que de ésta nos hemos librado.

*  *  *