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paraguas

Mañana de otoño, llovizna. Tomo aposento en la mesa de una cafetería y extiendo los utensilio de mi oficio; a saber: la táblet e, inevitablemente a mi edad, las gafas de ver de cerca. Dispongo a su lado el diario todavía virgen que acabo de comprar y dejó descansar encima la estilográfica que, aunque ya inútil, me sirve de insustituible fetiche. Pido el primer café y la mirada se me va al otro lado de la cristalera, que se va enturbiando por el leve pero persistente goteo. Las ideas deberían empezar a fluir ya, pero me pierdo contemplando la gente que avanza apresurada por la acera, refugiándose bajo las balconadas. Los paraguas desfilan ante el cristal.

Me vuelvo a la pantalla de la táblet e intento concentrarme.

A mi lado se ha sentado lo que parece una familia -todos adultos- y hablan alto. Cerraría los oídos si pudiera, pero no puedo. Les escucho y al poco me zambullo en su plática, furtivo e inadvertido. Discursean de todo, saltando de un tema a otro, hasta fijarse en uno que parece preocuparles. Debería sentirme avergonzado si no fuera porque ellos están opinando sobre alguien ausente: una tal Maica -¿María del Carmen, tal vez?-, solterona empedernida, a lo que parece, y desbordante de buen humor y fuerte carácter. Deberíamos casarla, dicen unos, desesperanzados; pero quién aguanta una mujer así, pregunta otro, irritado.

A mí me faltan datos y, obviamente, no voy a preguntar sobre ella -pondría en evidencia mi voyerismo a salto de mata- por lo que ahora aguzo mis sentidos auditivos. La imagen que se me conforma es -a juzgar por lo que se dice en la mesa de al lado- la de una mujer apasionada, devoradora de vida.

Y de hombres, amonesta con insidia uno de los contertulios, un sexagenario probablemente libidinoso e indudablemente envidioso. ¿Quién  la casa con ese carácter?, dice otra, desesperada. Si hay amor todo se sobrelleva, argumenta comedida la mujer que parece más joven. El otro no se convence y concluye, contundente, que urge emparejarla.

Nunca sabré quien es la tal Maica, pero voy tomando partido por ella.

A mí me agota, dice otra, desesperada; es terrible; y ya va teniendo una edad, se queja otra… Todos asienten con disgusto.

La vida sólo se vive una vez, exclamo sin contención -sí, lo digo en voz alta, involuntariamente- y siete pares de ojos se giran a ver al intruso que se atreve a opinar. Yo disimulo -malamente- volviéndome hacia mi diario y fingiendo que repaso su portada, cual chiflado que habla solo.

Transcurren tres interminables segundos en los que me siento diseccionado, hasta que se reanuda la conversación. Ahora el tema es recurrente: el mal clima que azota estos días la ciudad. Todos -ellos y yo- nos vemos incómodos.

Pasa el camarero, le pido la cuenta, recojo mi instrumental y me voy a la caja a abonar la consumición, quitándome de en medio entre las miradas de desconfianza de mis vecinos de mesa. Salgo a mojarme en la calle.

No conoceré a la tal Maica, por desgracia -¿es posible que su nombre sea María del Carmen?- y me quedaré con las ganas de saborear sus ansias de vida.

Este oficio mío también me trae sinsabores.