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Esta tarde he vuelvo a quedar con Lisardo. No nos veíamos desde finales del verano y, aunque perfectamente rasurado para la ocasión, le veo muy desmejorado el semblante. Tan sólo han sido unos meses –¿cuántos? ¿cinco, tal vez seis?– pero han hecho mella en él.cafe cerveza Llevamos ya un rato hablando de trivialidades mientras resigo su aspecto flácido. Yo, prudente como siempre –y por no incitarlo–, me pido un café. Pero él arremete con una cerveza y, de un trago, se lleva casi la mitad de su copa a la boca, saciando la que presumo una reprimida ansiedad alcohólica.

Soy una persona transparente y las ideas se me ven a la legua.

– ¿Lo has notado, verdad? –me interroga con abatimiento.

Azorado, sonrío sin alegría.

– ¿No me ves apagado? –prosigue.

Me siento cazado y no acierto qué contestarle.

–No hace falta que disimules –dice, y agacha la cabeza y fija los ojos al suelo.

Pienso que Lisardo nunca ha llevado una buena vida, lo que se entiende por una vida sana. ¿Qué desventuras habrá padecido en este tiempo? ¿Dónde no se habrá metido?  Me lo figuro en veinte mil garitos, bebiéndoselo todo, fumándoselo todo; corriendo de flor en flor –todas ellas mercenarias, por supuesto– y de bronca en bronca. Mal comido y peor dormido. Arrastrado.

–Soy un hombre complejo –lo cual es un claro eufemismo, cuando lo dice él– pero siempre he mantenido una línea. Mi vida es un caos ordenado, un desorden con sistema: siempre en el filo entre la cordura y la embriaguez. Pero ahora, esa existencia escora irremediablemente.

–Deberías probar a asentar la cabeza –me atrevo a recomendarle.

Alza la cabeza y advierto que un brillo le nace al fondo de los ojos.

–¿Recuerdas a la chica con la que estuve tonteando en setiembre? La morena de ojos verdes, ¿sabes quién te digo?

Por supuesto que sé a quién se refiere. Se llamaba Elsa, o Elisa, o algo por el estilo.

–Carmen –me refresca la memoria con censura.

Pues Carmen. Una muchacha algo más joven que mi amigo –no mucho más–, que desde un principio me causó una grata impresión. Cuando me la presentó, tan sólo me alargó la mano y me la estrechó con suavidad. Nada del acostumbrado refregón de mejillas ni de los besos untuosos de sus anteriores acompañantes. Nunca supe de dónde la habría sacado, tan alejada de la especie sobre la que Lisardo abunda, por lo que no les auguré ningún futuro. Y lo sentí.

Luego perdí la pista de mi amigo, hasta esta tarde. Me insinúa que está viviendo una etapa turbulenta. A lo que se ve, su relación de turno ha de ser un torbellino, el mayor de cuantos le he presenciado, así lo delata su semblante agotado. Pienso que alguien como Carmen pudiera ser la solución de Lisardo, y así se lo digo.

–Creo que esa mujer te convenía. ¿Por qué no lo intentas con ella? ¿O ya es demasiado tarde? ¿Sabes dónde encontrarla?

El brillo se le acrecienta en los ojos y atraviesa los míos. Sin saber por qué, ya voy intuyendo el revolcón. Pues claro que sé dónde encontrarla, me asegura, y va y me lanza una dirección: la del propio piso de Lisardo.

–Llevamos medio año juntos.

–Pero, entonces… –principio contrariado.

Asoma a su faz el rictus al que ya estoy de sobras acostumbrado: el de cuando no quiere disimular que, para él, soy tonto de remate en según qué cuestiones.

–Nunca entenderás nada –me desprecia–. Esa mujer se ha empeñado en racionalizar mi vida, en ponerle sentido.

Reparo –demasiado tarde– en la raya del pantalón y en la pulcritud de la camisa que le oculta una incipiente barriguilla.

–Ella me organiza y me ordena –continúa su relación de calamidades–, me fiscaliza y me absorbe; me ahoga. Y yo –remata con amargura–, yo languidezco sin remedio.