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Un conocido de la biblioteca me participa su angustia vital. Esta mañana –me dice- una muchacha desconocida practicaplatjaba taichí en la playa, ensimismada y con gestos serenos y acompasados. La paz fluía en ella trascendiendo su persona, mientras él la contemplaba curioso, al principio.

En ese rinconcito –prosigue- nos reunimos siempre la misma docena de ociosos: bañistas de primera hora, más un puñado de jubilados y algunos vacacionistas extemporáneos. Juntos conformamos el cúmulo de habituales. Pero a esta chica no la conocíamos. Y aunque su energía positiva y redentora se derramaba sobre la arena queriendo inundar a cuantos presenciábamos su práctica, su exhibición indiferente no dejó de romper nuestro equilibrio.

Cuando apunto que no la conocemos –matiza, refiriéndose a la muchacha- en realidad quiero decir que no la tenemos vista, que es la primera vez que ha venido a nuestra playa. Porque lo que es conocernos, conocernos… tampoco los que somos de siempre hemos entablado relación entre nosotros. Ni a título individual ni,aún menos, como colectivo. Simplemente somos extraños que confluimos casi a diario en un mismo espacio. Seres discretos y monocordes que no nos hablamos y que guardamos las formas. Somos gentes atentas pero anónimas que, temporada estival tras temporada, salvaguardan su intimidad bajo la forma de un distante reconocimiento, pero sin promiscuidades ni excentricidades.

Nos vemos, nos vigilamos y hasta nos cuidamos: hoy no ha venido tal o cual, ¿le habrá sucedido algo?; no lo quiera la fortuna, deseamos interiormente… O también: parece que la señora de siempre, la del bañador azul, se adentra más de lo normal en su natación, a ver si vamos a tener una desgracia; pero no, ya da media vuelta y regresa, qué alivio. ¿Qué haríamos si la viéramos en trance de ahogarse? ¿Correríamos en vertebrada manada a socorrerla? ¿O miraríamos hacia otro lado, asumiendo la baja?

Y ahora va y aparece esta chica –se queja-, exhibiendo con impúdica indiferencia su halo de superioridad. Haciendo realmente patente que los demás no existimos para ella. Singularizando su soledad por encima de las nuestras. Haciendo que nos desconcentremos los unos de los otros, centrándonos en ella. Descollando. Acrecentando su armonía interior a costa de amenazar la relación en este espacio nuestro.

Esta es su queja, y yo no puedo evitar sonreírme cuando concluye su discurso con un “espero que mañana no vuelva”.