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playa bn

Aprovechando que vivo cerca del mar y que sólo un paseo me separa de él, acostumbro a cerrar el día sumergiéndome entre las olas mientras se pone el sol. Luego ceno ligero, curioseo la televisión y leo. Ese baño que me doy me libera de las crecientes tensiones que me acucian. Has de meter la cabeza bien adentro, al fondo, me recomienda una amiga: que el agua salada te aclare el pensamiento, que enjuague tus cuitas, que te recargue de energía positiva. Después –añade-, que el sueño se lleve la ponzoña que el día haya podido dejarte en el cuerpo. Insiste en que es necesario tomar distancia para verlo todo más nítido, más claro; que las preocupaciones lo son menos al día siguiente.

-Nada mejor que pasarlas por la almohada –me asegura.

Lisardo, al otro lado de la mesa que esta tarde ocupamos los tres, nos oye hablar. Él es hombre de brega, vengativo. De no dejar a los problemas adormecerse, de tratarlos a mamporros: ya sea propinados contra otro o contra uno mismo. Por ello temo su reacción verbal de macho alfa, desdeñosa. Pero me sorprendo cuando lo descubro silencioso.

Y yo, a la mitad del camino que va del uno a la otra, ensayo el acomodo entre ambos.