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Los temporales de invierno han dejado un escalón donde rompen las olas, en mi playa habitual. No sé si en todos los lugares se usa esa expresión –escalón- para referirse a la brusca caída por la cual, andando un par de metros mar adentro, las olas que apenas te alcanzaban las rodillas pasan a anegarte el pecho; con especial sobresalto para los que, como venía a decir Neruda, somos más bien marineros de tierra adentro. Esa caída hacia el fondo pudiera hasta ser favorable cuando te adentras, pero es tremendamente molesta cuando quieres recuperar la playa.

Mi amiga Teresa dice que soy un voyeur de espacios abiertos, que siempre me descubre escaneando el entorno más inmediato. El caso es que, esta mañana, mi mirada curiosa ha sorprendido a un fornido muchacho tomado del brazo por una octogenaria avanzada, a quien costaba remontar el desnivel referido. Primero he pensado: mira que bien, el municipio ha instalado un servicio de acompañamiento para personas mayores. Pero como no le he visto distintivo alguno –el chico no lucía más que un bañador como el de cualquiera otro bañista-, he venido a concluir que probablemente se tratara de un familiar de la señora, presumiblemente su nieto. Pues tampoco: una vez puesto pie en tierra firme, la anciana se ha separado del muchacho y éste se ha reincorporado al trío feliz que conformaba con un par de amigas de su edad, para proseguir chapoteando en el agua.

O sea, que la imagen por mí captada ha sido una de esas ayudas desinteresadas que una persona brinda a otra, sin más. Ni lazos familiares, ni municipalidad subsidiaria ni nada por el estilo: solo altruismo. He de confesar que la escena me ha conmovido, más cuando al cabo he visto a la anciana recoger sus cosas y dejar la playa con ese paso inseguro que te va imprimiendo la edad. Y ha sido su deambular desvalido el que me ha propiciado una segunda reflexión: puede que esa mujer, que me sacará tres décadas de experiencia, posea la total certidumbre de que siempre ha de hallar a alguien dispuesto a echarle una mano. Si no, meterse así en el mar sería una temeridad.

Pudiera ser. Aunque yo -para mi desgracia- soy de aquellos a los que, con los años, lo único que se les acrecienta es el escepticismo por el género humano. Tal vez esté equivocado…