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Un fragmento de El efecto dominó.

1942

Se detuvo el Hispano-Suiza ante la cancela de la fábrica y la luz de los faros  iluminó el patio a través de los barrotes. El vigilante asomó del otro lado, abrigado en un grueso tabardo militar, reconociendo al vehículo y a su conductor. Descorrió los pasadores que atrancaban el enrejado y empujó las puertas. Se mantuvo a un lado mientras el automóvil franqueaba la entrada, rodando por el patio el corto espacio que le separaba hasta el unnamedcerrado portalón de hierro enmarcado por la fachada de ladrillo, donde se paró de nuevo sin que descendieran sus ocupantes. El vigilante cerró la verja, anduvo en pos del coche y, al pasar a su lado, ojeó disimulado a través de las lunas. El conductor aguardaba a que la puerta fuera abierta. Sus dos acompañantes ocupaban el asiento posterior.

Atinó el portero con el ojo de la cerradura e hizo girar la pesada llave que había extraído del bolsillo. Empujó el portón hasta llevarlo contra la pared interior, alzó el pasador que anclaba la otra hoja al pavimento y repitió la operación. El coche avanzó hasta entrar en el edificio. El chofer apagó el motor y se apeó sin desconectar las luces, caminando hacia el portero, parado en la puerta.

–Cierra –ordenó–, pero no eches la llave. Y no te vayas a dormir todavía: esperamos una visita y tendrás que volver a abrir.

El portero buscaba la clavija que iluminaba el pasillo, pero fue contenido por un gesto del chofer. Salió y ajustó las puertas, tal como le habían mandado. Retrocedió el conductor sobre sus pasos al tiempo que uno de sus acompañantes abría la portezuela y descendía, para volverse hacia el interior del auto y, agachándose, asir por las piernas al hombre que había permanecido estirado en el piso, extrayéndolo trabajosamente con la ayuda del otro.

Inconsciente en mitad del viñedo, habían alzado las ropas de Francisco Daudell para inspeccionarle la espalda acuchillada mientras corría, hasta derribarlo. No tenían buena pinta los cortes y tampoco querían que el chico se les muriera antes de tiempo. Le desvistieron la chaqueta, hicieron un lío con ella y la aplicaron con fuerza entre los omóplatos, taponando el flujo de sangre mientras deshacían la senda con el cuerpo en volandas. Acercaron el coche y sacaron del maletero una de las cuerdas que traían, con la que ligaron al herido. Permaneció desmayado todo el trayecto hasta la fábrica, por lo que prescindieron de la mordaza, para evitar que se ahogara si vomitaba.

Semiconsciente, profirió unos tenues quejidos al ser desembarcado. El trío llegó con su bulto a cuestas hasta el final del corredor, atravesaron a oscuras la nave de talleres y entraron en una sala en obras. Dejaron el cuerpo sobre el embaldosado y atendieron nuevamente la brecha. La hemorragia parecía contenerse. Uno de los hombres encontró un paño sobre una máquina del taller y lo rasgó para aplicarlo sobre los tajos, a modo de burdo vendaje.

Se despertaba con las maniobras curativas, aunque mantuvo instintivamente los ojos cerrados y los sentidos atentos. Evocó el momento en que descubrió a los emboscados, esperándole, y el vuelco en el estómago al reconocer al Chato, a un lado del coche. También rememoró cómo se había interpuesto éste en su camino y la forma en que lo derribó. Y la huida desesperada y al final frustrada.

Boca abajo sobre el suelo, a cada respiración le fustigaba una punzada que nacía de las costillas. Recordó la patada recibida cuando trataba de incorporarse para reiniciar la huida y temió que pudieran haberle roto una costilla, o que se hubieran resentido antiguas heridas infligidas en la cárcel. La cara le ardía, pero el dolor más intenso le nacía de la espalda y se agravaba con la manipulación a la que le sometían sus captores, al vendarlo. Fijado el apósito, lo medio giraron y quedó apoyado sobre un costado. Sólo entonces entreabrió los ojos. Trató inútilmente de removerse, pero el tormento penetrante de las ligaduras y los golpes le hizo desistir.

Reconoció el lugar, a la luz de la bombilla suspendida del techado. Los tres hombres se recostaban contra las paredes, contemplando a su presa con desinterés.

– ¿Qué vais a hacer conmigo? –preguntó el cautivo cuando reunió fuerzas para articular palabra.

No se molestaron en contestarle, por lo que repitió la pregunta.

–Eso lo decidirá el jefe –respondió el antiguo carcelero.

– ¿Quién es el jefe?

–Ya te enterarás cuando sea el momento.

–Supongo que también te pagarán bien por esto.

El interpelado le dirigió una ojeada y dejó vagar la mirada por el entramado de vigas desnudas que servían de soporte al alero de la techumbre.

–Por supuesto, no te quepa la menor duda. En los últimos años, tú estás siendo mi mayor fuente de ingresos.

– ¿Para qué me habéis traído a la bóbila?

No obtuvo respuesta a su pregunta. Uno de ellos fumaba y al acabar el tabaco lo dejó caer, pisando la colilla con la puntera del zapato. Recoge eso, le mandó el carcelero, y esparce la ceniza. No quiero que quede ningún rastro de que hemos estado aquí. Francisco se fijó en el fumador.

–Yo te conozco. Tú te llamas Joaquín y eras el chófer de mi padre. Dime, ¿quién os ha mandado buscarme?

–Preguntas demasiado –el aludido respondió nervioso–. Lo sabrás todo a su tiempo. Y ahora será mejor que te estés callado.

Tanteó las ligaduras que le rodeaban las muñecas y forcejeó con disimulo, intentando dar de sí las cuerdas. Desistió al comprobar que sólo conseguía que éstas mordieran con mayor profundidad la carne, y que sus captores le dejaban hacer, confiados. A un lado, una máquina esperaba a ser instalada en su ubicación definitiva. Los extremos de los tornillos que habrían de servirle de anclaje emergían de la solera de hormigón fresco, tirado esa misma tarde en el centro de la estancia. Las herramientas de los albañiles y mecánicos aparecían desperdigadas entre sacos de cemento y ladrillos retirados para construir el lecho de la máquina, listas para reanudar el trabajo a la mañana siguiente.

Se escuchó atenuado el quejido del portón al abrirse y el chasquido al ser cerrado. Daudell percibió un resplandor lejano al encenderse la luz del pasadizo de entrada. Fue ganando en intensidad el ruido de pasos que se aproximaban, magnificados en el silencio del taller. Los tres sicarios abandonaron la posición relajada y el cabecilla se ausentó, tras hacer un ademán a los otros dos. Entre ambos asieron a Jacinto por las axilas y lo izaron dolorosamente, sentándolo sobre las losetas. Pero, al observarlo inseguro, tiraron de él para apoyarlo contra la pared. El prisionero percibió el rumor ininteligible de la plática que se desarrollaba fuera, oyendo hablar al Chato la mayor parte del tiempo, intercalándose de vez en cuando otra voz que se le antojó familiar. A continuación, silencio.

El vigilante de la fábrica cerraba la comitiva, deteniéndose nada más traspasar la entrada al pequeño taller. Desde su arrimadero en el muro, el chico clavó los ojos en los de José Portales, que agachó la cabeza, tocada por la gorra con la que lo recordaba de toda la vida. El Chato se hizo a un lado y dejó al descubierto la figura de un hombre dentro de un abrigo de paño marrón, que resguardaba la cabeza del frío con un sombrero. Hacía tres años que no se veían, pero Francisco no tuvo dificultad en reconocerlo.