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Cuando eramos pequeños, los de mi generación íbamos a la biblioteca pública biblio verano.jpga devorar los cuentos que no nos podíamos permitir en casa. Era un espacio de silencio y lectura, de recogimiento casi monástico. Hoy -ya lo he escrito en algún sitio- la biblioteca ha adquirido más funciones: aparte de lugar de lectura y de préstamo de publicaciones, es centro de actos y conferencias, club de prensa, taller de lectura infantil, aula de cursos diversos e -inevitablemente- sala de estudios. Es, además, un espacio bien calefactado o maravillosamente refrescado, según la estación del año.

Llegó el verano a estas latitudes y las bibliotecas se vacían. Lo cual te corrobora que la función de sala de estudio, entre las antes enumeradas, resulta ser una de las más requeridas. Este es mi momento favorito. Gozas de absoluta tranquilidad para enfrascarte en la lectura o la escritura -como es en mi caso-, e incluso te puedes dar un paseo por entre las estanterías con la tranquilidad relativa de que, al reintegrarte a tu mesa, todo continuará en su sitio (sí, créanme, también hay amigos de lo ajeno en estos templos de sabiduría). Y además gozas de aire acondicionado gratis, si es que puede considerarse gratis todo aquello que ya has pagado con tus impuestos.

Por desgracia, esta serena alegría es efímera: durará justo hasta el momento en que la biblioteca cierre por vacaciones. Lástima.