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Desayuno donde siempre y -¿cómo no?- pego la oreja a una conversación que dos hombres de edad entablan en la mesa contigua. Una persona ha de tener treinta años para saber hablar y sesenta para aprender a callar, dice uno. Yo, que ya voy camino de la segunda de esas cifras, le presto atención.  Descubro que no se refiere a que con el tiempo se gana en prudencia, ya sea por no meterse en problemas o para ser dueño de los propios silencios. No, ese hombre experimentado de al lado se refiere a callar para saber escuchar: está hablando de comunicación y de empatía.

-Porque, ¿sabes? -prosigue-, hay muchos que no tienen dificultad en imponer su parecer, pero admitir la diversidad ya es otro cantar. A imponerse se aprende pronto, tanto más cuanto mayor es la cerrilidad de uno. Pero a admitir que el otro pueda tener también su razón…

-Los hay -admite su contertulio- que se llenan la boca para alabarse el buen talante y tolerancia, pero siempre van con la escopeta cargada de autoafirmación. Te oyen como quien oye al viento, pero no te escuchan. Son de ideas fijas, supremas. Como poco te responden con un “bueno, pero has de admitir por fuerza que…” Y, así, el diálogo y la solución es imposible.

-Otros son dados a henchirse de un irredentismo justiciero, o se sienten legitimados ves a saber por qué atavismos consolidados en la noche de los tiempos. O respaldados por la masa: ¡ya ves tú qué novedad, proclamarse estandarte de la masa! Algunos hasta hacen gala de sentido común: del suyo, por supuesto. Y ya sólo nos falta la caterva de gentes sin oficio ni beneficio que viven de explotar las pasiones ajenas. Estos son los más peligrosos. Conversaciones de besugos, eso es lo que más abunda.

-El problema, lo peligroso, es cuando esos besugos van armados -concluyen en tanto piden la cuenta al camarero.

Siempre me gustó enfrascarme en la historia de este país y sus limítrofes, lo confieso. Mientras mordisqueo ya sin gana mi crusán -y se me enfría el café- me da por repasar los siglos, deteniéndome en los últimos recientes. Y me preocupo.