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Hace unos días tuve un pequeño accidente. Llegado a un punto de la carretera que transito casi a diario, me distraje con algo que acontecía a un lado y colisioné con el vehículo que me precedía. Nada grave: salí indemne, por fortuna. El susto y poco más. El caso es que, puesto a darle vueltas, no dejo de hacer algunas reflexiones. La primera, la más obvia: que al volante de un vehículo hay que andar con los sentidos bien fijos, tanto en aras de la propia integridad como de la ajena.

moscaLa segunda es más filosófica pero no menos práctica: ¿cuántas veces nos distraemos de nuestro objetivo por andar colgando nuestros ojos en cosas pasajeras? Muchas, confieso que es mi caso. A decir verdad, ya no sé qué fue lo que me distrajo, poca importancia tendría; pero no obstante –y ahí viene mi tercera reflexión-, ¿por qué hay ocasiones en que queda tan poderosamente secuestrada nuestra atención?  Si uno se ha trazado un objetivo, una meta, ¿cómo es que viene a reparar en futilidades aparentemente inconexas y transitorias que, no obstante, son capaces de desviarnos del camino trazado?

Conducir un automóvil es algo que hacemos de manera instintiva, casi refleja. Percibiéndolo, se me viene a la cabeza que tal vez ese objetivo principal trazado no sea lo suficientemente atractivo –ni tampoco tan importante- como habíamos valorado; que tal vez hasta nos aburra –o incluso hastíe- por mucha ilusión que vertiéramos en él cuando lo concebimos. Que se torne vacuo y mecánico. ¿No será que entonces se hacen precisas esas digresiones, a pesar del riesgo que nos comporten? Y entonces –claro- nos distrae hasta el vuelo de una mosca de vivos colores.