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Hace años tuve un compañero de trabajo aficionado a la fotografía. Hombre de edad, aprovechaba cualquier oportunidad para hacernos fotos que luego nos mostraba con orgullo. Eran retratos muy logrados, de esos que te toman cuando estás desprevenido y que inmortalizaban escenas de tu vida en papel. Siempre andaba de arriba para abajo con su colección de cartulinas y el ojo pegado al visor de la réflex. Se jubiló y, ya fallecido, su viuda nos legó cajas y cajas de cartón cargadas con escenas entrañables. Aún conservo algunas de aquellas imágenes y, por añadido, la memoria de las historias a ellas asociadas.foto antigua

Eran tiempos en los que fotografiar en dimensiones “industriales” era una devoción cara. Después, la fotografía digital vino a abaratar y a popularizar este hobby. Para aquél hombre, disparar con su cámara de francotirador era la esencia de la vida. De haber contado con la tecnología actual hubiera sido, probablemente, aún más feliz.

O tal vez no… ¿A dónde van a parar todas esas imágenes que no se pueden almacenar en cajas de zapatos? Miro mi biblioteca, allí reposan libros y libros en papel. Para hacerles sitio hube de donar otros, les deseo que mantengan una plácida vida física. Luego le echo un vistazo a mi otra biblioteca, la digital. Y se abre un mar de incertidumbres. Me gusta leer y releer, algunos de mis ejemplares “vivos” están más que ajados. No sé si calificar a las novelas electrónicas de libros, ni doy un céntimo por ellas en caso de catástrofe. Hago una comparación con las actuales hemerotecas, absolutamente digitalizadas. El acceso es infinitamente más cómodo y asequible, pero ¿qué será de la memoria colectiva en caso de un fallo generalizado del sistema?

En fin, sigamos produciendo y crucemos los dedos para que los sistemas sean realmente seguros y perdurables.