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-No sé quien idearía el móvil, pero sin duda fue una persona avispada.

Lisardo lanza esta observación y yo le respondo con algo de historia: le hablo del primer aparato de mano en los años setenta, del lanzamiento en los ochenta, del despegue definitivo en los noventa.

-No me refiero a quien lo inventó –me corta-, sino al que tuvo la lucidez de ver la potencialidad de ese cacharro.motorola

Rectifico y paso a hablarle del fenómeno social de la telefonía móvil, a relatarle la incorporación de datos, del tres-g y del cuatro-g, del negocio telemático… pero ya intuyo que tampoco va por ahí.

-Tener uno de estos aparatos en los ochenta era cosa de prestigio -me dice-. Sólo quienes movían negocios lo tenían: estar pegado al auricular te ponía en onda con quienes tomaban las decisiones.

Le doy la razón, pero también le hago ver que el celular se ha democratizado con los años, y que sus utilidades son vastas. Sorprendentemente, no lo niega, aunque matiza: más que democratizarse, se ha proletarizado. ¿Tú te acuerdas de cuando no eras nadie si no tenías un aparatito de esos en el bolsillo que te sonara tres o cuatro veces cada hora? Sí, lo recuerdo, le confieso.

-Pues ahí está el quid de la cuestión –dice triunfal-. Para ser alguien has de estar siempre conectado, ya sea con tu oficina o con el partido político o con la comunidad de vecinos. Incluso en tu día de fiesta, cuando estás haciendo la barbacoa para los amigos; o cuando quieres impresionar a un pibón, ya ves tú qué momento más inoportuno. Siempre resolviendo asuntos que precisan de tu inestimable intervención; porque, de no ser así, tu valor es como el de un cero a la izquierda.

Creo que ya le veo venir. Según tú –le digo- el teléfono móvil es un distintivo social, algo así como que te pongan o no secretaria en la oficina.

-Tampoco es ahí a donde quiero ir a parar, exactamente.

¡Vaya!

-Fíjate en el señor trajeado que estaba con el aparatito en el bolsillo -me dice retóricamente-, saboreando un Martini en una distendida reunión de colegas tras la faena, con los dedos cruzados para que el aparato sonara. ¿Tú te imaginabas que pudiera existir una forma más sibilina de esclavizar a un tipo? Antes, o le llamaban a la oficina -si no había acabado su jornada-, o a su casa -si estaba-, o al club, o a donde la querida. Pero desde que se inventa el móvil, es la empresa la que le pone el teléfono y lo conecta las veinticuatro horas: así, un directivo con altas responsabilidades está siempre disponible, cubre todos los turnos. Hoy en día pasa lo mismo hasta con un simple encargado. Y para más colmo, encima se siente realizado, imprescindible.

No lo había pensado así, observo, y él remacha: ¿Tú crees que les pagarán para tanto?