El verano da sus últimos coletazos, ya fuera de fechas, y la tarde es demasiado bonita para encerrarse a escribir. Me cuesta horrores mantenerme sentado, tecleando a este lado de los cristales. ¿Soy disciplinado? En absoluto, al menos no en esta faceta. Pero creo a pies juntillas que la inspiración sólo te llega cuando te pilla trabajando. Y aquí estoy, distraído con el vuelo de un mosquito –al cual vigilo porque lo intuyo voraz de sangre humana y yo ya estoy más que harto de alimentar alimañas por este año. El gato se lame con su áspera lengua, con ensordecedor estruendo. Abajo oigo el ding-dong de la lavadora, reclamando mi presencia; habré de bajar a vaciar su vientre, no sea que fermente. Resuena el televisor del vecino y atrasa el reloj de pared. Declina el sol.

En verdad, la tarde se ve muy bonita ahí afuera…