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A veces, mientras recorro las calles, me doy cuenta de cómo ha cambiado la ciudad. ¿De cuánto tiempo hablamos? –pienso-. ¿Tal vez de quince o veinte años? ¿O de más? Veo aquella plaza y recuerdo la isla de casas decrépitas que fueron derribadas para hacerle sitio. Miro aquellos bloques de viviendas y se me viene a la memoria que sagrada familia antesantes eran solares baldíos; los cuales, de seguro, a su vez fueron huertos en tiempos anteriores. Contemplo el paseo pulido que discurre frente a la playa y se me viene la imagen de cuando era un camino de tierra rsagrada familia ahoraepleto de baches. Donde ahora hay bares antes hubo fábricas; y donde hay farolas antes hubo aparcamientos de urgencia, oscuros y socorridos, ideales para saciar de amor a las parejas.

Sí, la ciudad cambia sin que me dé cuenta. O sí que me doy cuenta; pero, al poco, la nueva imagen se hace cotidiana y pensamos que casi nada ha variado.

También miro mis fotos y veo los ropajes de entonces. Una sonrisa se me viene a los labios: ¿cómo éramos capaces de ponernos aquellos trapos? Hasta el color de las cartulinas acharoladas se me hace caduco. Luego me miro al espejo. Lo mismo que pasa con la ciudad pasa con la gente. Tuve un profesor que aseguraba que uno, cuando se reencuentra con alguien a quien hacía años que no veía, se compadece y piensa: ¡cuánto ha envejecido! Porque –decía el hombre- son los otros los que se hacen mayores; uno no: uno sigue igual; ¡claro, como te ves a diario… pues no te das cuenta!

Pero el tiempo pasa y la ciudad mejora. Y uno… también espera estar mejorando.