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baileEl pasado domingo, aprovechando este invierno tan flojo que tenemos y que lucía el sol con fuerza, estuve apoltronado en la terraza de un bar nuevo para mí, haciendo un vermut. Delante, en la plaza, un oficiante montaba un equipo de música callejera (con su amplificador y un par de altavoces), mientras un nutrido grupo de parejas aguardaba en corrillo -y con ansia- a que afloraran los primeros acordes. Se les veía gente desenfadada, de casi todas las edades. La mayoría en ese estadio de la vida en el que, no siendo ya joven-joven, aún no has arribado a los prolegómenos de la senectud. Reunidos todos con un único fin.

Me sirvieron el brebaje oscuro con su par de hielos y su rodaja de limón –acompañado de un plato de patatas chip y una ración de olivitas- y, al tiempo que daba el primer sorbo, arrancaron los acordes.  Era swing. Sorprendido, me relamí tres veces: una por el vermut, otra por la música y una tercera por la fortuna que me había llevado a equel lugar. Y hete aquí que todas aquellas parejas la emprendieron a hacer aquello que las había congregado:  bailar en la calle.

Me dejaron con la boca abierta. Se les veía sonrientes y contentos, moviéndose por parejas, entrelazados de las manos y volteando a ritmo, mostrándose en abierto mientras gozaban de la mañana esplendorosa. El espectáculo duró una hora larga. Pregunté y me dijeron que eso que veía es habitual cada domingo, en aquel sitio. Viéndolos y viendo a quienes seguíamos sentados ante nuestras mesas, a mí me dio por reflexionar.

Hay quien se hace para ser espectador –me dije- y hay quien prefiere ser actor. Y es evidente que a mis bailongos les agrada más lo segundo que lo primero. Mientras, los otros los contemplamos… ¿tal vez con envidia? No, yo no; al menos no por el baile en sí, nunca fue una de mis actividades favoritas. Ahora bien, yo gozaba en sobremanera viéndolos. ¿Por qué? Colijo que, en todo caso, les envidio la falta de rubor a la hora de hacer lo que les agrada.

Porque la vida es eso: hacer siempre cosas. Es gozar cada momento.

Eso sí que les envidio.