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He pasado buena parte de la tarde repasando la prensa del día en mi biblioteca favorita, la de al lado de casa. Es algo que hago a menudo, pues me agrada sentir el tacto del papel mientras voy girando páginas tras páginperiodicosa. Los diarios de hoy son más raquíticos que los de antaño. Reservan el grosor de cuando yo era chico para los domingos, que es cuando -al parecer- aún se compra la prensa. Digo aún consciente de que esta costumbre también acabará por sucumbir, ya sea por la inmediatez y lo barato de la “prensa” digital; o, simplemente, por el desinterés de la gente en conocer lo que acontece más allá de su inmediato alrededor.

No estoy en contra de la prensa virtual -por Internet-, aunque a veces me pregunte quién la paga (ojo, también me lo preguntaba de la “prensilla” gratuita). Reconozco que es la evolución lógica para sobrevivir en un mundo donde imperan la inmediatez y facilidad de contacto de la televisión. De todos modos, a mi me sigue gustando el papel. Lo comento con Lisardo, con quien he salido a celebrar por anticipado el día de San Patricio. San Patricio es patrón de Irlanda, y prácticamente de Nueva York y de su policía. Algún día hablaremos de esta última curiosidad. El caso es que, para festejar a este favorito de los cielos, parece que lo más  loable es tomarse una buena ración de cervezas ataviado con algo de color verde y un gorro descomunal de duendecillo ancestral de la isla aledaña al Reino más-o-menos Unido.

-La clave no está en el formato de las noticias –me hace ver mi amigo- sino en sukiosco contenido.

– ¿Te refieres al enfoque de cada periódico?

Lisardo niega.

-No, no se trata sólo de eso, sino de saber quién elige qué es lo que se ofrece al público. O, en otras palabras, de quién dicta qué es lo que debe saberse y qué es lo que no ha de interesar a nadie. ¿Te has dado cuenta de que todos los diarios cuentan siempre las mismas noticias?

Podría decirle que es de perogrullo que algo es noticia precisamente por sobresalir de la laxitud cotidiana, de ahí su preeminencia en todos los medios. Pero no soy tan iluso como para ello. Sé muy bien que los contenidos son distribuidos por las agencias. Éstas habrían nacido –ya va para dos siglos- por la dificultan de la prensa local en surtirse del conocimiento de cuanto acontecía a largas distancias. Así, las agencias destacaban periodistas a ultramar y remitían informes a la metrópoli, que luego aparecían en las planas de lo internacional. Así se lo digo a mi amigo. Es como lo de la comida madre de la que hablábamos hace unos días, me dice, y le acepto la comparación.

-Pues bien –me recoge el símil y lo hace suyo-: si entonces llegamos a la conclusión de que el chef ha acabado sucumbiendo ante el dueño del restaurante, dime ¿quién es el chef y quien es el dueño en el asunto de la prensa?

Buen tema para reflexionar, me digo mientras le doy otro trago a mi cerveza.