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Teresa gestiona empresas y hoy hemos quedado para hacer un vermut. No porque yo precise sus servicios profesionales -por desgracia-, sino porque nos conocemos desde el instituto y ya hacía demasiado que no nos veíamos. No sé si también les ocurre que hay amigos con los que, sin que importe cuánto hace que no se ven, cuando se reencuentran vuelven a conectar como si hubieran estado charlando ayer lealtadmismo. Eso me ocurre con Teresa. Enseguida repasamos los meses de ausencia y entramos en profundidades que ella ilustra con aspectos de su profesión, como hace desde que andaba por la facultad de económicas.

-En la gestión del personal –me dice- existen dos conceptos claves: los factores motivadores y los higiénicos. Los motivadores son… pues eso, los que motivan. Pero los higiénicos… éstos ya son otro cantar.

Un factor higiénico no motiva –abunda en el tema- pero sin él no se pueden alcanzar los objetivos de la empresa. No por ello hay que confundirlos y creer que también son ejes de la motivación. El ejemplo más palpable es el salario. ¿Sabes cuánto dura el efecto salario en la motivación de una persona?

-Supongo que lo que tardas en incrementar tus gastos habituales a esa nueva subida.

Exacto, me dice, y pone un plazo: tres o cuatro meses. No obstante, y aunque el salario por sí solo no motive, si la gente no cobra lo que se merece… ¡apaga y vámonos! -¿me explico?-, y entonces ya no caben ni motivación ni mandangas.

-Con las relaciones personales sucede un tanto por el estilo –me asegura-. Hay veces en las que te encuentras en posición de aliviar a la gente, o incluso de beneficiarla. ¿Cómo? Mediante favores. ¿A qué gente? A quién se lo merece, por muy subjetivo que ello suene. ¿Para qué?

Ante esa autopregunta se detiene un momento.

-Básicamente porque no trabajas con ganado, sino con gente que también comparte los malos momentos.

Recuerdo una novela de A. J. Quinnell, El guardaespaldas (ambientada en Italia y en guardaespaldasMalta) donde un coronel de los Carabinieri favorece secretamente a uno de sus subordinados y, cuando al final éste se entera, viene  a agradecérselo. “Lo he hecho porque trabajas conmigo”, justifica el mando, y el subordinado se conmueve aún más por esa forma de expresarlo: porque trabajas “conmigo”, y no “para mí”.

Regreso a mi amiga.

– ¿Qué se espera conseguir favoreciendo a alguien? -me pregunta-. Pues desde un simple “nada” hasta un “fortalecer la relación”, pero me quedo con un “corresponder a su lealtad”, o incluso incentivarla. La lealtad, ¿sabes?, no viene incluida en el sueldo. Ahora bien, ¿tú sabes cuánto dura el agradecimiento de una persona? Te lo diré: apenas tres o cuatro meses, los mismos que un aumento de sueldo, ni más ni menos. No es que nadie haya de estar besando eternamente el suelo que pisas, por supuesto, pero ¿no te parece triste?

A estas alturas ya me pregunto a dónde quiere ir a parar mi amiga.

-El caso es que, pasado este tiempo –continúa-, el favorecido parece entrar en un estado de total amnesia de la que sólo despierta con la consecución de otro favor. Y, con el tiempo, te encuentras con que ya no haces favores, sino que te los exigen. Ya no hay leales, sino camarilla; y el día que fallas… te apuñalan por no favorecerlos sobre el resto… Al final te sale más a cuenta ser profesional y aséptico… ¡y que salga el sol por donde quiera!

No sé si estoy de acuerdo con ella, pero seguro que algo le ha pasado a Teresa, no me cabe duda. Intentaré averiguar qué ha sido.