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¿Por qué agrada la ficción? No pretendo dilucidar tanto, pero veo que lo misterioso atrae y que sumergirse en una trama detectivesca es algo que gusta. Que resolver un caso, a la par que el investigador, es un placer; y que adelantársele ya es lo máximo (“ya decía yo que el asesino tenía que ser tal o cual”).También está la grata sensación de llegar al final de las páginas y verse sorprendido –descolocado- por un giro de la trama; si la conclusión está bien conjugada, por supuesto.

La novela enigma presenta al detective razonador –y elitista- que resuelve el caso a base de lógica e intelecto, brindando una inapelable explicación pública de cómo han sucedido las cosas; todo dentro del juego entre la bondad y la maldad y en el marco de una sociedad con robustos e incuestionables pilares de justicia y honestidad.

En la novela policíaca, aquel investigador muta en un policía o asimilado –más o menos de vuelta de todo- que concluye el caso por su perspicacia y tesón; y que a veces lo resuelve felizmente, y a veces no. Por su parte, la novela negra sumerge la acción con crudeza en un ambiente que se torna protagonista, donde los malos pueden no serlo tanto y los buenos tampoco, y donde resolver el caso no es el necesario colofón. La trama es una historia dentro de otra historia más general (a veces hasta el punto de tornarse novelas documentales).

¿La sucesión novela enigma-policíaca-negra es una evolución histórica? Creo que existe novela negra del siglo XIX y novela enigma del XXI. ¿La novela negra se ciñe a la investigación de un robo, un homicidio o cualquier otro delito más o menos convencional? Tampoco: hay infinidad de novelas que no se considerarían policíacas y que yo incluiría dentro del saco de la novela oscura. De ello hablaremos otro día.

Pero lo fundamental es que la novela negra permite describir una realidad con la excusadiario de resolver un enigma; o de hacer que una trama adquiera su dimensión real en el caldo de la más descarnada cotidianidad. Todo -por supuesto- bajo aquella prudente cobertura de que “cualquier parecido con la realidad es mera coincidencia”; cuando es bien sabido que la realidad es capaz de superar con creces a la ficción. Para comprobarlo basta abrir cualquier diario.