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La escena novelesca es parca en mujeres policía que sean la protagonista principal: apenas Petra Delicado, que yo recuerde. Antes me viene a la memoria alguna detective privada, como la Victoria González de Cristina Fallarás, mi favorita. No es raro que cuantos escribimos novelas contemos con un amigo o un conocido -o con el amigo o conocido de un amigo- que decidió meterse a policía. En mi caso, y para variar, se llama Andrea. Tiene uno o dos años menos que yo y una vez fuimos compañeros dedibujo-de-gorra-de-policia facultad. Andrea lleva a cuestas casi treinta años de profesión que compaginó con criar dos niños y satisfacer a un marido, hasta que se hartaron el uno del otro. A veces cenamos juntos -Andrea y yo, al marido le perdí la pista hace tiempo- y charlamos de mil cosas.

El caso es que hoy quedo con ella. Porque me agrada su conversación y su compañía y porque hacía tiempo que no nos veíamos y, en última instancia, porque sí: no hace falta mayor motivo para que dos adultos se encuentren. ¿De qué hablamos? De todo: del país, del gobierno, de Cataluña, de lo que está subiendo el combustible -sin que a nadie parezca importarle- y de la atípica climatología de estas semanas. Y de cosas de policías. Porque ella -a veces, y sin saberlo- me asesora. Y también me saca faltas y me critica.

Me he leído tu última novela, me anuncia a los postres, mientras saborea un coulan de brownie con chocolate fundido y helado. Miro con envidia como trasiega cucharada tras cucharada a su boca –yo no soy como ella, a mí el exceso de dulce tiene la mala costumbre de acumulárseme en la cintura- y me distraigo preguntándole.

-¿Qué te ha parecido?

-Me gustó más la anterior.

Mal empezamos.

-No es que no me agrade ésta –se apresta a tranquilizarme- pero casi no salen policías, y a los que salen los pones de ineptos para arriba.

Es evidente que el protagonista de El efecto dominó era un inspector, un poco anterior a la época en que mi amiga empezó a ejercer. Quizás por ello no me criticó la corrupción policial que allí relataba: eran cosas de otra época, justificó. Aunque sí me dijo que tal vez había cargado las tintas. Yo, que conocí el percal, no estoy de acuerdo.

-En esta ocasión –le digo retornando a mi último libro mientras vamos acabando la cena- no eran necesarios policías para hacer una novela de intriga.

Ella no lo ve claro, el corporativismo le puede.

-Además, aquí la trama es otra: el hilo conductor es el abogado, que va desmadejando el ovillo del enigma hasta dar con todas las claves y esclarecerlo.

-Es un tipo raro.

-No es un héroe convencional: simplemente se ve involucrado en la vorágine, sin proponérselo. El tiene una forma de ver el mundo que le empuja a tomar partido. Aunque le pueda costar la vida.

Hablamos del carácter del hombre, de su vida privada –con su exmujer y sus hijas-, de su secretaria –una déspota- y de su amor por las motos –algo que también tenemos Andrea y yo.

-Al menos has sacado a un detective privado.

-¿Sabes –le hago una confidencia- que este tipo es calcado de alguien que tú conoces?

Los ojos le brillan, sabe a quién me refiero.

-¿Y la abogada? –quiere saber con curiosidad extrema.

Sonrío y mi sonrisa le hace ver que me llevaré el secreto a la tumba.

-¿Y el constructor, el potentado?

Cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia, le suelto la prudente respuesta convencional.

-Ya… También me ha gustado el trasfondo histórico que le das, como en la otra novela. Y sobre todo el final –me dice-: no me lo esperaba.

Me complace: tanto que le haya agradado como que se viera sorprendida.

-También esa frase del principio: ¿A dónde va a para todo lo que se ha vivido? Da para muchas reflexiones.

Podríamos entablar una buena conversación en torno a ella, ahora que ya vamos entrando en años, pero enseguida me cambia de tema.

-Oye, ¿y a mí cuando me sacarás en uno de tus libros?

Sonrío de nuevo. Si me sacas en alguno te invito a cenar, me promete, y le da la última rebañada a su helado, satisfecha. Le digo que lo pensaré.