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Todo el mundo gesticula al hablar, algunos más que otros. Es una cuestión cultural, inherente a los hábitos adquiridos en la zona donde se ha desenvuelto tu vida. Así, los latinos lo hacemos más que los del norte y, por nombrar a alguien, parece que los italianos lo hagan más que los demás; y, dentro de éstos, en mayor medida los del sur que los septentrionales. Lo que es habitual para unos es chocante para otros. Siempre se me ha hecho extraño ver a Woody Allen braceando en sus películas, tan ostensiblemente y sin venir awoody_allen_mia_farrow cuento. O al teniente Colombo, de quien hablaremos otro día (claro que éste era medio italiano y el personaje lo requería).

El hecho es que ver bracear a quien conversa contigo –o a quien lo hace mientras dialoga con otro- puede ser más o menos chocante o más o menos admitido, o compartido. Pero ver bracear en solitario ya es otro cantar. Recuerdo cuando nos sorprendían en plena declamación creyendo que estábamos solos y que nadie nos observaba. Del corte inicial se transitaba al enrojecimiento, pasando por cierta tentativa de disimulo infructuoso. Hablar en solitario era cosa de chalados o de ebrios. Todos recelábamos cuando alguien se nos cruzaba en la calle blandiendo manos o brazos y recitando. Hasta cambiábamos de acera por precaución. Quien lanzaba una voz –por tenue que fuera- sin un contertulio identificable, era mirado con prevención y evitado.

Pero todo muda, sin duda.

Esta misma mañana he pasado junto a una mujer cargada de razones que, en solitario, gesticulaba y acompañaba sus razonamientos a viva voz advirtiendo con un dedo a un interlocutor invisible, mientras daba vueltas alrededor de sí misma en la acera, al tiempo que iba alzando el tono. Me ha mirado, inmutable. Luego, tomando mi café, un tipo recostado en su asiento ha empezado a charlar con voz cascada, de ultratumba, en sincopada conversación consigo mismo. Ella movilblandía su telefonillo (el móvil o celular, como mejor gusten). Él, en un estadio más avanzado, andaría dotado de un auricular/micrófono bluetooth,por lo que me ha costado más no hacerle un previo diagnóstico de enajenación mental transitoria.

Bien, al menos estos dos hablaban con alguien. Otro día me referiré a las parejas maduras que, sentadas a la mesa de una terraza o en el banco de una plaza, se ignoran y autoexcluyen mientras wasapean, o lo que quiera que hagan.

-Seguro que esos dos están casados entre sí –juzga Lisardo, cada vez que los observamos.

La suya es una apreciación que daría para mucho.