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En vista de que no sólo de cervezas viven las personas, Lisardo y yo quedamos hoy a comer en un asador que él recomienda. Me fío, ya que mi amigo -antiguo hombre de la mar- ahora también es del ramo de los fogones. Una chiquita asturiana conocida suya montó el establecimiento hará un par de años, después de emparejarse con un campomuchacho argentino. A lo que parece, el negocio les va bien. Nos sentamos a la mesa y nos van sirviendo, de entrante, todo aquello que la prudencia desaconseja para gentes sin más ejercicio diario que un paseíto para recoger el correo del buzón o, como mucho, ir a comprar el diario.

–Lo mejor llega cuando te echan la carne.

Aquí no deben saber lo que es la verdura, opongo yo con humor, todo y reconocer la bondad de cuanto nos van poniendo.

–La hierba que se la coma la vaca, que nosotros ya nos la comeremos a ella –observa la chica, que me ha oído mientras sirve otra mesa, unos metros más allá.

Vamos acompañando las viandas con un buen pan hecho allí mismo, al amor del horno, y regándolo con un vino abundante que augura una sobremesa esplendorosa.

–En cierta ocasión –digo a mi amigo, al hilo de la conversación sobre las verduras– vi una película sobre un guionista que, carente de ideas, se retiraba a una casa de la montaña para recluirse hasta que la inspiración divina le permitiera acabar una tarea que traía a medias.

–¿Tú harías eso? –me pregunta Lisardo.

–A veces me vienen ganas, sobre todo cuando he de corregir. Allá en el monte estaría en la gloria, alejado de todo: eso me gustaría. Sentado ante una rústica mesa de trabajo, al calor del fuego, sin tele ni internet ni más teléfono que el justo para pedir socorro si enfermo.

–Acabarías muerto de asco –se chancea de mí.

–No te creas, entre sentada y sentada me dedicaría a cultivar cuatro verduras, para relajar la mente. ¿Tú sabes lo buenos que están los tomates y las lechugas criados por uno mismo? Nada que ver con las bandejas de poliespán del súper.

Lisardo ya arremete al plato principal mientras yo, algo inspirado por Baco, le declamo bucólicamente. ¿De qué escribirías, allí?, me pregunta. De lo mismo que aquí, le digo; pero sin distracciones y con sosiego; descansando de noche como Dios manda, sin ruidos; tomando distancia de la ciudad para poder escribir mejor sobre ella.

–¿Has escrito un thriller rural alguna vez?

No, nunca, le digo.

–¿Por qué no? No será porque te falte distancia…

Lisardo tiene habilidad para deshacer mis argumentos, he de reconocerlo. Bueno, al menos está lo de la verdura de calidad, le señalo. Sí, como la que te estás comiendo ahora, me contesta al tiempo que señala el tajo de brontosaurio medio crudo que desborda mi plato y lo anega en sangre, del cual voy dando cuenta casi con ansia.

–Al menos estaría la tranquilidad…

Puede ser, me concede con cierto toque escéptico. ¿Y cómo le va al guionista de la película? -inquiere-; ¿acaba lo que había ido a hacer?

He de reconocerle que no, que cada cual tiene su hábitat y el de aquel hombre no era otro que el urbano; que, como mucho -añado- se echa una amiga allí y acaban teniendo una aventura; pero ha de retornar a la rutina diaria para finiquitar su obra.

–¿Lo ves? –me dice Lisardo, con la boca llena de la jugosa carne–. Cada cual es lo que es y está donde ha de estar. No le des vueltas y quítate esas ideas de la cabeza.

Tal vez tenga razón. Aunque le refutaría que él no es el más adecuado para hablar de inamovilidades: un marinero afincado en tierra firme, entre sartenes y pucheros. Pero en eso que la asturianita del restaurante me acerca con intención un plato de tomates cortados a rodajas, sazonados y regados con un buen aceite y espolvoreados de orégano. Es para matar la nostalgia del campo, me dice riendo. Y yo me río también.