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(Meses antes de aparecer en No hay lugar lugar para la poesía, el detective Andrés Román protagoniza una aventura).

Nada es por casualidad. Ésta es la máxima de Andrés Román, fundada en la cínica experiencia que le dictan dos décadas como detective privado. Acomodado en una butaca de cuero de su coctelería favorita –el Bellavista– saborea un pisco-sour exquisito, con el que festeja la última faena recién concluida. Suena jazz bajo las luces atenuadas.coctel Raquel lo ha convocado de urgencia, esta misma tarde, y llega casi tan elegante y sofisticada como siempre. Pero hoy no lo besa. Julio se ha enterado –le suelta abatida–: lo sabe todo. Román se ajusta la americana, serio, y evalúa qué quiere abarcar ella con ese todo remarcado. ¿Habla de cuando Andrés la encontró en aquella sala de fiestas para malcasados? ¿De su primera vez en un hotel de urgencia? ¿De los fines de semana que pasaron, furtivos? ¿De todas las copas aquí mismo, donde ahora están? Conquistarla no fue difícil; tampoco lo fue seducirlo a él.

Andrés da un trago breve y pasea el combinado con lujuria por entre la lengua y el paladar. Es importante que la clara se diluya sin grumos con el licor y el cítrico, como si fueran uno solo, y el encopetado barman del Bellavista lo hace a la perfección. ¿Le has dicho que estamos liados? Ella niega: en absoluto, no soy tan tonta, la posición de Julio me conviene, y mucho. Lo ha subrayado, sin que Andrés se lo tome a mal. Pero por más que Raquel haya jurado y gimoteado, el marido la ha ido estrechando dato a dato, hecho a hecho, secuencia a secuencia, cargado de seguridades como mazazos. Hasta que a ella no le ha quedado más salida que prepararse una bolsa con lo imprescindible. ¿A dónde hago que te envíen el resto?, la requirió con saña, justo antes de obligarla a dejar las llaves y la chequera sobre el suntuoso mueble del recibidor.

Andrés la ha esperado y ahora la recoge. Hoy se la llevará a su apartamento por primera vez, en compensación –¿por qué no?–, y la invitará a cenar. A ella se le iluminan los ojos, aliviada: sólo como algo provisional –le promete–, no quiero serte una carga. No lo serás –contesta él–, y se relame con otro trago. ¿Te pido uno?, le ofrece. Pero Raquel tiene prisa, ahora no le conviene que los vean juntos. Sus ojos vuelan reconociendo el local: compréndelo, me juego una buena pensión. Él le dice que sí, que se hace cargo, pero prosigue sin urgencias con otro sorbo mínimo. Delicioso, se repite para sus adentros, y aguza el oído tratando de poner nombre a la música de ambiente, aunque no acierta con el título.

La mujer recoge el BMW en el garaje de la esquina, unas plazas más allá de donde también Andrés ha dejado su coche. Sabe que el vehículo de ella está a nombre del marido, que ya lo da por perdido. Arranca y Raquel le sigue. He de pasar por el despacho; será sólo un momento, le ha prometido al dejar el Bellavista, y ella ha consentido. Va vigilándola por el retrovisor para asegurarse de que no queda rezagada en ningún semáforo. Aunque Raquel es agresiva hasta en la conducción, y se mantiene pegada a su parachoques.

Han pasado casi dos meses desde que Andrés asumiera que, ya puestos, lo mejor era dejarla entrar en su vida, sin prejuicios. Hasta aquel momento fueron mucha las noches avistándola con disimulo bajo los propicios tubos de neón, desapegada de la amiga con la que siempre llegaba a la sala de fiestas. Acercándose a ella, en la barra, para curiosear sus conversaciones. Valorando a los moscones que la revoloteaban. Elucubrando a dónde partía con aquellas parejas ocasionales. Pronosticando sus pasos con determinada indiscreción. Dándose cuenta de que ella también lo examinaba con curiosidad de innata cazadora.

Andrés se detiene ocupando un carril en la Gran Vía y Raquel se le para detrás. No aparques, en seguida bajo, le promete inclinándose sobre la ventanilla del BMW. De la guantera ha sacado una carpeta azul y, con ella bajo el brazo, abre el ascensor que le lleva a su gabinete, en el principal. La secretaria lo saluda en la recepción y le recita el parte de novedades. Él extrae un cheque de debajo de la solapa de cartulina. Se lo pasa  y la chica le dispensa un admirado silbido al ver la cifra. Andrés no disimula una sonrisa orgullosa. Me lo ingresas mañana sin falta –le da la instrucción–, y entra a su despacho.

Él ni juzga ni quiere ser juzgado. Raquel es demasiado joven para su marido y Andrés nunca ha sabido dejar pasar una ocasión. El amor con ella siempre fue perfecto, sin recato, sin manías. Desenfreno entre amantes que no tienen tiempo que perder. Ojea fugazmente las notas de encima de su escritorio mientras su mente se le llena del cuerpo desnudo de la mujer, y de la piel que sus manos y sus labios conocen milímetro a milímetro. Mira el teléfono de sobremesa. Debería hacer una llamada, pero lo deja para el día siguiente. Teclea seis dígitos en la caja fuerte, gira la llave y acciona la palanca que la abre. A punto de depositar dentro la carpeta, se entretiene en ella.

La Raquel de su imaginación se sustituye por su efigie en fotografía, a color y en primer plano. Está preciosa. Luego vienen otras de distintos días, todas clandestinas, movidas. Con lugares y ropajes diferentes y con hombres cambiantes, pero con besos y caricias semejantes. Andrés no está en ninguna. Después, una lista con los hábitos de la mujer, recitados por el marido receloso y redactada de puño y letra del detective. Enseguida, un informe completo donde el nombre de Andrés no figura ni siquiera bajo su firma. Y una factura exorbitada, la que hace unas horas le ha abonado el cornudo.

Andrés cierra la caja blindada y se propone distanciarse de los documentos dejados dentro. Nunca le quitaron el sueño las consideraciones éticas ni le remuerde el recuerdo del chisporroteo de los ojos femeninos al confesarle él su profesión. Aún le resuena la música del Bellavista en los oídos y su boca rememora el sabor del cóctel. Pero ahora le urge consolar a la mujer que le espera aparcada en la calle, dedicarle una postrera noche. La última.

Sabe que la echara de menos.