Etiquetas

, , , , ,

panoptico

Bentham lanza, en la década de los ochenta del siglo XVIII, el concepto arquitectónico del panóptico. El panóptico es sinónimo de la visión total: una persona, guarecida en un punto central, sería capaz de vigilar cuanto se desarrollara a su alrededor de una forma eficiente y -lo más importante- sin ser visto. El “invento” se aplicaría -cómo no- al control social (dos siglos después, Foucault desarrollaría una teoría al respecto), y se plasmaría en el diseño de las prisiones. Lo pude comprobar recientemente en una visita -lúdica, por supuesto- a la cárcel La Modelo de Barcelona, ahora que cierra definitivamente.

¿A qué viene toda esta disertación? Bentham y su panóptico se me aparecen en algunas de las ocasiones en que hablo con mi amiga Teresa.

-No conozco a nadie con tanta capacidad de escudriñar a su alrededor.

Es ella quien habla y se refiere a mí, por supuesto, en una manera fina de decirme que soy un fisgón compulsivo. Y, ciertamente, he de darle la razón; yo mismo lo he afirmado en alguno que otro de estos escritos. ¿A qué viene tal afición? Simplemente, a pura necesidad. Me explico en el siguiente párrafo.

Cenando con otro escritor esta misma semana, me comentaba que hoy por hoy no es descabellado describir cualquiera cosa en una novela; que ya casi nada resulta desproporcionado; que basta con estar atento para encontrar situaciones límites, incluso absurdas. Seguro que lo que hallamos por la calle supera a nuestra imaginación. Y me ofrecía un dato: me decía que en mi ciudad hay constatadas no menos de una treintena de logias demoníacas, adoradoras del averno.

-¿Te imaginas?: ¡más de treinta! Después de esto -afirmaba-, cualquier cosa que escribas es creíble.

Pero para ello -pienso yo- has de estar atento a tu entorno, en un permanente ojo avizor. Yo lo hago, y ello crea ocasiones curiosas. Voy chequeando constantemente cuanto me circunda, entro en lugares sin pedir permiso, me quedo mirando a un hombre o a una mujer durante un segundo más de lo conveniente y hasta de lo decoroso, pugno por ponerme en primera fila, agudo el oído al límite y, cuando no basta, me cambio de lugar para ver y escuchar mejor. Soy, en fin, un voyeur no solo visual, sino también auditivo. Y ello me pone a veces en situaciones comprometidas.

-Cualquier día te darán un sopapo o te detendrán por sospechoso de degeneración -me augura Teresa.

Es que esto de escribir -le digo- es una profesión de riesgo.