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El film de Tarantino Reservoir dogs se inicia con una controvertida discusión respecto a las propinas. Hace poco leía que en EEUU se proponen eliminarlas. ¿Eliminar las propinas? Me entero –resumiendo- de que la propina es parte sustancial del sueldo del empleado de allí, hasta el punto de que si el camarero, garçon o mesero de turno –o como queramos llamarlo- no arriba a un mínimo, el amo le ha de compensar. Pero que, respecto a esto último, existe mucho incumplimiento. De ahí suprimirlas. Entonces miro cómo funciona esto en mi entorno. La propina existe, no es  obligatoria y se entiende que con ella se gratifica un servicio de especial calidad, más allá del salario. Pero, indigente¿cómo nacieron las propinas? Repaso la historia. Aquí hubo profesiones por cuenta ajena pero sin salario, y no sólo entre particulares: también en la administración. Por ejemplo, los serenos o los guardas de montes vivían sólo de lo que los vecinos les daban. Aún hoy se trabaja para otro, sin salario: quienes acarrear bombonas de butano de casa en casa, por ejemplo, subsisten de la propina. ¿No sería más lógico repercutirla en el precio final del servicio y, a cambio, acrecentar la nómina del empleado?

-Si –me concede mi amiga Teresa, bastante liberal ella-, pero la propina es un incentivo a ser diligente con el cliente y a no haraganear. Así, un negocio que va bien para el amo también es bueno para el trabajador.

Razonamiento impecable, en principio; seguro que tendrá sus bondades y sus adeptos. No obstante –pienso-, depender de la propina crea inseguridad en el empleado y también supone un cierto fraude: ¿cómo se contribuye por las propinas? ¿cómo se garantizan la sanidad o la jubilación o un subsidio de desempleo con ese sistema de remuneración en negro?

¿A qué ha venido toda esta disertación?, se preguntarán quienes hayan llegado hasta aquí. Se lo explico en seguida.

Esta noche voy a tomar una copa a un sitio donde anuncian, como atracción, un concierto con taquilla inversa (lo destaco así, en cursiva). ¿Qué es taquilla inversa? Pregunto y me explican que si la actuación me gusta más o menos, soy libre de ponderar yo mismo qué he de dar a los artistas. Eso es la taquilla inversa: ni más ni menos. O sea, que esos músicos hacen de reclamo del negocio -en este caso un bar de moda-, pero sólo a cambio de una propina. Como quien pasa la gorra en una plaza pública. Supongo que serán chicos sin mayor recurso, es de esperar. Y que este sistema les incentivará a darlo todo en cada actuación. Aunque, la verdad sea dicha, me debato acerca de si debo ir o no. Porque, si lo pienso bien, es como si yo colgara mis libros para que me los pagaran con la voluntad, en plan caridad.

A donde está llegando esto…