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Llego al chiringuito de playa a eso de las once. Lisardo ya ha acabado su turno de desayunos -recuerden que él es un marinero reconvertido en cocinero-, se ha dado un baño y lo veo acercarse con la toalla sobre los hombros a la mesa de la que he tomado posesión. Yo me pido un café y él -que ya hace horas que se levantó- la inicia con la primera cerveza del día. También ha ojeado la prensa y me pregunta lo que opino sobre la encuesta que se va a lanzar acerca de si definitivamente se adopta el horario de verano o el de invierno, durante todo el año.husos

-Yo votaría por el de verano, de todas todas -se decanta.

Por mi parte, y dado que no acostumbro a madrugar, también me posicionaría junto a mi amigo. Pero estoy decidido a llevarle la contraria; a fin de cuentas, nuestra relación se basa en la divergencia. Así que paso a defender el horario de invierno y él, por fastidiarme, varía de opinión y también me glosa las alabanzas del equinoccio de otoño. Vengo a decantarme entonces por el de verano, y el me dice que si, que tengo razón, que la primera intención es la que vale, y yo me planteo como llevarle la contraria, y al final ya no sé ni lo que me interesa ni lo que debo defender.

Lisardo ríe. Otra vez he caído en su trampa.

-¿Y si lo partiéramos por la mitad? -propongo-. Ni lo uno ni lo otro: cambiamos las manecillas media hora y todos contentos.

Parece dudar un momento. Esta península nuestra -me responde- es demasiado grande para que lo que va bien a los del este agrade por igual a los del oeste. Y, aunque fuera pequeña como Andorra, no dejaríamos de llevarnos la contraria, con tal de fastidiarnos los unos a los otros.

Le doy la razón. Mejor dejemos el tema en paz, a riesgo de acaba a estacazos o, quizás, protagonizando una novela negra o -aún peor- de terror.

Eso sí, yo prefiero el de verano.