Etiquetas

, , , ,

juzgados 2Esta mañana, temprano, la moto me acerca al recién remodelado mercado de San Antonio, donde preveo ubicar alguna localización de una nueva novela que de momento sólo existe en mi cabeza. Después me encamino al paseo que concluye en el Arco de Triunfo. Allí, la piqueta municipal está concluyendo el derribo del antiguo edificio de los juzgados, que hace años se trasladaron desde Barcelona a la Ciudad de Justicia, en Hospitalet. El paseo está atestado de turistas, recién desembarcados de los autobuses que ahora aparcan donde antes lo hacían los convoyes de la Guardia Civil y de la policía, en su trasiego continuo de presos.

Entro en el mismo bar donde Morilla -protagonista de No hay lugar para la poesíajuzgadosdesayuna después del juicio con el que se inaugura la novela. Las lámparas castellanas del techo son las mismas, pero las cosas han cambiado. Ya no hay humo de tabaco, ni asomo del comercio frenético que -en otros tiempos- propiciaba la proximidad de los juzgados. Han desaparecido los abogados, los funcionarios judiciales y los policías. Los expositores de tapas aparecen casi desérticos y el camarero, por distraerse, traba conversación con la única mesa ocupada. El tema de conversación es le más recurrente del mundo: el futbol.

Morilla se desayunó un pincho de tortilla y una cerveza, en aquella ocasión. Yo me conformo con un café, por cuidarme la línea. Pago y me marcho, no sin cierta sensación de nostalgia.