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franciaMe acerco a comer donde trabaja mi amigo Lisardo y éste me hace pasar un momento a sus dominios, en la cocina, aprovechando que el amo no está. Allí, rodeado de fogones, el calor es insoportable para gentes no habituadas. Me han dicho que acababas de llegar y he abierto ésto, me informa mientras me tiende una copa de un champán que acaba de descorchar. Él se sirve otra. ¿Qué celebramos?, le pregunto, antes de recogerla.

-¿Cómo que qué celebramos? ¿No te has dado cuenta de qué día es hoy?

Repaso mentalmente: si ayer fue viernes trece, hoy es sábado catorce. Soy hombre de letras, pero hasta ahí sí me llegan las matemáticas. Sábado catorce de julio. ¿Y esa fecha no te dice nada?, insiste él. Claro que esa fecha me dice algo -es la onomástica de la toma de la Bastilla, el punto culminante de la revolución francesa-, pero dudo que Lisardo se sienta comprometido con ese motivo. Por lo poco que yo sé, su familia ha sido de izquierdas-izquierdas-izquierdas por generaciones y generaciones, allá en su país; y la revolución francesa -con todo respecto- nació como una revuelta burguesa para no cargar con todos los impuestos que mantenían al estado borbónico.

A veces eres más simple que el mecanismo de una escoba -me suelta con su habitual acidez-, pero no por ello me aparta la copa, hasta que la tomo entre mis dedos. Brindamos y degustamos el líquido frío y seco, antes de que él vuelva a hablar. Los franceses podrán caer mejor o peor -allá cada cual- pero su revolución fue el primer paso hacia las libertades -si quitamos a los norteamericanos, claro está-, y en contra de una tiranía hereditaria. Primero mandarían los ricos, pero sin buscarlo nos abrieron las puertas del gobierno a los pobres. Yo me lo miro con escepticismo. Además -añade-, ¿tú te crees que es normal que un tío rija un país con absolutismo sin más mérito que haber sido engendrado por sus padres? Le recuerdo que las monarquías absolutas ya pasaron a la historia, al menos en occidente, y que quien más o quien menos tuvo, en algún momento, un refrendo popular.

-Puede ser -me concede-, pero dime, ¿acaso la calidad del esperma de su padre o del óvulo de su madre eran mejores que la de los míos? ¿Por qué él y no yo?

El sábado, hace calor y el champán está delicioso. No voy a discutir.