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Mi amiga Teresa, de quien ya les he hablado en alguna ocasión, tiene todo un compendio de frases hechas que suelta de vez en cuando. Una de ellas es la archiconocida el hombre ha de tener treinta años para saber hablar y sesenta para aprender a callar. Cuando dice el hombre se refiere también a la mujer -supongo-,  y no solo al género masculino: ya pueden calcular que ella y yo nos criamos en unos tiempos de machismo hasta en lo dialéctico.

El caso es que, sin saber a cuenta de qué, esta frase me trae a la memoria algunos televisionprogramas televisivos de los del siglo pasado. Entre ellos estaban los debates. Un periodista de prestigio, metido a presentador, moderaba a no menos de media docena de personas en torno a la discusión de una determinada temática o problemática. Se elegía a un elenco de personas más o menos entendidas en la cuestión, de diversas procedencias y con enfoques variados, que debatían por turnos e intentaban arrojar luz sobre lo planteado. Era un personal erudito, elegido ad hoc, y variaba de semana en semana; salvo el moderador, claro está.

Supongo que ninguno de aquellos debates resistiría hoy en día las exigencias del share, ni siquiera en las cadenas públicas. La alternativa actual es reunir a un grupo de estrellas mediáticas -siempre las mismas- que tratan programa a programa diferentes temáticas -tan parecidas las unas a las otras como un huevo a una castaña- o incluso problemas irreales e incluso inventados. Aquí lo que prima es el personaje que debate: concretamente, dar el suficiente juego como para volver al siguiente programa, y cobrar. De todo ello deriva el espectáculo, y de éste deviene la farsa.

En definitiva, hemos pasado de debates de entendidos a debates de enterados; o ni siquiera.

Vuelvo a Teresa, y lo hago para darle la razón, aunque quiero completarla: si alguien no aprendió a hablar a los treinta, ¿cómo ha de aprender a callar por más tiempo que pase?