raEsta mañana he tomado la moto para dar una vuelta. Una escena de No hay lugar para la poesía se desarrolla en la Rambla –plagada de turistas- y allá me acerco. Compruebo que los visitantes son algo que nunca falla: ahí están, de todos los colores, alturas y matices; divertidos, curiosos; fisgoneando la ciudad, retratándola; tomándose una cerveza u ocupando los restaurantes a unos horarios intempestivos para nosotros, los indígenas.  Así que me sumerjo en el tráfico y bajo desde plaza Cataluña a Colón.

El paro de los taxis ya es historia –al menos de momento- y deben haber salido todos a recuperar el tiempo, porque me hallo rodeado de ellos –tanto de los tradicionales como de los otros-, en un tráfico que más parece parsimoniosa procesión. Para mí perfecto, porque puedo detenerme a ver cuanto me rodea. Los camareros cruzan como sudorosos equilibristas desde los locales hasta el paseo central, bandeja en mano. Los pocos vendedores ambulantes que aún se atreven a salir vigilan a la policía. Un viejo se enfada y cruza la calzada por donde mejor le place, en lugar de por el paso de viandantes que tiene diez metros más abajo. El camión de la basura atasca la circulación mientras recoge contenedores, provocando un alud de aullidos de claxon y gritos:

-¿Por qué no recogen más tarde?

-¿Cuanto más tarde te parecería bien? –contesta el basurero, indiferente.

–Cuando yo haya pasado, eso me parecería bien –elije el conductor de turno.

Está claro que aquí cada cual va a la suya.

Y de pronto, en el marasmo, un detalle me cautiva. Un grupo de seis o siete turistas,polo guiados en reducida manada, se ha detenido a comprar helados y los van lamiendo para envidia mía, que los contemplo. Uno de ellos ya finaliza y el guía del grupo –que los conduce e instruye a través del pinganillo inalámbrico- se percata y dice algo y señala una papelera a su paso, al tiempo que ralentiza la marcha. Todos la contemplan –la papelera- y uno tras otro, como si estuvieran en su país de origen, se irán acercando a ella para dejar el palo de deshecho del helado.

Curiosa escena por lo inusual entre propios y extraños. Bravo por ellos y por el guía. La Rambla entera debería romper en un aplauso.